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27/03/2020 10:42 CET | Actualizado 27/03/2020 10:42 CET

Bésame mucho

Esta crisis sanitaria nos está enseñando el valor de un beso, de un abrazo, de una banal conversación en una terraza.

JUAN MABROMATA via Getty Images
Una pareja argentina se besa en su balcón durante el aislamiento por la pandemia de coronavirus. 

Cuántas veces damos por hecho que volveremos a abrazar a alguien. O a besar a alguien. Cuántas veces nos levantamos con la certeza de que los afectos seguirán ahí al día siguiente. Y cuántas veces, en cambio, no somos capaces de reconocernos como frágiles, vulnerables y fugaces. 

No puedo llegar a imaginar la angustia de las familias que no pueden abrazarse ante el dolor de la pérdida, o la pena de la madre o el padre que no pueden abrazar a sus hijos e hijas. Esta crisis sanitaria nos está enseñando el valor de un beso, de un abrazo, de una banal conversación en una terraza. Nos está enseñando lo importante que es poder socializar las pérdidas y las lágrimas: el dolor duele infinitamente más si no puedes compartirlo con otros, si no puedes descargar tu pena en el hombro de otro. 

Reivindicar los afectos como motor de una sociedad mejor. Como estrategia de progreso y también como estrategia de defensa; abrazos y besos, miradas y terrazas como herramientas de combate ante el dolor y la incertidumbre. Ser capaces de reconocer nuestra fragilidad nos hace más fuertes, más resilientes, más válidos para vivir apropiadamente. 

Te necesito. Te quiero. Te echo de menos. Palabras, sentimientos, que nos deberían reconciliar un poco más con esta sociedad últimamente tan precipitada, tan despegada. Las cosas realmente importantes son las que, generalmente, tenemos todos los días: el saludo afectuoso de una persona, unos buenos días sonrientes, un beso, un vino blanco al Sol. Es por eso que, quizá, lo importante no sea el destino ni la meta, sino el paisaje y la belleza de lo cotidiano. A pesar de que no seamos capaces de encontrarle la importancia. O precisamente por eso.

Esta crisis sanitaria nos está enseñando el valor de un beso, de un abrazo, de una banal conversación en una terraza.

El ser humano es impredecible y caprichoso, afortunadamente. La vida no puede (ni debe) ser vivida como algo realmente serio, ni como una sucesión de conquistas; creo que vivir apropiadamente se parece más a una improvisación, a un boceto, a un lienzo en continua revisión. No se trata de que la vida no contenga cuestiones serias y graves, ni tampoco que la vida deba ser un tránsito frívolo e insustancial, sino todo lo contrario. Tomar conciencia de que no estaremos aquí mucho tiempo y de que nuestras luchas tienen que ser en pro de los que están por venir cambiaría mucho esta óptica de la que os hablo: usualmente las personas que se toman demasiado en serio a sí mismas están demasiado preocupadas (y ocupadas) de sí mismas, incapaces así de ver más allá de su propia seriedad. Por eso me fío más de la gente que no se toma la vida demasiado en serio, que no hace de la vida un dogma de fe; por eso me fio más de la gente que cree en las luchas compartidas, gente que abraza y que besa porque ve más allá de sus propios brazos y de sus propios labios.

Ojalá esta crisis nos saque del ensimismamiento en el que muchos estábamos inmersos. Ojalá recordemos que estamos aquí para repartir y recibir afectos, para luchar por el bien colectivo, y para divertirnos y disfrutar también. Honestamente, no creo que hayamos venido aquí para sufrir, y precisamente esa no asunción del sufrimiento como una prioridad vital y humana es lo que me hace defender las causas que evitan el dolor a otros seres humanos. Estamos aquí para engrandecer los afectos; ojalá esta crisis nos recuerde la importancia –verdadera– de la fraternidad.