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22/03/2021 07:33 CET | Actualizado 22/03/2021 07:33 CET

Carta a un hombre desnortado en la era del #MeToo

Javier Naval / Pentación Espectáculos
Una escena de 'Los mojigatos'.

Apreciado Jimmy Mojigato,

Después de verte el pasado viernes sobre las tablas del Teatro Góngora de mi ciudad, recuperando al fin la emoción de vivir esa liturgia laica que supone compartir con extraños e iguales una representación teatral, fueron muchas las cosas que me quedaron con ganas de decirte. Estuve tentando en más de una ocasión de saltar al escenario e interpelarte, desafiando así la inteligente versión y puesta en escena de Magüi Mira, pero opté, de manera más prudente, por escribirte una carta, como se hacía antiguamente. Una carta que dejaré en la taquilla y que espero que no entiendas como el llamamiento a duelo que los caballeros románticos se hacían para mantener su honor. Entiéndela más bien como el testigo que te paso para que te animes a salir del género que te tiene con el rabo entre las piernas.

Quiero decirte, para empezar, que comprendo perfectamente tus inseguridades, tus miedos y tu zozobra. Me reconozco en gran medida en tus titubeos y en esa especie de adolescencia eterna que, en gran medida, creo que tiene que ver con nuestra incapacidad para reconocernos en y desde lo emocional. Entiendo que andes con la brújula rota en estos tiempos del #MeToo y en los que al fin, ya era hora, las mujeres están poniendo voz a sus deseos propios y están marcando límites frente a aquello que fue nuestro territorio: el de los hombres osos que fuimos educados en función de nuestra capacidad de adueñarnos, de los recursos y de los cuerpos, de los trabajos de otros y de otras, y muy especialmente de los que siempre las mujeres hicieron para satisfacer nuestras necesidades, incluidas las sexuales. No es casualidad que tus humedades eróticas tengan que ver con una enfermera.

Lo lamentable es que apenas hemos cambiado. Digo nosotros, los tíos. Ahora solo hemos radicado en espacios distintos nuestras ansias y ombligos: ahí está el porno que consumimos cada día y que insiste en demostrarnos que el tamaño y la cantidad importan, como también nos recuerda que, al parecer, nos erotiza la violencia. Apenas nos hemos movido unos centímetros con respecto a los dominios del patriarca e incluso, como bien sabes, vivmos ahora una reacción neomachista por quienes se sienten agraviados frente a las conquistas de las mujeres.

Porque ellas, tu Cecilia incluida, a la que da cuerpo y alma una Cecilia Solaguren que se come todo el escenario, sí que llevan siglos batallando y moviéndose, ocupando espacios en los que antes no podían estar, alcanzando niveles de autonomía que no tuvieron ni sus madres ni sus abuelas, condenadas, eso sí, con demasiada frecuencia, a ser superwomen. Todavía no han logrado emanciparse de la ley del agrado, del sentimiento de culpa y de una horma que las educó para el silencio. Las esclavas del Señor, las sacerdotisas de los orgasmos (nuestros), las gestoras de lo emocional y las limpiadoras sin sueldo de los filos de esos váteres en que solemos nosotros orinar sin cuidado.

El problema es que mientras que ellas se han movido y lo continúan haciendo, nosotros apenas lo hacemos

El problema, querido Jimmy, es que mientras que ellas se han movido y lo continúan haciendo, nosotros apenas lo hacemos. Nos asomamos tímidamente, en el mejor de los casos, a sus habitaciones propias, pero como si fuéramos turistas y no como el viajero empeñado en escuchar y entender los latidos ajenos. Eso es, en definitiva, lo que Cecilia insistía en explicarte durante hora y media en el escenario. Ella, al fin tan luminosa y con poderío, con ese dominio de la ironía y de la palabra que solo alcanzan quienes han conocido previamente el fango.

Pero tú, como la mayoría de nosotros, te resistes a bajarte del púlpito porque para ello, querido personaje, no nos queda más remedio que ponernos delante del espejo en el que ellas nos muestran, al fin, nuestras miserias. Y eso duele. Y nos responsabiliza. Y nos obliga. A otra manera de concebirnos y de concebir nuestras relaciones con ella, en la cama y fuera de ella. Porque no se trata de consentir, ni de firmar un contrato ante notario previo a cada polvo, sino de convertir nuestras vidas compartidas en espacios de conversación de seres equivalentes. También en la cama, o sobre la alfombra del salón o en la mesa de la cocina, a lo “el cartero —o la cartera— siempre llama dos veces”.

Ojalá, apreciado Jimmy, al que conseguí ver en su extrema vulnerabilidad gracias a un Gabino Diego que, tal vez sin ser consciente del todo, es también un hombre en transición, después de tantas funciones, de tanto confesionario y de tanta luz que tu compañera te envía en forma de puentes, seas capaz de darte cuenta que la llave está en nosotros mismos. Y que esa llave, que nos ha de llevar a ser mejores hombres y más completos seres humanos, empieza por asumir nuestra fragilidad, nuestro imperfecto ser corporizado y la inevitabilidad, por tanto, de la interdependencia. Verás como desde esa azotea, que no púlpito, dejarás de necesitar viagra y como incluso desconectarás de ese porno que alimenta tu bragueta de Superman. La solución, no te equivoques, no está en el retorno del amor romántico sino en trasladar a tu vida, y a tu vida con Cecilia, el tacto que demuestras cuando tocas la guitarra a lo Brel. Y en el baile, y en las risas, y en las horas sin prisas.

Recibe mi más sincera enhorabuena por tu pública desnudez y espero que algún días nos encontremos, liberados al fin de la jaula, en un mundo en el que ninguna Cecilia necesite vestirse de superwoman para verse y ser vista como un ser completo. Te aseguro que la aventura merece la pena.

Cordialmente, 

Octavio Salazar Benítez.

La obra Los mojigatos, en versión y dirección de Magüi Mira, se representó el pasado fin de semana en Córdoba y continúa su gira iniciada el pasado año.

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