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30/12/2019 03:43 CET | Actualizado 30/12/2019 10:13 CET

Carta al pariente irritante por Navidad

Con amor hipócrita...

Westend61 via Getty Images
Recreación de una cena navideña con los comensales con expresión de incomodidad. 

Querido pariente irritante:

Sé que ha esperado durante buena parte del año la llegada de las fiestas navideñas: después de todo, es su oportunidad de demostrar públicamente su talento para la indiscreción, la grosería y la petulancia. ¡Y qué buena cosecha suele ser, esa repartición equitativa de críticas, insultos disimulados y una buena dosis de burla cruel! ¡Y cómo lo disfruta usted! Por supuesto, que su colección de risitas, preguntas insolentes, cuchicheos y chismorreos malintencionados son dignas de asombro. Es sin duda, una muestra de un depurado talento para encolerizar al prójimo que debe tenerse en cuenta. No es muy frecuente encontrarlo, ni mucho menos paladearlo de manera tan directa.

No obstante, apreciado pariente, he de decirle que este año, en previsión del posible despliegue de ese amplio repertorio de prepotencia, he decidido no sólo contrarrestar con la misma moneda, sino también, asegurarme de que reciba su buena dosis de sarcasmo, mala educación y cualquier reacción que pueda ser correspondiente a su retorcido encanto personal. Y en previsión de las posibles conversaciones que entablaremos mientras degustamos del tradicional pavo, pollo, bacalao o hallaca navideño, he preparado una serie de respuestas entusiastas y sobre todo, explicativas y detalladas sobre los temas que más parecen despertar su interés. Sobre todo, los referentes a mi vida personal y privada, asuntos por los que se siente un especial, insistente y grosero interés y que, además, despiertan esa asombrosa capacidad suya para incordiar a los demás. ¡Pero no se preocupe! Aquí tengo las respuestas a todas esas cosas que tanto parecen preocuparse y que cada año se afana por sacar a relucir a la menor oportunidad posible. Especialmente si parezco levemente incómoda, abrumada o incluso, irritada. Así que sepa desde ya que:

¿Aumenté o perdí peso? Gracias por notarlo, pero ni una cosa ni la otra es problema suyo. 

A pesar de su preocupación, debo informarle que mi peso es exactamente el mismo al que tenía última vez que me vio e hizo el incómodo comentario sobre mi aspecto personal. No he aumentado ni perdido un kilo, de manera que su afición por juzgar como me veo, no tiene mayor asidero. O si lo tiene, no tiene verdadera importancia. He aprendido a dejar de luchar contra mi cuerpo, a asumir que comentarios como el suyo, son parte de la natural curiosidad —un poco malsana, todo hay que decirlo— que nuestra cultura siente por la privacidad del otro. Pero vamos, entiendo le inquiete si la ropa me aprieta un poco más o si ya no podré lucir como la modelo que usted jamás ha sido ni será. De manera que le aclaro de entrada: de haber aumentado de peso, usted no es nadie con quien quiera debatirlo, conversarlo o analizarlo. Y tampoco es nadie a quien deba rendir cuentas sobre mi salud o mi estado físico, que son incumbencia únicamente mía y con quien me plazca compartir mis confidencias personales. Por lo pronto, usted no está incluido en esa lista.

No, todavía no ha llegado el hombre de mi vida, y de llegar, no es su problema y será el último en enterarse. ¿Me pasa el plato con la ensalada, por favor?

Pues sí, ¡sorpréndase! Una mujer de mi edad, está soltera por decisión propia. Y se siente satisfecha por eso. No se encuentra en una loca y desesperada carrera por colgarse del brazo de algún desprevenido o aterrorizada contando las horas para encontrar a su media —y al parecer esquiva— media naranja. Lo está porque disfruta de su tiempo libre, del amor a su medida y cuando le plazca, y su vida no se limita a la satisfacción emocional. Tampoco se trata de una crisis de identidad pasajera o que esos kilitos que le preocupan tanto —de existir—, impida que cristalice esa gran aspiración suya de intentar empujar al matrimonio a todas sus parientes. Le agradezco la preocupación, pero por ahora mi principal objetivo es encontrar todas las piezas que forman parte de mi vida —las intelectuales, las físicas, la sexuales— y no únicamente la del interés romántico de turno. ¡Pero gracias por la preocupación! Aquí tiene un poco más de vino para tragar el mal sabor de boca de saber que realmente puedo sonreír sin culpabilidad por el estilo de vida que escogí vivir.

