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12/07/2019 07:16 CEST

No son solo dichos de abuela: son bulos de otro siglo y no ayudan a tus hijos

Antes de empezar y de que más de uno se nos eche encima, queríamos dejar claro que sin el apoyo de los abuelos, muchos de los que tenemos hijos no podríamos llevar adelante la crianza y el cuidado de nuestros hijos. Vivimos en una sociedad en la que la presión laboral es altísima y poder contar con unas manos extras para ir a buscar a los niños al colegio, organizar los baños de la tarde cuando uno de los dos padres no está o, simplemente, dejarlos en su casa para poder descansar una tarde en pareja es un salvavidas que muchos necesitamos.

Además, ellos son el modelo al que muchos tomamos como ejemplo cuando nos hemos tenido que enfrentar por primera vez a un recién nacido, a la rabieta de un niño pequeño, a nuestro primer puré o a esas fiebres interminables durante los primeros meses de guardería. Sin embargo, muchas de las cosas que dicen las abuelas están basadas en la medicina que se hacía cuando ellas fueron madres por primera vez. Y no es que estén equivocadas o que aquella medicina no fuera la adecuada, es que la ciencia evoluciona y a día de hoy conocemos mejor los mecanismos de muchas enfermedades, lo que ha provocado que muchas de las recomendaciones de antaño hayan cambiado.

A pesar de todo, algunas de esas recomendaciones han perdurado hasta nuestros días y los pediatras nos tenemos que enfrentar a ellas a diario para desmontar mitos sobre tratamientos que realmente no funcionan o sobre situaciones fisiológicas que están mal interpretadas. Estos son algunos de los los bulos más comunes sobre salud infantil que han sido transmitidos de generación en generación y que se escuchan frecuentemente en Urgencias o en la consulta de pediatría.

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“Tu leche no vale”

Existe la (falsa) creencia de que unas madres pueden producir una leche de menor calidad que otras. Y en muchas ocasiones esta creencia proviene de las abuelas, incluso es algo que oímos en la consulta con frases del estilo “yo no pude dar mucho el pecho porque mi leche era como agüilla” o “es que mi leche no era buena”.

La época en que esas abuelas fueron madres coincidió con el boom de las fórmulas de leche artificial de la industria farmacéutica. En muchas ocasiones, habitualmente gracias al marketing, se trasmitía la idea de que las leches de fórmula eran incluso mejores que la lactancia materna y muchas abandonaban la lactancia más pronto que tarde pensando que no estaban preparadas para ello. De hecho, muchas de estas abuelas desconocen aspectos muy básicos de la lactancia materna al haber alimentado a sus hijos con biberón casi desde el nacimento.

Hoy sabemos que la leche materna tiene las mismas calorías por mililitro entre unas madre u otras, por lo que podemos decir que todas las madres son igual de válidas para alimentar a sus hijos. Otra cosa es que la producción de leche no sea la óptima para un bebé concreto, debido en muchas ocasiones a mala técnica alimentaria, pero no es nada que no se pueda solucionar con un buen asesoramiento.

“Diez minutos por pecho cada 3 horas”

Antiguamente se recomendaba que el bebé comiera diez minutos de cada pecho cada 3 horas durante las primeras semanas de vida, ya que se creía que con eso era más que suficiente para que creciera y se desarrollara de manera adecuada. Así lo aprendieron las abuelas y se lo transmiten a sus hijas, creando el falso mito de que deben marcar unos horarios al bebé para comer.

Sin embargo, hoy se sabe que la lactancia materna (y también la artificial) debe darse a demanda. Es decir, el bebé debe decidir cada cuánto y qué cantidad come en cada toma. Además, desde el punto de vista de la fisiología de la lactancia, es mucho más adecuado que un bebé tome todo lo que quiera de un solo pecho, que solo un poco de ambos. Esto se debe a que la leche no es la misma a lo largo de toda la tetada (con más agua al principio y más grasa al final) y, además, si el pecho se vacía entero hay un mayor estímulo para la lactancia.

