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03/09/2019 07:05 CEST | Actualizado 03/09/2019 07:05 CEST

'Brexit', temporada 3: Aventuras y desventuras de Boris y Priti, y los emigrantes

Con este giro Boris se empieza a parecer más a Kim Jong Un que a Trump.

Reuters
Boris Johnson. 

Yo no me dejo engañar de nuevo con los plazos y las líneas rojas del Brexit.

Boris, el Trump de Eton, decidió la semana pasada pasar de pantalla con trampas. Aun cuando estamos acostumbrados y cualquier cosa esperamos del señor Johnson, provocó a los medios y a los ciudadanos con la decisión de suspender el Parlamento.

Esta suspensión, como jugada de ajedrez, está muy bien, si tu adversario no es una mente privilegiada o tienes en tu mano el apoyo popular y de los partidos políticos… o al menos de todo tu partido.

Su jugada de primeras ha logrado soliviantar los ánimos de los británicos y todavía más los de los ciudadanos europeos, que vemos cómo, en este giro, Boris se empieza a parecer más a Kim Jong Un, que a Trump. No hay mucha diferencia en las maneras o el coeficiente intelectual de ambos, a decir verdad.

Nos cambian las reglas cada dos por tres, y a mí me preocupa la fe ciega en que un acuerdo con la Unión Europea solvente nuestras dudas y preocupaciones en cuanto a derechos laborales y civiles que tenemos los más de 3 millones de ciudadanos europeos que tenemos por hogar a Reino Unido.

Si Boris, o quien venga después, es capaz de pasarse sus leyes y sus formas democráticas por el arco de triunfo, quitándose de un plumazo al Parlamento durante semanas, qué no podrían hacer con nuestros derechos una vez que ya estén fuera del paraguas de la Unión Europea.

Igualmente preocupante desde mi prisma es la falta de solidaridad que muchos europeos muestran con los futuros emigrantes económicos, que quizás tengan que elegir como destino Reino Unido en un futuro más allá de la fecha de corte del 31 de octubre 2019, para poder asentarse y residir con las mismas condiciones que los que ya estamos aquí.

El inglés es el idioma que se aprende mayoritariamente (cuando se aprende) en las escuelas españolas, lo que ayuda sin duda, a que Reino Unido sea el principal foco de nuestra emigración en los últimos años… quizás los gestores educativos deberían poner en la balanza la salida de los británicos de la Unión Europea y quizás impulsar otras lenguas que sí permitan a nuestros futuros emigrantes moverse con más posibilidad de éxito, como sería el alemán o quizás el francés… o imagínense que en vez de tener que hacer cambios en educación, se hicieran los cambios necesarios en el mercado laboral para que no tuviéramos que emigrar… pero es España, y aquí no necesitamos investigación y desarrollo, y con el turismo y las naranjas nos apañamos.

Con este giro Boris se empieza a parecer más a Kim Jong Un que a Trump.

Y volviendo a Reino Unido, hay un cierto conformismo por partes de los ciudadanos europeos, que aceptan que nuestra libertad de movimiento cambie, y que nuestras condiciones, pensiones, o acceso a la sanidad pueda igualmente ser cambiada, afectando a nuestras vidas. 

Muchos dirán que las condiciones son mejores que las de ciudadanos de terceros países y se conformarán con el “no somos los que estamos peor”.

Lo preocupante será que los que lleguen tras el 31 de octubre ya entrarán en una nueva categoría, con derechos que aún no se han puesto encima de la mesa, pero que nuestra Salvini particular, la ministra del Interior, Priti Patel, seguro que intentará endurecer… ironías de la vida, los padres de Priti, la “recorta-derechos-de-emigrantes”, emigraron desde Uganda a Reino Unido, y sus abuelos lo hicieron de India a Uganda.

A mí me preocupa que en 10 años habrá españoles en Reino Unido con estatus diferentes, debido a haber llegado con meses de diferencia… y la única solución es que se borren las líneas marcadas en la arena, y defendamos con igual hincapié los derechos de los que están por llegar. Prevenir es mejor que curar en todo caso, y cuantos mas derechos civiles y laborales preservemos, y más se parezca nuestro nuevo estatus al que tenemos ahora dentro de la Unión Europea, mejor será para todos.

Los ciudadanos británicos en España están en la misma lucha, y Bremain in Spain, con la incansable Sue Wilson informando a diario, sirven de punto de referencia para los cientos de miles de ciudadanos que, como yo, en sentido contrario, decidieron hacer uso de la libertad de movimiento que la Unión Europea nos permite.

El Gobierno español ya habló de mantener los derechos, pero siempre incluyendo la baza de la reciprocidad. Una reciprocidad que con Priti Patel o Boris Johnson, se ve lejos, muy lejos. No les preocupa ni los europeos en Londres, ni los británicos en Mallorca. 

Están emperrados en ganar una partida de ajedrez, sin reglas. Ellos usan los alfiles, los caballos, y las torres como armas arrojadizas, directas a los ojos de sus oponentes, ya no los deslizan por el tablero. El rey ni lo tocan (es más bien Duque de Edimburgo, o Príncipe Philip, y poco uso tiene aparte de coger su Land Rover y tener accidentes a sus 93 años), y a la reina la acaban de usar para suspender el Parlamento. Los peones fueron sacrificados y los que quedan en pie, en un sistema que recuerda mucho al feudal (a lo Monthy Pyton), no tenemos ni voz ni voto... a no ser que recobremos la voz y empecemos a manifestarnos y a llenar las calles, o incluso a optar por huelgas generales, y castigos electorales. 

Pero estamos en 2019, no en 1960 ni 2011, así que no tengo gran fe por la vía de un 15M a la inglesa. Nos quejaremos por Twitter, mientras vemos horrorizados el cuento de la criada en la televisión.

 

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