Reñí a unas adolescentes por portarse mal e Internet la tomó conmigo

Tenemos el deber moral de denunciar un comportamiento inaceptable cuando lo vemos o, de lo contrario, nos convertimos en cómplices.
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El otro día tuve una experiencia desagradable con un grupo de chicas adolescentes. Tras regañarlas por su mal comportamiento y contar mi experiencia en Internet, todo el mundo me empezó a llamar abusona.

Mi hijo de cuatro años y yo habíamos ido al parque y, en un determinado momento, pidió ir al baño. Hasta ahí todo correcto, solo que mientras nos dirigíamos a toda prisa a los baños públicos más cercanos, nos encontramos a un grupo de chicas de entre 14 y 15 años apelotonadas en la entrada del parque.

Los grupos de adolescentes suelen tener mala reputación y a menudo se los trata injustamente. Durante la pandemia, los prejuicios deben de ser aún peores, ya que no tienen otro sitio adonde ir. Los han sacado de sus rutinas y les han restringido muchas de sus alternativas. En cierto modo, son los que peor lo han pasado en el confinamiento y los que más sufren con las restricciones.

Yo no estaba preocupada cuando me acerqué a este grupo de chicas en el parque. Simplemente, no lo pensé. Al fin y al cabo, yo también he sido adolescente y sé que ladran mucho y muerden poco. Ni siquiera esperaba que le ladraran a una madre con su hijo pequeño.

Por desgracia, estaba equivocada.

Por eso me quedé de piedra cuando una de ellas me espetó: “que te den” cuando les pedí por favor que dejaran pasar, porque estaban bloqueando la salida. Mi hijo no aguantaba más y los baños más cercanos estaban fuera de servicio, de modo que teníamos que llegar a casa enseguida.

Las risitas del grupo por el comentario de su amiga fueron evidentes. Me detuve y les pregunté si creían que estaban siendo un buen ejemplo usando palabrotas delante de un niño de 4 años. Imaginaba que eso les haría sentir incómodas porque seguro que alguna de ellas tenía hermanos o hermanas de una edad similar a la de mi hijo. Pensaba que se disculparían.

Pero en vez de eso se rieron y me respondieron: “Anda, cierra la boca”.

“La adolescencia es la etapa en la que descubrimos dónde están los límites de lo aceptable y lo inaceptable”

Que nadie me malinterprete: yo también era contestona cuando tenía 15 años. Recuerdo que hacía lo típico de subir enfadada a mi dormitorio y pegar un portazo o gritar ”¡Te odio!” cuando me enfadaba con mis padres. Una vez incluso le lancé el mando a distancia a mi padre (lo siento, papá) y me emborraché tanto en mi primera fiesta clandestina que vomité sobre la alfombra nueva de la madre de un amigo.

La cosa es que entiendo perfectamente que los adolescentes no son perfectos, ni espero que lo sean. La adolescencia es la etapa en la que descubrimos dónde están los límites de lo aceptable y lo inaceptable.

Además, los adolescentes cargan con esa enorme presión de tener que formar parte de un colectivo, una presión que se manifiesta de forma más evidente cuando van en grupo, asegura la psicóloga infantil Emma Citron.

“Siempre te vas a encontrar con personalidades complicadas en cualquier grupo de edad”, me dice. “En cuanto estás en grupo, es como sentirte parte de un ejército. Hay menos culpabilidad individual y peor comportamiento”. Pero Citron subraya también el impacto que ha tenido la falta de socialización durante este último año y medio”.

“Los niños han pasado mucho tiempo fuera del colegio, que es un lugar muy útil para detectar malos comportamientos”, explica. “Muchos de estos niños han sufrido críticas en casa, muchas veces injustas, y al salir de casa explotan por la frustración y el aburrimiento acumulado”.

Citron menciona varios estudios que muestran que los adolescentes pasaron menos estrés y ansiedad durante el primer año de pandemia, pero al mismo tiempo son los que más frustración, aburrimiento y rabia acumularon.

“Cuando los niños están algo apagados o aburridos, no estás viendo lo mejor de ellos”, comenta.

Tras mi encuentro con este grupo de adolescentes, que me dejaron temblando, pensé seriamente qué es lo que debía hacer a continuación. Al final, como había sucedido delante de mi hijo, sentí que no podía dejarlo pasar. Así pues, publiqué una alerta en un foro de Facebook local para contar lo sucedido y pedir a los padres que preguntaran a sus hijos si habían estado en ese parque a esa hora y si habían formado parte de lo sucedido. Quería que hablaran con sus hijos para enseñarles a ser amables con la gente.

Recibí decenas de mensajes, desde los más comprensivos hasta los más maleducados. El peor de todos, de una mujer que me dijo que era una abusona y que había atacado a unas adolescentes solo para sentirme bien conmigo misma.

Recibir un insulto por haber denunciado un comportamiento inaceptable me pilló por sorpresa y me arrepentí de inmediato por haber publicado mi experiencia. No borré nada porque pensé: “Si fuera mi hijo el que se ha portado así con una desconocida, me gustaría enterarme”. La ignorancia no le hace ningún bien a nadie.

Citron señala que denunciar un comportamiento inadecuado es algo optativo, pero si se trata de un niño o un adolescente, se convierte en un deber.

“Unos argumentan que, al ser adulto, debes ignorar estas chiquilladas para que no reciban la atención que buscan. Desde otra perspectiva, insultar y decir palabrotas es un acto agresivo y, cuando lo haces delante de un niño pequeño, debes ser un modelo de conducta para enseñarle que eso no está bien. El niño pequeño es lo importante, no el adulto ni los adolescentes que se han portado mal”.

“Denunciar un comportamiento inadecuado es algo optativo, pero si se trata de un niño o un adolescente, se convierte en un deber.”

Pero también dice que hay que intentar que el mensaje sea lo más positivo posible, porque el objetivo es mejorar nuestro tejido social. “Los adolescentes son proyectos de adultos, necesitan toques de atención para saber qué comportamientos no están bien y hacer que reflexionen sobre los efectos de sus actos en un niño de 4 años. ¿Va a hacer que el pequeño se sienta inseguro y sufra ansiedad? ¿Va a tener miedo a usar los baños públicos a partir de entonces?”.

Citron también defiende que tenemos el deber moral de denunciar un comportamiento inaceptable cuando lo vemos o, de lo contrario, nos convertimos en cómplices. “El racismo debe ser denunciado, al igual que la violencia, o nos convertiremos en participantes pasivos de una conducta antisocial”.

Lo malo es que es muy fácil caer en discusiones por internet de “y tú más”, también entre adultos. En mi grupo de WhatsApp de padres de primaria he sido testigo de bullying y motes entre padres y me he visto involucrada en discusiones virtuales en las que ojalá no hubiera participado.

Quizás me equivoqué al contar mi experiencia en las redes sociales. Quizás me equivoqué al entrar al trapo con las adolescentes y pedirles más educación y consideración. Quizás no fui todo lo paciente y comprensiva que debía haber sido. Teníamos mucha prisa, pero eso no debe servir de excusa. Quizás debía haber actuado diferente.

Pero ni siquiera asumiendo que pude haber hecho las cosas mejor voy a consentir que me insulten por lo que hice. Todos deberíamos aprender a ser más amables los unos con los otros, y con todos me refiero a adolescentes y adultos.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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