Cinco años del 17-A: el doble atentado cuyas alertas no se vieron y que enfangó la política

Una furgoneta en Las Ramblas y un ataque a coche y cuchillo en Cambrils dejaron el peor ataque yihadista de España tras el 11-M. A la desesperada, porque la diana era mayor.
Un grupo de personas coloca flores y velas en uno de los homenajes populares de las víctimas del atentado en Las Ramblas, tres días después del atentado.
Un grupo de personas coloca flores y velas en uno de los homenajes populares de las víctimas del atentado en Las Ramblas, tres días después del atentado.
AFP Contributor via Getty Images

Un jueves de agosto, rozando las cinco de la tarde, la muerte se instaló en Las Ramblas de Barcelona, “la única calle de la tierra que yo desearía no se acabara nunca”, que escribía Federico García Lorca. Esa arteria viva en cada losa, cuajada de flores, de pintores, de libros y helados, fue elegida por descarte para perpetrar el segundo mayor atentado yihadista de la historia de España, completado unas nueve horas más tarde con otro golpe en el paseo marítimo de Cambrils (Tarragona). 16 personas fueron asesinadas, los heridos rondaron los 200 y otro centenar vive hoy con estrés postraumático.

Este miércoles se cumplen cinco años de aquel mazazo, que puso a España otra vez ante el espejo del islamismo, tras el 11-M de 2004 en Madrid. Una célula compuesta por diez hombres, jóvenes encabezados por el imán de Ripoll (Girona), había planeado todo durante meses, con objetivos aún más sanguinarios entre sus dianas, pero un accidente, una explosión, dio al traste con lo ideado y acabaron matando -es fácil- a la desesperada.

Pasado este tiempo, la sociedad catalana no ha cambiado, hizo suyo aquel “no tinc por”, “no tengo miedo”, y ha dado una lección de convivencia y resiliencia, pero tampoco ha acabado de hacer la digestión de los atentados: porque las víctimas denuncian que les falta reparación, porque hay algunas lagunas policiales y de inteligencia sin resolver, porque el fango político manchó demasiado -faltaba nada para el 1 de octubre y la consulta por la independencia- y dejó en ocasiones en un segundo plano el dolor en el que todos debimos ir a una.

Los hechos

Younes Abouyaaqoub, un joven de 22 años y vecino de Ripoll (Girona), fue quien, en solitario, atentó en Barcelona el 17 de agosto de 2017. Faltaban unos minutos para las cinco de la tarde cuando embistió con una furgoneta alquilada a decenas de personas que paseaban por las Ramblas. Fue desde Plaza Cataluña en zigzag, haciendo eses, incontrolable e impredecible, hasta frenar sobre el mosaico de Joan Miró que hay en mitad de la calle. Un recorrido de 650 metros en el que mató a 13 personas -dos niños entre ellos- y lesionó a más de un centenar, una de las cuales murió semanas después en el hospital. Las víctimas provenían de 34 países distintos, porque así es este rincón de Barcelona, pura mezcla.

Dejó el coche, entre el estupor y los gritos, y corrió a pie por la zona, cruzando por el mercado de la Boquería y avanzando luego hacia la zona universitaria. Allí, a las 18:15 horas, abordó a un joven que iba a aparcar su coche, le mató a puñaladas, lo colocó en los asientos traseros y tomó el vehículo. Barcelona ya estaba casi cercada por los Mossos d’Esquadra, en busca del terrorista, pero él logró dar con un hueco en la zona de Diagonal. Su coche no era sospechoso.

A la 1:15 horas del día 18 se produjo el segundo atentado, el de Cambrils. Cinco terroristas arrollaron con un coche a varias personas en la zona del paseo marítimo, muy concurrida en pleno verano, causando un muerto y media decena de heridos. Tras el atropello, se bajaron del coche y se pusieron a perseguir a los ciudadanos, cuchillos y hachas en mano y con chalecos de explosivos que finalmente resultaron ser falsos. Los cinco, que habían quemado horas antes sus documentos en una casa destarlada, fueron abatidos por los agentes -cuatro de ellos, por un mismo mosso-.

El huido Abuyaaqoub seguía en paradero desconocido y fue también abatido cuatro días más tarde, en un precioso viñedo de Subirats (Barcelona). Unos vecinos lo reconocieron tras verlos en las noticias. También llevaba un chaleco con explosivos falso. Gritó “Alá es grande” cuando se acercaron los agentes autonómicos.