“Métele cereales al biberón para que el niño duerma más por la noche”

Otra creencia que ha llegado hasta nuestros días es aquella que dice que si a un bebé le das mucho de comer por la noche es más probable que aguante más horas durmiendo y que no se despierte reclamando otra toma.

Este es otro de los grandes mitos de la crianza ya que no hay ningún estudio que demuestre que aumentar la ingesta calórica en esa toma haga que los niños duerman más y mejor. El sueño depende de la madurez del niño y no de lo que come, así que es mejor evitar esos biberones con un montón de cereales ya que solo estaremos sobrealimentado al bebé.

“Si hay fiebre, hay infección. Y si hay infección, hay que tratar con antibiótico”

Otra de las grandes creencias de las abuelas es que la fiebre se asocia a la necesidad de iniciar un tratamiento antibiótico. Y nada más lejos de la realidad.

Las infecciones son las enfermedades provocadas por microorganismos, sean estos virus, bacterias, hongos o parásitos. En ocasiones, esas infecciones irán acompañadas de fiebre. Sin embargo, la aparición de este síntoma no quiere decir que la infección esté provocada por una bacteria, que es el único microorganismo que hay que tratar con antibiótico.

Hoy sabemos que la gran mayoría de las veces que un niño tiene fiebre se debe a una infección provocada por un virus, cerca del 99%, por lo que esos niños se curarán con un poco de paciencia y dejando pasar el tiempo sin necesidad de iniciar un tratamiento antibiótico.

“Tiene el moco verde, ya ha llegado el momento de empezar un antibiótico”

Y si las abuelas siguen pensando que cuando un niño tiene fiebre necesita antibiótico, si los mocos se le ponen de color verde ya apaga y vámonos…

Antiguamente se asociaba esta condición, la de que el color de los mocos de un niño cambiara desde el transparente al amarillo y luego al verde, a que el catarro del pequeño de la familia se había complicado. Nada más lejos e la realidad. Es habitual que el color de los mocos cambie con el paso de los días como reflejo de que las defensas de nuestro cuerpo están actuando contra el virus que provoca ese catarro. Esto se debe a que los leucocitos, células del organismo que nos defienden de las infecciones, segregan unas sustancia que oxida el hierro haciendo que el moco cambie de color.

“Abriga al niño que se va a acatarrar”

No es raro ver a una madre acompañada de la abuela de los niños con un bebé envuelto en siete y ocho capas de ropa, con una bufanda que da mil vueltas y un gorro calado hasta la cejas. La excusa para ello es que hace frío en la calle y no quieren que se acatarre.

Cierto es que la mayoría de los catarros ocurren en los meses fríos del año y que el propio frío puede provocar un poco de moqueo por irritación, pero nada que no se solucione al volver a la comodidad de nuestras casas. Sin embargo, para que haya un catarro hace falta que el niño se contagie de un virus y a estos microorganismos les da igual cómo de abrigada vaya su víctima. Así que no es necesario que se abrigue al niño en exceso, con que esté cómodo es más que suficiente. Y por la misma regla de tres, los virus tampoco entran por los pies aunque el niño esté descalzo todo el día…

“La fiebre no le baja y eso no puede ser bueno”

Que los padres tienen miedo cuando los niños tienen fiebre es una realidad, de hecho, la gran mayoría de las consultas en Urgencias son por este motivo. Y vete tú a saber por qué, una de las mayores preocupaciones de los padres en torno a la fiebre se refiere a que en ocasiones esos 39ºC no terminan de bajar del todo y piensan que es malo para el niño. Estamos convencidos de que esto se debe a que es una creencia heredada de nuestros mayores, ya que no hay evidencia científica que la sustente.

