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31/08/2019 10:29 CEST | Actualizado 31/08/2019 10:29 CEST

Carta abierta a mi padre con acento chino

Cuando estaba en 3º de primaria y tú trajiste comida a mi clase, tu acento provocó una reacción odiosa entre mis compañeros. Todavía recuerdo sus risas.

KIMMY YAM

Querido papá: 

No recuerdo haberte escrito nada en mi vida. Probablemente sea porque las palabras escritas suenan mucho más serias. Sin embargo, no creo que pueda expresar mis sentimientos hoy de otro modo. Al fin y al cabo, en el fondo, culturalmente hablando, soy china de la cabeza a los pies.

Hay cosas que nos resultan muy difíciles de decir en voz alta. Hay palabras que no sabría decir.

Llevo varias semanas reviviendo en mi cabeza una conversación que tuvimos hace años. Para ti probablemente fue un parpadeo, como asentir a un desconocido. Si te recuerdo esa conversación ahora, dudo que te acuerdes. No obstante, se quedó grabada en algún lugar de mi mente y los últimos acontecimientos me han hecho imposible no recordarla.

Hace unos pocos cumpleaños, fui a verte a casa. Como hacemos todos los años, esperamos hasta las 11 de la noche, cuando cerrabas el restaurante. Al fin apareciste por la puerta con tu camiseta manchada de aceite y oliendo a arroz con cerdo frito por todas las horas que habías pasado detrás del wok. Habíamos preparado una tarta, velas y comida. Aunque estabas agotado, hiciste lo mismo de siempre: sacaste energías y llenaste la casa con tus carcajadas.

Un par de chupitos después, empezaste a recordar tus inicios, cuando empezaste a abrirte paso en Chinatown en los años 80. Hablabas a gritos en cantonés y te negabas a callar, como un chino de pura cepa. 

Sin embargo, ahora eras diferente, dijiste. También nos contaste que tus clientes acudían a nuestro restaurante y te elogiaban por hablar “sin acento chino”. Tu acento, después de años en las calles de Estados Unidos, ha acabado pulido por esta bandera roja, blanca y azul. El orgullo que vi en tu cara cuando lo dijiste se quedó en mi mente hasta el día de hoy y me dolió profundamente, sobre todo porque te entiendo.

Todos los inmigrantes saben (y sabían) que si quieren convertirse en verdaderos estadounidenses deben reducir su fidelidad a su país nativoToni Morrison
 

Estados Unidos, en todo su esplendor, todavía no ha superado el odio que les profesa a las personas que impulsaron este país. Nuestra forma de hablar sigue siendo una señal audible evidente de nuestro pasado en otras tierras. Los acentos se han retorcido hasta convertirse en motivos de vergüenza cultural y provocar que tantas personas se sientan foráneas, sin cabida en el país.

Tal y como escribió la legendaria Toni Morrison en The New Yorker: “Todos los inmigrantes de Estados Unidos saben (y sabían) que si quieren convertirse en verdaderos estadounidenses deben reducir su fidelidad a su país nativo y considerarlo secundario o subordinado para resaltar su blancura”.

No puedo culparte por lo que consideraste una victoria. El día que yo estaba en tercero de primaria y tú trajiste comida a mi clase, tu acento provocó una reacción odiosa entre mis compañeros. Aún recuerdo a los niños que se rieron de nosotros. La imitación es la forma más sincera de considerar ajenas a otras personas. Me entraron ganas de tragarme las palabras chinas que aún tenía en mi vocabulario y cortar todos los lazos con nuestro país natal.

También has sufrido llamadas de broma al restaurante, todas en tono de burla, y niños que se presentaban en tu puerta, se retorcían la cara y hacían sonidos absurdos.

Pero no se lo tengas en cuenta. Ahora, el más alto cargo de Estados Unidos ha dicho a algunas congresistas que “vuelvan” a su país porque osaron alzar la voz contra él sin ser blancas. El apoyo de los republicanos a Trump se disparó tras el incidente. El presidente también ha demonizado a los inmigrantes y los ha vinculado con la posible reforma del control de armas de fuego. En sus ruedas de prensa, el presidente ha imitado el acento de ciertos colectivos. A casi la mitad de los republicanos blancos les molesta oír hablar idiomas extranjeros a su alrededor.

Utilizan nuestro precioso acento como arma para deshumanizarnos. Lo retuercen y lo destrozan personas con muy poca empatía. Nos reducen a una burla

Si las palabras de nuestras raíces les resultan incómodas, utilizan nuestro precioso acento como arma para deshumanizarnos. Lo retuercen y lo destrozan personas con muy poca empatía. Nos reducen a una burla. 

La ironía, papá, es que tu acento (y tus frases hiladas con pura emoción y sin una gramática impecable) es una de las cosas que me ha hecho sentir humana. Tu uso incorrecto de las dobles negativas y tu confusión con las erres y las eles me reconfortan cuando estoy lejos de casa afrontando una vida en la que a menudo me siento indefensa y fuera de lugar. Cada golpe que recibía mi forma de ser o mi aspecto por parte de personas que me tachaban de ser una zorra asiática y cada fisura en mi corazón me dolía menos después de escuchar tu inglés imperfecto.

Yo también soy diferente, papá, y ahora sé que nos engañaron.

Te convertiste en estadounidense la noche en que te mezclaste con la gente del Chinatown de Nueva York, tratando de encontrar refugio en el fascinante enclave étnico de nuestra comunidad fujianesa. Cada palabra cantonesa que chillabas por Bowery y cada cuenco de arroz frito de Wo Hop que comiste (siempre cubierto de ketchup, qué asco), cada gota de sudor que cayó por tu cuello mientras trabajabas para sacar adelante a la familia que aún no tenías pero que siempre soñabas tener. Todo eso era estadounidense de narices.

Siempre me ha dolido que quienes no se parecen a nosotros piensen que tienen más derecho que nosotros a sentirse ciudadanos de este país, un país forjado sobre la espalda de quienes nunca recibieron su parte, a lo largo y ancho de llanuras, ríos, montañas y colinas arrebatadas a pueblos que soportaron un sufrimiento inigualable.

Papá, tu acento nunca ha sido algo que esconder. Tu acento revela tu pasado. Es un recordatorio persistente de tu primera lengua, resplandeciente y encantadora. Cada palabra que colocas mal en inglés es un portal hacia las historias que conservas en tu corazón que se abre cuando llevas unas cuantas copas de más. Has sufrido el hambre de la Revolución Cultural, la búsqueda de estabilidad y el duro trabajo que supone asentarse en un país que no conoces. Has vivido historias que mucha gente no podría ni imaginarse y conoces palabras en un idioma que ellos nunca conocerán.

Tu acento no te hace menos estadounidense.

Te quiero a rabiar. Te quiero como desearía que Estados Unidos nos hubiera querido. Como debería habernos querido.

Pronto nos vemos por tu cumpleaños.

Te quiere,

Kimmy

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.