La célula

Los terroristas no tenía ni Las Ramblas ni Cambrils entre sus objetivos iniciales. Ni siquiera querían atentar con cuchillos o atropellando. Su plan era llenar de explosivos y metralla las cuatro furgonetas que habían alquilado y hacer volar algún lugar emblemático de Barcelona. La Sagrada Familia y el Camp Nou estaban entre sus favoritos. Pero un acontecimiento les obligó a actuar rápido y donde pudieron: el día 16 de agosto, hacia las 11 de la noche, se produjo una explosión en una casa ocupada en Alcanar (Tarragona) y dos personas murieron. Se pensó inicialmente que se trataba de un laboratorio clandestino de drogas.

No se activó la alerta antiterrorista ni se aplicó el protocolo al respecto. Había un herido en el hospital que se negaba a hablar. Y una moto y un coche aparcados en la puerta a cuyos propietarios hubo que avisar. Uno de ellos era Abuyaaqoub. A las tres de la tarde recibió una llamada de los agentes. Iba conduciendo su furgoneta. Puso rumbo entonces a Barcelona, porque las conexiones estaban a punto de llegar, y así se fue a su corazón y atacó en Las Ramblas.

Fue un par de horas antes del segundo golpe en Cambrils cuando el entonces jefe de los Mossos, Josep Lluis Trapero, relacionó la explosión y el atropello, en una comparecencia pública. El 18 de agosto, con España en shock, se informó de que en Alcanar había numerosas bombonas de butano -se localizaron al menos 120 en el chalet- y explosivos de fabricación casera. Los agentes trabajaron desde entonces con la hipótesis de que fue en en esa casa ocupada donde los yihadistas pretendían preparar varias furgonetas-bomba para perpetrar un atentado de grandes dimensiones.

La identificación de los cuerpos de Alcanar, primero, de Cambrils, después, y de Subirats, al fin, permitió armar el dibujo completo de la célula. Su cabecilla era un marroquí de 45 años identificado como Abdelbaki Es Satty, el imán de Ripoll, que había radicalizado a cuatro parejas de hermanos y a un noveno chico, con edades comprendidas entre los 17 y los 24 años, todos inmigrantes de segunda generación, si no nacidos en España, sí criados aquí desde bien pequeños.

Junto a Es Satty murió en Alcanar Youssef Aalla, otro de los más destacados integrantes del grupo. Un tercer miembro de la célula, Mohamed Houli, que entraba y salía de la casa, resultó herido y fue trasladado al hospital de Tortosa, donde se recuperó en poco tiempo. Seis miembros de la célula más, los que participaron directamente en la ejecución de los atentados en Barcelona y Cambrils -Younes Abouyaaqoub, Mohamed Hichamy, Omar Hichamy (hermano menor de Mohamed), Houssaine Abbouyaqoub (hermano menor de Younes), Said Aalla (hermano menor de Youssef) y Moussa Oukabir-, fueron abatidos por agentes de Mossos. El primero, el atacante de Barcelona, en mitad del campo de Subirats, y los restantes, en Cambrils. A un último miembro de la célula, Driss Oukabir (hermano mayor de Moussa) se le detuvo en Ripoll más tarde, como a un colaborador, Said Ben Iazza. Mohamed Houli y Driss Oukabir fueron condenados en 2021 por delitos de terrorismo (53 y 46 años de pena, respectivamente) y Said Ben Iazza (ocho años), por colaboración con grupo terrorista. El caso fue juzgado por la Audiencia Nacional. El fallo constata que todos los responsables de este crimen están muertos.

A Houli y Oukabir la Audiencia no les condenó como coautores de los 16 asesinatos cometidos por el resto de la célula terrorista, como pedían las acusaciones, al considerar que no tuvieron conocimiento ni participaron en las acciones terroristas. Aún así, sigue adelante la acusación ejercida por la familia del niño de 3 años que murió en Las Ramblas, que irá al Supremo, para que se declare la responsabilidad civil del Estado “por su inexcusable negligencia grave al no haber adoptado las cautelas necesarias para prevenir la venta de los explosivos con los que se pretendía causar una masacre”.

