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25/05/2019 09:19 CEST

Cinco historias que muestran cómo el sexo sirve de herramienta para controlar a las mujeres

En el documental 'Placer Femenino' la directora Barbara Miller busca romper tabúes sobre la sexualidad alrededor del mundo.

Deborah Feldman se jugó la vida alejándose de la comunidad judía ultraortodoxa en la que nació en Nueva York; Leyla Hussein fue víctima de la ablación en su Somalia natal y hoy lucha para que ninguna mujer tenga que sufrir lo mismo que ella; Rokudenashiko está siendo procesada en Japón por imprimir una vagina en 3D; Doris Wagner dejó la iglesia después de que un cura la violara; y Vithika Yadav dirige un portal de educación sexual que busca liberar a las mujeres en la conservadora sociedad india.

Son cinco historias de cinco mujeres totalmente diferentes, de países, religiones y culturas diversas, con una cosa en común: todas han visto cómo las sociedades en las que crecieron utilizaron su sexualidad para controlarlas. Son las protagonistas de Placer femenino, el documental dirigido por Barbara Miller con la intención de romper tabúes y dar voz a la realidad que viven las mujeres en todo el mundo. 

 

″¿Cómo es posible que estemos así? ¿En 2019?”, se pregunta la directora durante una conversación con El HuffPost. Fue precisamente esta pregunta la que la llevó a dirigir esta cinta. “La sexualidad de la mujer todavía no se combina con placer en muchos casos, es más un deber”, explica Miller, que, a partir de ahí, comenzó a leer los llamados “libros sacros” y lo que se encontró es de todo menos agradable. “Se habla de las mujeres como las responsables del pecado, y se produce una demonización de su cuerpo y su sexualidad”, comenta la cineasta, que apunta a que el problema está en que sobre ellos se basa una “ideología en todo el mundo”.  

Una vez finalizado el proceso de investigación y tras conocer a las cinco mujeres que le ponen cara, Miller lo tiene claro:  “El cuerpo femenino y la sexualidad son las formas más fáciles de controlar a la mujer. Empezando por la menstruación”.

Por eso la directora agradece especialmente el “paso al frente” de las protagonistas de la cinta que “tienen la valentía y quieren hablar de este tabú aunque se puedan encontrar con dificultades”. Una de ellas, Leyla Hussein, nacida en Somalia y que ahora vive en Londres, ha tenido que mudarse tres veces de casa por amenazas. Ella lucha contra la mutilación genital, una práctica que tanto ella como su hermana sufrieron, y que ella pelea por erradicar, también en Europa. Aquí muchas comunidades musulmanas la mantienen como una forma de mantener el arraigo a sus tradiciones, despojando a las mujeres de su órgano de placer: el clítoris.  

Intentar romper los valores que someten a la mujer es una de las metas de Vithika Yadav, fundadora de Love Matters, un proyecto de educación sexual en con el que defiende la libertad en un lugar tan conservador como India. Ella sufrió el acoso en sus propias carnes y no pudo denunciarlo porque en su país no se habla de sexo, mucho menos de abusos sexuales.  

La ley del silencio también impera en Japón, donde la artista Rokudenashiko está siendo procesada por utilizar impresiones de vaginas en 3D en sus proyectos en el mismo país en el que se veneran penes gigantes por la calle durante un festival. Rokudenashiko comenzó a diseñar vaginas para visibilizar y luchar porque las mujeres no se sientan avergonzadas por su cuerpo, como ella misma hizo cuando se sometió a un recorte labial. 

Charlando con la artista, con intérprete incluido y con culturas diferentes, Miller se dio cuenta de que “hablamos de la misma experiencia como mujeres”. Con un océano de por medio, en Nueva York, Deborah Feldman también fue víctima de ese sometimiento. Ella abandonó su comunidad ultraortodoxa cuando nació su hijo, después de que la obligaran a casarse con un hombre que no conocía, de escuchar por primera vez hablar de sexo en su noche de bodas y de ser discriminada por “impura” durante su menstruación. Feldman ha escrito varios libros, ha recibido amenazas de muerte y hasta ha sido acusada de propiciar otro Holocausto.  

 

Escapar de una comunidad como la suya es un ejercicio de valentía, la misma valentía que mostró Doris Wagner cuando denunció las violaciones de un sacerdote veinte años mayor que ella. Fue en el corazón del Vaticano y llegó a escribir al Papa Francisco, del que todavía no ha recibido respuesta. Cuando presentó una denuncia contra su agresor, los tribunales sentenciaron que “no se resistió lo suficiente”, y que por tanto no era violación. 

Para intentar revertir esta situación y que las mujeres empiecen a ser dueñas de sus cuerpos y de su placer, la directora insiste en que lo primero es romper el silencio y los tabúes, algo que debemos hacer también desde la educación. 

“Ahora mismo el placer del hombre es lo más importante”, defiende Miller, que pone el ejemplo de los adolescentes. “Si un chico se masturba se ríen y aplauden. Si es una chica, no. En el colegio si una chica tiene experiencia con tres chicos es una puta, si un chico la tiene con diez es un campeón”, defiende. 

Una situación que, para ella, también se replica en la pornografía. “Todo gira en torno al orgasmo masculino”, señala. Para la cineasta, aunque se hayan comenzado a sentar las bases, todavía queda mucho por hacer e insiste en que “es absurdo que luchemos contra estas cosas en 2019”. 

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