Brasil vota: el retorno ilusionante de Lula promete barrer la decepción del ultra Bolsonaro

El expresidente, sin cuentas con la justicia, reaparece como esperanza ilusionante desde la izquierda, tras una legislatura marcada por la división y el negacionismo.
Un vendedor de banderas de Jair Bolsonaro y Luiz Inacio Lula da Silva baila ante su puesto de Brasilia, el pasado 27 de septiembre.
Un vendedor de banderas de Jair Bolsonaro y Luiz Inacio Lula da Silva baila ante su puesto de Brasilia, el pasado 27 de septiembre.
Eraldo Peres via AP
Brasil va a las urnas este domingo con un claro favorito en las encuestas: el expresidente Luiz Inacio Lula da Silva, representante del Partido de los Trabajadores (PT, izquierda) puede lograr entre el 48 y el 50% de los votos, un apoyo tan sólido con el que hasta tiene posibilidades de evitar la segunda vuelta de las presidenciales. Su contrincante es el actual presidente, el ultraderechista Jair Bolsonaro, del Partido Liberal, a quien una gestión deficiente en lo económico e inhumana en lo sanitario alejan del Palacio de Planalto, estancado desde hace semanas en el 31% de los sufragios.
Los números cantan un escenario que no es nuevo, en realidad: Bolsonaro ganó en las elecciones de 2018 con el 55% de los votos pero porque no se presentaba Lula. Sencillo y claro. Si no, hubiera perdido. El mítico sindicalista, que ya había estado en el poder entre 2003 y 2010, quiso repetir, pero el cerco judicial por supuesta corrupción lo llevó a la cárcel sin posibilidad de ser candidato. Su sustituto, Fernando Haddad, cargó con el peso de la culpa y la falta de carisma y Bolsonaro venció.
Llevaba 30 años como parlamentario, había cambiado de caballo, o sea, de partido, en diversas ocaciones, y se presentaba como una voz nueva de la derecha, muy ultra pero muy enfocada también en la pelea contra la corrupción -lo que más preocupaba entonces a los ciudadanos- y muy cargado de valores religiosos (católicos y evangélicos), de profunda raíz. Surtió efecto. Hoy ya no: ha vuelto Lula, que siempre fue el favorito hasta estando encarcelado -ya no tiene deudas pendientes porque sus causas han sido anuladas- y él no ha sabido hacerlo tan bien como para superar esa barrera.
En realidad hay hasta 11 candidatos presidenciales registrados para este domingo, pero la campaña es desde su inicio un pulso entre Bolsonaro, de 67 años, y Lula, de 76. La idea de organizar una “tercera vía” nunca se ha concretado en la práctica. El candidato que les sigue en las encuestas, el centroizquierdista Ciro Gomes, apenas tiene un 10% de lo votos, según los sondeos. Es un cara a cara entre dos titanes políticos y no se prevén alianzas, ocho de cada 10 brasileños dicen que votarán por uno de ellos el domingo.