La fiebre es realidad un mecanismo de defensa contra las infecciones y el que no termine de bajar no significa que el proceso que sufre el niño sea peor. De hecho, administrar un antitérmico busca mejorar el estado general del niño y su disconfort y no tanto el grado de temperatura que marca el termómetro.

“Lo mejor para la diarrea es la limonada alcalina con la receta de la abuelita o el Aquarius”

Las gastroenteritis son procesos infecciosos en los que predomina la diarrea y/o los vómitos. Esto da lugar a una pérdida tanto de electrolitos como de líquidos, la cual debemos compensar para que el paciente no se deshidrate.

La famosa “limonada alcalina” es un brebaje que intenta afrontar esas pérdidas y que se fabrica en casa con agua, sal, bicarbonato, azúcar y limón en unas cantidades determinadas. Esta receta ha pasado de mano en mano, generación tras generación, y ha llegado hasta nuestros días. Sin embargo, es muy fácil preparar la limonada sin acertar correctamente en las cantidades exactas de cada ingrediente, lo cual podría ser muy peligroso en el caso de que padezcamos una gastroenteritis y la consumamos.

Algo parecido pasa con el Aquarius o cualquier otra “bebida para derportistas”. Estas están diseñadas para gente que hace deporte y contienen mucho azúcar y poquitas sales.

Sin embargo, para una gastroenteritis, lo que está indicado es el consumo de suero hiposódico, una bebida especialmente diseñada para conseguir la rehidratación de pacientes enfermos y que no se parece en nada en su composición a las “bebidas para deportistas”. Las podéis encontrar de venta en farmacias.

“Para la tos no hay nada mejor que una cebolla partida en la mesilla de noche”

De entre todos los remedios de la abuela que existen, quizá este sea el más extendido. Seguramente muchos habréis probado las maravillas de la habitación de un niño oliendo a cebolla, incluso afirmaréis que funciona de maravilla. Sin embargo, este “tratamiento” para la tos no es más que otro mito ya que no se ha demostrado que funcione.

No existe ningún estudio científico (ni no científico) que haya probado su eficacia más allá de la experiencia personal de quienes han decidido emplearla y les ha “funcionado”. De hecho, todas las publicaciones que existen en internet sobre la tos y el empleo de la cebolla para calmarla provienen de España. Qué raro que solo un país en todo el mundo la emplee si es tan buena, ¿no?

“La salida de los dientes provoca fiebre”

Es sin duda uno de los mitos más importantes en pediatría. El Mito, con mayúsculas. Está tan extendido que ha traspasado generaciones y una gran mayoría de padres y madres jóvenes actuales también cree que es verdad. No hay día siendo pediatra que no escuches a una abuela curtida en mil batallas diciendo con algo de retintín que “el niño tiene fiebre, pero claro, es que le están saliendo los dientes”; y tú te callas y asientes porque no quieres perder diez minutos de tu tiempo con la abuela empoderada porque tienes la Urgencia con más de dos horas de espera y ya han caído un par de reclamaciones…

Pues bien, de nuevo, no hay ningún estudio que haya demostrado que la salida de los dientes provoque fiebre. De hecho, no existe ninguna explicación fisiológica para que esto ocurra. Sin embargo, cuando se realizan estudios sobre la salida de los dientes se ha observado que algunos cuidadores (en torno a un tercio) constatan que la temperatura de sus hijos se eleva un poco, unas décimas, pero no por encima de 38ºC (que es lo que se considera fiebre).

Como ya hemos contado en otras ocasiones, la salida de los dientes ocurre desde los 6 meses de vida hasta los 2 años (aproximadamente), época en al que la gran mayoría de los niños se contagia de un montón de infecciones banales que suelen cursar con fiebre. Por ello esa falsa impresión de que los dientes dan fiebre, cuando realmente está provocada por algún virus que se ha cruzado en el camino de nuestros hijos.


Este artículo fue publicado originalmente en el blog Dos pediatras en casa

 

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