Los objetivos iniciales

Los terroristas, para empezar, tenían arsenal para hacer lo que quisieran: cerca de 500 kilos de TAPT, un explosivo popularmente conocido como “madre de Satán”, 480 litros de peróxido de hidrógeno, 500 de acetona, 25 de ácido sulfúrico, multitud de tornillos para metralla, al menos 19 granadas de mano caseras, una veintena de bombonas de gas, chalecos con explosivos a medio fabricar para suicidas, coches alquilados para llenarlos... Material que habían ido comprando y almacenando sobre todo en el último mes en distintas localidades de Cataluña y Castellón, para no llamar la atención. Aún así, desde 2013 había en vigor una legislación europea que limitaba la compra de estos productos a profesionales, pero nadie dio la voz de alarma ni se negó a venderles lo que pedían; es uno de los agujeros negros de estos ataques, que normas posteriores vinieron a mejorar.

El investigador principal y director del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global del Real Instituto Elcano, Fernando Reinares, y Carola García-Calvo, investigadora principal del Programa sobre Radicalización Violenta y Terrorismo Global del mismo centro, han publicado un documentadísimo artículo doble ante el aniversario del 17-A en el que constatan que los terroristas tenían planes muy trabajados y citan, en concreto, de una serie de atentados “más ambiciosos” y más “letales” que pretendían ejecutar en las proximidades del templo de la Sagrada Familia y del estadio del FC Barcelona, donde hubiera mucha gente. El 20 de agosto era el posible “día d” y el plan, luego, era ir a Francia y atentar también allí.

El único superviviente en la explosión de Alcanar declaró en caliente que sus colegas querían atacar en “monumentos o iglesias”, como la levantada por Antonio Gaudí, aunque se especulaba con el buen o mal conocimiento que tenía realmente de los planes del grupo. Las búsquedas hechas por internet identificadas por la policía en su momento señalaban el templo religioso y el estadio, pero también Port Aventura, la torre Agbar, el Santiago Bernabéu, el Museo Thyssen y, ya en el país vecino, calles de Toulouse o la Torre Eiffel, en París.

Sobre aviso

Una de las mayores sombras que aún pesan sobre el 17-A es la duda de si se pudo prevenir. Alertas de seguridad había, pero no se tomaron como urgentes. El imán, líder del grupo, era sospechoso, pero no se le hizo seguimiento. Nadie sabe hasta qué punto hubo dejación de funciones o negligencia o, simplemente, falta de olfato.

Ya desde 2016, en el Informe Anual sobre Seguridad que elabora el Gobierno, se explicitaba que Cataluña era “una zona en la que “los procesos de radicalización detectados han sido más rápidos, y cuya comunidad islámica se caracteriza por ser la más radical y con más vínculos con otros extremistas de Europa”. De hecho, un tercio de los arrestos de toda España se producían ya en esta comunidad, donde ya había tenido lugar hasta una reunión preparatoria del 11-S estadounidense. Se suman varios factores para esa tendencia: es una región rica y muy poblada, con una amplia comunidad musulmana, próxima a Francia, históricamente con conexiones con Al Qaeda, primero, y con el Estado Islámico, después, y puente de combatientes que iban y venían de Siria o Irak.

El caldo de cultivo estaba y a eso se añaden los condicionantes particulares, básicamente, el imán Es Satty, sin el que no hubiera habido ni célula ni ataques. Él tomó a unos chicos que, como recuerdan Reinares y García-Calvo no eran particularmente religiosos, su entorno aclaró que no tenían problemas de “exclusión, segregación o privación”. Su caso fue de radicalización ideológica, en el que influyó mucho la relación de parentesco, los hermanos mayores tirando de los más pequeños.

El 25 de mayo de 2017, el National Counter Terrorism Center (Centro Nacional Contra el Terrorismo o NCTC, por sus siglas en inglés) de EEUU detectó una posible amenaza en Barcelona y lo hizo saber con un “boletín de amenaza”, dice el artículo, compartido con la Guardia Civil y la Policía Nacional. Citaba al ISIS, que planeaba “llevar a cabo ataques terroristas durante el verano contra zonas turísticas muy concurridas en Barcelona, España, específicamente la calle La Rambla”. No se entendió como una amenaza grave.

También pasó por alto otra comunicación de marzo de 2016, un correo privado de un agente de Vilvoorde (Bélgica) a un colega suyo mosso, con el que había coincidido en algún curso, preguntado por Abdelbaki Es Satty. Se lo relacionaba con entornos yihadistas en su país en la citada ciudad y en Diegem. El jefe de la Unidad de Análisis Estratégicos de la comisaría general de información de los Mossos respondió que Es Satty “no era conocido”, si bien una persona con el mismo apellido había sido investigado por sus vínculos yihadistas en otra operación. No fue una comunicación formal ni se consultó expresamente a los agentes dedicados a la lucha antiterrorista.