Lo que supone este duelo

El duelo electoral de este 2-O no es un clásico partido de derechas y de izquierdas. Gane Lula de primeras o haya segunda vuelta (el 30 de octubre, si ninguno de los candidatos logra superar el 50% de los sufragios), la dureza de la lucha electoral, el ánimo de los votantes y, sobre todo, las dudas sobre cómo actuaría Bolsonaro ante una posible derrota, llevan a los expertos a hablar de una cita poco típica.
En otros años se hablaba de “adversarios”, pero ahora pasan a ser “enemigos declarados”, constata el americanista Sebastián Moreno. “Venimos de un tiempo en el que Bolsonaro ha sembrado el odio, es un profesional de eso, lo ha hecho arraigar en los partidos, en la calle, con una tensión desconocida, intensificada año a año en su mandato. Lo peor es que lo ha trasladado de los despachos a la calle”, lamenta.
En las últimas semanas, Bolsonaro ha dicho que los comicios son “una lucha del bien contra el mal”, se ha presentado como el garante de los valores conservadores y cristianos que el “comunismo” pone en riesgo y se ha referido a Lula como un “ladrón” que puede llevar a Brasil hacia un socialismo como el de Venezuela, el chavismo de nuevo como amenaza. Admite el derechista que no quiere ser presidente, pero se siente elegido para dar la batalla porque, si no gana, la izquierda se quedará “para siempre”. “Un tiro solo mata a todo el mundo, o una granadita”, es una de las frases que sintetizan su cariño al contrario.
Luiz Inacio Lula da Silva, el pasado 26 de septiembre, en un mitin en Sao Paulo.
Luiz Inacio Lula da Silva, el pasado 26 de septiembre, en un mitin en Sao Paulo.
Amanda Perobelli via Reuters
Bolsonaro ha negado que sus palabras estimulen la violencia, pero Lula lo responsabilizó por el homicidio de un simpatizante suyo que, según la policía, fue apuñalado por un seguidor del presidente tras una discusión política en un área rural del estado de Mato Grosso este mes. En julio, otros militante del Partido de los Trabajadores fue asesinado a tiros por un policía que irrumpió en su fiesta de cumpleaños que homenajeaba al expresidente y gritó: ”¡Aquí somos de Bolsonaro!”.
Lula lo ha llamado “genocida”, a la contra, por su respuesta a la pandemia de covid-19, y reivindica que en las elecciones se juega “la democracia contra el fascismo”. “Las propuestas políticas están en los programas, pero no se los suele leer el común de los electores. La campaña ha estado más centrada en el choque personal, en la crispación, en el marco de país que cada cuál quiere, pero ha faltado lo concreto. Lo que está en juego es un sistema y un modo de ver la política, que ha dividido al país, y por eso, si hay segunda vuelta, la tensión puede aumentar”, señala Moreno.

El fantasma del fraude

Con este panorama, los brasileños parecen mirar con recelo la campaña electoral: tres de cada cuatro votantes (67,5%) teme sufrir agresiones por motivos políticos, según una encuesta de la firma Datafolha. Más incertidumbre se suma con la incógnita de si Bolsonaro reconocería una victoria de Lula. No lo ha dejado claro estos días. A semejanza de lo que hizo su admiradísimo Donald Trump como presidente de Estados Unidos, el actual mandatario busca a diario sembrar dudas sobre la fiabilidad de las encuestas y, sobre todo, del sistema de votación de su país, sin presentar pruebas para ello. En Brasil se vota online desde hace años y nunca ha habido dudas sobre la legitimidad del proceso, pero ahora Bolsonaro plantea hasta un recuento paralelo, a manos del ejército al que él perteneció, que a su juicio debería ser quien llevara las riendas del país y a cuyos dirigentes ha colado en innumerables puestos civiles.
Qué serán unas elecciones limpias para Bolsonaro es la gran pregunta. “Creo que si pierde habrá pataleta, que denunciará el fraude pero, a la larga, hará com Trump, reconocer su derrota sin ir a más. Ha dicho que se irá a su casa si eso llega. Lo inédito es que nos lo estemos planteando siquiera, porque Brasil ha tenido una compleja adaptación a la democracia desde 1985, pero no ha tenido sombras de sospecha en este punto”, añade.
Distintos analistas locales ven un riesgo de que, si el presidente denuncia un fraude en su contra, sus seguidores arremetan contra las instituciones como hicieron los trumpistas el año pasado en el Capitolio de Washington. En los actos de Bolsonaro es común ver carteles pidiendo una “intervención militar” y el mes pasado la policía registró las casas de empresarios simpatizantes del presidente por discutir en WhatsApp sobre la posibilidad de un golpe de Estado, aunque ellos niegan haber cometido delito alguno. Hablamos de conversaciones privadas, además.
Las Fuerzas Armadas han tenido en los últimos años, con Bolsonaro, un protagonismo insólito. Comandados por este excapitán del Ejército, nostálgico de la dictadura que asfixió al país entre 1964 y 1985 y hasta de sus torturas, se han introducido en las estructuras funcionariales, con 6.000 en altas instancias, más un tercio de los ministerios. Para estas elecciones, el presidente quiere que hagan un control paralelo al de la justicia electoral sobre las urnas electrónicas, porque no se fía de la limpieza del proceso. Ese escrutinio propio es novedoso y ajeno a las normas de Brasil. Moreno lanza un mensaje tranquilizador ante los rumores de un posible golpe de estado por parte de los ultras: “no se detectan corrientes golpistas en el Ejército, más allá de esa cercanía a los postulados del presidente, pero poner el tela de juicio los resultados ya puede ser un motivo de disputa que cause incidentes”.
Jair Bolsonaro, el pasado 24 de septiembre, en un mitin en Campinas, Sao Paulo.
Jair Bolsonaro, el pasado 24 de septiembre, en un mitin en Campinas, Sao Paulo.
MIGUEL SCHINCARIOL via Getty Images

