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29/05/2019 07:21 CEST | Actualizado 30/05/2019 13:52 CEST

El curioso encanto de pasear entre los poetas muertos en Roma

El Cementerio Acatólico es un lugar lleno de Historia e historias pero vacío de turistas.

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ROMA.- Cuando uno piensa en Roma piensa en el Coliseo, en el Foro Romano, en el Panteón, en la plaza de España, en San Pedro del Vaticano... Piensa en los lugares que entran dentro de lo que podría llamarse circuito turístico, pero nunca se acordaría del Cementerio Acatólico. Se equivoca. 

Salirse del guión merece la pena (casi) siempre y este es un buen ejemplo. Más allá de las Termas de Caracalla y del Circo Massimo se encuentra este lugar lleno de Historia y de historias a la par que vacío de turistas. Se cuentan con los dedos de una mano las personas que uno se cruza cuando pasea entre las lápidas, las esculturas, los pinos y los cipreses que llenan el espacio.

Por momentos llega a parecer que no estás en Roma, pero sólo por momentos. Porque una parte de este espacio está cerrado por las murallas aurelianas, construidas en el siglo III d.C. y de las que hoy se conservan 12 de sus 19 kilómetros originales. 

 

El también llamado cementerio protestante de Roma está construido a los pies de la pirámide Cestia, del año 12 a.C., donde se supone que hay enterramientos de la época, aunque son otros muy posteriores los que llaman la atención del visitante. 

Aquí reposan los restos de no católicos fallecidos después de 1738, muchos de ellos artistas, de ahí el sobrenombre de Cementerio de los Poetas. Ese fue el año en que se registró el primer enterramiento de un estudiante inglés —nacionalidad de muchos de los primeros fallecidos— de la Universidad de Oxford. Hasta entonces, los cadáveres de los no católicos fallecidos en Roma eran arrojados al río Tíber ya que no podían enterrarse en un cementerio religioso.

Entre esos no católicos está Ángela, abuela de la periodista Ayanta Barilli y una de las protagonistas de su libro Un mar violeta oscuro (Planeta). Es la escritora quien nos guía hasta aquí y hasta su sepulcro, que visita siempre que pisa su Roma natal. Dice que es un lugar que le da paz y que le parecería bien seguir en un futuro los pasos de su abuela. Barilli podría. Con 4.000 enterramientos, hoy ya no hay espacio para nuevos sepulcros y sólo las personas con familiares enterrados podrían elegirlo.

Ayanta Barilli frente a la tumba de su abuela Ángela.

Ángela también pudo. Se lo pidió a su nieta durante un paseo juntas por este lugar. Lo eligió —y no Parma, donde está su hija Caterina, o Padua, con su madre Elvira— porque aquí descansan tres de los miembros de la familia Barilli que más admiraba: el escritor y compositor Bruno Barilli, la princesa serbia Danitza Pavlovic-Barilli y la hija de ambos, Milena Pavlovic Barilli, que fue diseñadora gráfica de Vogue EEUU y que se suicidó en 1945 cuando sólo tenía 35 años. 

La historia de Ángela se recoge en el libro de su nieta, finalista del Premio Planeta 2018, otras del cementerio están en las guías de viajes. Es el caso de la mujer del artista estadounidense William Wetmore Story, a la que le dedicó la impresionante escultura de El ángel del dolor, un sobrecogedor monumento funerario fotografiado por muchos de los que visitan el lugar. 

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El ángel del dolor, de William Wetmore Story.

Como descorazonadora es la historia del poeta John Keats, quien llegó a Roma en 1820 para curarse de tuberculosis y que falleció un año después con 25 años. Su amigo, el pintor inglés Joseph Severn, lo acompañó en este primer viaje —se instalaron juntos en una casa en la plaza de España— y decidió hacerlo también en el segundo y último.

“Amigo devoto y compañero de lecho de muerte de John Keats”, dice la inscripción de su tumba, a la derecha de la de su amigo.  

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El Cementerio Acatólico es un lugar lleno de artistas. Aquí también está el escritor y ensayista inglés Percy Bysshe Shelley, esposo de la creadora de Frankenstein, el filósofo italiano Antonio Gramsci o el miembro de la saga Bulgari, Nicole Bulgari. “El sol me ha llevado”, dice el texto de su lápida. 

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