Sobre el imán hay otra gran duda: se supo tras el ataque que había sido informante del Centro Nacional de Inteligencia (CNI) en el tiempo en el que estuvo en prisión por tráfico de drogas (de 2010 a 2014). Nadie ha aclarado hasta cuánto duró esa relación, si se trataron informaciones relacionadas con terrorismo también, si nunca se le hizo seguimiento por radicalización.

"Pedimos respuestas", dice la pancarta de unos manifestantes ante la Sagrada Familia, el 17 de agosto de 2019, reclamando más atención para las víctimas.
"Pedimos respuestas", dice la pancarta de unos manifestantes ante la Sagrada Familia, el 17 de agosto de 2019, reclamando más atención para las víctimas.
PAU BARRENA via Getty Images

Los lazos con el ISIS

Es Satty se había radicalizado “en la versión más extrema y belicosa del salafismo”, constatan los especialistas de Elcano, y llegó a bautizar a su grupo como los “soldados del Estado Islámico en la tierra de Al Andalus”, como se lee en los restos de una libreta medio quemada en la explosión de Alcanar. El ISIS, de hecho, asumió el doble ataque como propio, obra de sus soldados. Inicialmente hubo dudas de que así fuera, parecía que se estaba tratando de colgar la medalla de un atentado exitoso en el corazón de Europa, pero con los años, constatan Reinares y García-Calvo, se ha evidenciado que había lazos con la citada organización terrorista.

La suya no era una célula integrada en la estructura del Daesh como tal, sino con una guía en remoto, a distancia, después de que sus líderes vieran que había individuos dispuestos a atentar. Es más que una inspiración o que un adoctrinamiento puramente online, que lo hubo también. Estaban “enlazados con las estructuras centrales” del ISIS, a través de combatientes extranjeros con origen en Europa occidental, desplazados a Siria e Irak y retornados, añaden. Lo han podido asegurar por el seguimiento de las reivindicaciones posteriores y por expertos en inteligencia. Es Satty tenía carisma y tenía contactos, especialmente en Bélgica. Nada se ha podido aclarar del viaje que hicieron a París parte de los jóvenes apenas una semana antes del ataque.

Simbología se encontró también en algunos teléfonos de los yihadistas y en una funda de almohada, usada para trasladar explosivo, en la que se había pintado una bandera del ISIS. El imán usaba expresiones muy propias de este grupo terrorista al hablar de “soldados” o prometer un castigo a “cruzados, odiosos, pecadores, injustos y corruptores”. Los medios del Daesh emitieron comunicados en los que justificaban los atentados como “un golpe al sector del turismo”. En uno de ellos citaban a los medios de comunicación españoles pero en otro hablaban de “fuente de seguridad”, o sea, personal suyo, propio, al cabo de la calle.

La deuda pendiente

Informa la Agencia EFE que el Ministerio del interior indemnizará a 130 personas por los daños físicos y psicológicos que sufrieron el 17 y 18 de agosto. En total, recibirán siete millones de euros. El problema es que son un tercio de las 355 víctimas de los atentados que la Audiencia Nacional reconoció en su sentencia.

Pero los casos más incomprensibles, según los afectados, són las 84 personas que sufren “secuelas psicológicas contrastadas, certificadas y documentadas por expertos en victimología terrorista”, denuncia en la Cadena SER Robert Manrique, asesor de la Unidad de atención y valoración de los afectados por terrorismo, que se pregunta: “Cuando un médico especialista te garantiza por escrito que esto es así, ¿porqué el ministerio dice que no?”. Hay además 140 heridos que tampoco serán compensados porque no llegaron a tiempo a hacer los trámites. Entre ellos, muchos turistas y extranjeros que no sabían ni a qué tenían derecho.

En esta semana del aniversario, el entonces jefe de los Mossos, Trapero, ha concedido una entrevista a La Vanguardia en la que pone el dedo en la llaga: “La sociedad no ha sido generosa con las víctimas de las Ramblas”, resume.

La presidenta de la Unidad de Atención y Valoración a Afectados por Terrorismo (Uavat) y psicóloga forense, ​​​​​​​Sara Bosch, ha explicado a Europa Press que todavía muchas de las víctimas se sienten vulnerables, inseguras y acostumbradas a evitar situaciones, padecen “un sufrimiento silencioso continuado” que se traduce en que “evitan viajar, ir a zonas turísticas, a centros comerciales o inclusos sentarse en una terraza para minimizar situaciones donde puede haber riesgo”.