No, tampoco tengo pensado casarme a corto plazo. Y es probable que no lo haga tampoco después:

¿Le preocupa? ¿Lo lamenta? Que agradecida estoy. De verdad, que realmente me conmueve su interés por el bienestar ajeno, pero tampoco me importa demasiado su aparente incomodidad por mis planes futuros. Le digo algo más: No sólo no deseo casarme, sino que, de hacerlo, será bajo mis términos, a la edad que lo decida y probablemente, bajo los términos que encajen mejor en mi vida. Y con un hombre que no mire el reloj biológico como una carrera de obstáculos que debe cumplir en un despótico orden de ideas. El matrimonio es una institución que no me satisface, que probablemente no lo hará nunca y que no coincide con mis ideales sobre la familia que aspiro tener. ¿Eso le irrita? ¿Le abruma? Lo puedo entender: debe ser desconcertante que alguien intente llevarle la contraria a ese deber biológico que tiene tan asumido, que considera tan necesario. Pero ya ve, en su familia hay quien lo hace. Y mientras toma un sorbo de buen ponche navideño, además.

No voy a tener hijos ni darle nietos/sobrinos/primos en los próximos años:

Lo sé, lo sé. Esta no es una noticia para compartir mientras se escuchan villancicos y coplas junto al pesebre de la sala. ¿Pero qué otra cosa puedo hacer para distraerme mientras usted me acorrala a preguntas en la esquina de las porcelanas de la abuela? Le cuento entonces: no, no voy a sentar cabeza, ni a cambiar de opinión. Ni reloj biológico comenzará a sonar con un sonoro y fastidioso toc toc para recordarme que debo dejar mis “necedades” de mujer soltera satisfecha y concebir un bebé. No, no tendré una súbita epifanía que me haga cuestionarme mis decisiones personales de pronto por el mero hecho que usted decida pasar las celebraciones familiares cuestionando mi manera de ver el mundo. No, no me siento incompleta, insatisfecha, apesadumbrada. Tampoco cuento los días en que finalmente pueda apoyar mis manos en mi vientre regordete por el mero hecho de complacer sus aspiraciones tradicionales. Pariente, ¿se siente usted bien? ¿Por qué tose así? Tome, beba un poco de vino y conversemos un poco más.

No, no dejaré de vestirme como lo hago.

Me parece es necesario dejarle claro que su mera incomodidad hacia mis faldas/pantalones/botas/blusas y camisetas no es suficiente como para hacerme cambiar de opinión sobre mi estilo personal. Claro está, asumo que la mera idea que alguien pueda expresar cierto sentido de la estética personal a través de cómo se viste, le debe inquietar. ¿Cómo me tomo ese atrevimiento? ¿Con qué derecho llevo la ropa que parece resultarle tan insultante? Pues la verdad, me lo tomo por esa necesidad de crear a partir de mi punto de vista sobre mi identidad, sobre quién soy y cómo deseo verme. ¿Eso es incomprensible para usted? Lo acepto. Pero aun así, seguiré viéndome de esta manera estrafalaria que parece molestarle tanto año tras año.

No, no voy a conseguir un trabajo de verdad (lo que sea que eso signifique).

Sí, seguiré dedicándome a esa profesión que tanto amo y a que usted le parece tan trivial. Seguiré disfrutando de cada día de despertar para celebrar haber encontrado una ocupación que me permita no sólo procurarme una manera de ser independiente sino de hacerme feliz. Qué cosa tan incomprensible, ¿no es así? Que alguien de mi edad siga siendo en realidad un espíritu insolente e independiente que necesita hacer las cosas a su modo y que cree que la mejor manera de hacerlo es creando a diario una manera de vivir que sea consecuente con su opinión sobre el mundo. ¡Pero vamos! Claro que entiendo su preocupación.

No, no comenzaré a “comportarme”:

Tengo algunas dudas sobre lo que eso puede significar, pero le entrada le dejo claro: considero que mi comportamiento -mi soltería, mi aspecto físico, mi libertad de decidir sobre lo que hago o no- son reflejos de mi modo de comprender el mundo. Dudo que considere cambiarlos o incluso hacerlos “más consumibles” sólo porque a usted, querido pariente, le molestan un poco. ¿Mis opiniones? También son mías. Destempladas, groseras, en ocasiones sin sentido, pero por completo coherentes con mi manera de pensar. Y ese, quizás, es su único valor en el paisaje de mi mente. El más importante, en realidad.

Así que, querido pariente irritante, me alegra —a pesar de todo— celebrar otra inevitable reunión familiar con usted. Después de todo, enfrentarme a su acritud y desesperante necedad cada año, me demuestra que no sólo me hace feliz ser quien soy sino que además, vale la pena seguir siendo ese idea “de lo que no se debe hacer” que usted parece tener tan claro. ¡Celebremos entonces! Copa en alto y con una sonrisa incómoda en los labios. Aún nos queda muchos años que compartir.

Con amor hipócrita.

A.

 

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