La vida sigue y hoy ese niño de diez años que se salvó por un tirón de la camiseta de su madre estudia en el mismo instituto que el hermano pequeño de uno de los yihadistas, pero no puede haber olvido ni para uno, por lo que pasó y aún ha de superar y de saber, ni para el otro, golpeada toda la comunidad de Ripoll como fue por este ataque, y aún renqueante, también lejos de los cuidados y los focos.

Una de las losas que han tenido que arrastrar las familias de unos y otros ha sido la politización de este 17-A. Tanto la investigación de ahora Elcano como la sentencia del año pasado de la Audiencia Nacional de 2021 dejan claro que no hay teoría de la conspiración que se sostenga, ni hacia un lado ni hacia el otro. Hubo quien denunció que tras los ataques se veía una maniobra del Estado -entonces el presidente era el popular Mariano Rajoy- para poner un palo en la rueda al proceso independentista catalán, que en semanas abordaba dos pasos fundamentales, las leyes de desconexión del Parlament y el referéndum ilegal. ¿Tenía información el Gobierno y no paró el atentado para que salpicase a Carles Puigdemont y su gente? Nadie ha puesto una prueba sobre la mesa de semejante acusación.

Y, por contra, aunque en menor medida, también hubo conspiranoicos que vieron en este ataque lo contrario, a Cataluña teniendo información pero no dándola, buscando una tragedia para cargar contra Madrid. Tampoco hay pruebas, sólo gritos. Persisten grupúsculos que aún se manifiestan en un sentido o en otro, con un eco prácticamente nulo.

Mariano Rajoy, el rey Felipe y Carles Puigdemont, el 18 de agosto de 2017, en un minuto de silencio por las víctimas en Barcelona.
Mariano Rajoy, el rey Felipe y Carles Puigdemont, el 18 de agosto de 2017, en un minuto de silencio por las víctimas en Barcelona.
Manu Fernandez via AP

Cómo están las cosas

El yihadismo, a cinco años de Las Ramblas y Cambrils, sigue siendo una amenaza para España, como lo es para todo Occidente. El ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, explicó hace unas semanas en un curso de verano en San Lorenzo de El Escorial que le preocupa especialmente el peligro que supone para Europa el avance de los grupos terroristas en el Sahel.

“La seguridad de esta región africana es en la actualidad una de las principales prioridades para España en la lucha contra el terrorismo a nivel internacional y los ojos de nuestros servicios de información, de nuestros analistas y especialistas están permanentemente enfocados en esa dirección”, señaló. La zona, defiende, es una de las principales destinatarias de los esfuerzos de cooperación policial española “tanto a través del intercambio de información como mejorando las capacidades locales para luchar contra el terrorismo”.

A lo largo del año 2021, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad realizaron en España 22 operaciones contraterroristas, informó, que se saldaron con la detención de 39 personas, cifras ligeramente superiores a las de 2020. En lo que llevamos de 2022, acumulamos ya un total de 16 operaciones y 26 detenidos. En las cárceles españolas cumplen condena un centenar de terroristas.

España está en riesgo alto según el Nivel de Alerta Antiterrorista nacional, que se estableció en 2015 en el 4 sobre 5, tras los atentados yihadistas de Francia, Túnez, Kuwait y Somalia. No ha cambiado, desde entonces, e implica que hay que extremar la vigilancia sobre personas sospechosas de terrorismo; la protección de centros estratégicos como centrales nucleares, aeropuertos, estaciones de tren o de autobús; más vigilancia en las calles y que las Fuerzas Armadas también adquieran este nivel de alerta y protección sobre sus instalaciones .

El fin del terrorismo no es solo matar a ciegas, sino lanzar un mensaje para desestabilizar al enemigo. No se logró en Cataluña hace cinco años. Hay dudas, lay lagunas, hay roces y nadie puede saber cuándo vendrá el siguiente atentado, pero la sociedad ha reaccionado sobreponiéndose al dolor inútilmente generado y a la parálisis. Y eso es lo que se impondrá este miércoles, en el homenaje común, cuando suene el Cant dels Ocells que se ha convertido ya en un himno contra el terror.

Atropello masivo en Las Ramblas de Barcelona