Los problemas

Pero esa está lejos de ser la única inquietud de la población de Brasil. De hecho, las mayores preocupaciones de los ciudadanos pasan por temas económicos como el desempleo o la inflación, así como por la salud, según distintos sondeos de la prensa nacional. Esta elección será la primera en Brasil tras la pandemia de covid-19. que golpeó con dureza al país y dejó más de 685.000 muertes -el segundo país con más fallecidos del mundo sólo por detrás de EEUU-, mientras Bolsonaro comparaba el virus con una “gripecita” y se mostraba escéptico sobre las vacunas para combatirlo. No quería confinamientos ni mascarillas, por supuesto tampoco gasto público en ello, y así Brasil copó los medios de todo el mundo por las imágenes de la angustia de sus enfermos, que no podían ni ser sedados para que les colocaran los respiradores porque ni analgésicos había.
La economía brasileña entró en recesión en 2021 y, si bien volvió a crecer desde hace casi un año y la tasa de desempleo cayó a 9,1% en julio, anque sigue siendo el mayor nivel de desempleo desde 2012, según un informe del Instituto Brasileño de Geografía y Estadísticas, citado por la estatal Agencia Brasil. Esa mejora está lejos de ser percibida por la población en general, sólo llega a las clases altas, por ahora. La tasa de pobreza alcanzó el 23,7% en 2021, lo que representa a casi unos 20 millones de brasileños, según un estudio de agosto de 2022 de la Universidad Católica de Rio Grande do Sur, el Observatorio de Metrópolis y la Red de Observatorios de Deuda Social, reportado por Agencia Brasil. El porcentaje de pobreza en 2014 fue del 16%. Un aumento considerable en una materia en la que precisamente el PT de Lula logró unos progresos espectaculares, con su programa Bolsa Familia, que proporcionaba ayuda financiera a hogares pobres del país.
El 15% de brasileños (unos 33 millones de personas) pasa directamente hambre y otra cantidad similar sufre de inseguridad alimentaria moderada, de acuerdo a un estudio divulgado el miércoles por la red Penssan. Uno de sus miembros, Manoel Mendes, explica que “las desigualdades se han acentuado en estos años, en los que las inversiones sociales han sido muy escasas”. Insiste en la seguridad alimentaria, que se basa “en la disponibilidad de los alimentos, el acceso de las personas a ellos y un consumo nutricionalmente adecuado”. “Si se suman estos tres factores, podemos decir que hay 125 millones de personas que no tienen seguridad alimentaria, en un país de 212 millones”, resume.
Pone algunas tendencias que han conmocionado a la sociedad brasileña en los últimos tiempos: personas que rebuscan en la basura, niños que llaman a la policía para informar de que no hay nada que comer en su casa, suicidios de padres de familia sin poder ofrecer más alimentos, casos de abandono escolar para intentar trabajar en la economía sumergida... “Paradójicamente, Brasil es un gran productor y exportador de productos como carne bovina, azúcar, café, soja y zumo de naranja, por eso duele más la pregunta de cómo un país que se sitúa entre los mayores exportadores mundiales de alimentos permite que parte significativa de su población no tenga que comer”, lamenta.
La enumeración sigue con detalles “dramáticos”: “el hambre afecta especialmente a las poblaciones negras, con el 65% de los hogares comandados por personas negras y pardas con problemas de provisión de alimentos”, “uno de cada tres brasileños ha tenido que buscar alguna fórmula para conseguir alimento de la cual se avergüenza o le provoca tristeza”, “hemos dado pasos atrás y la situación es peor que la de hace 30 años atrás, cuando comenzaron a impulsarse los primeros programas de combate a la miseria y el hambre desde la redemocratización del país”.
En los programas de Lula, detalle, eran 44 millones de familias las que recibían el aporte directo del Estado, reduciendo -ya en los primeros años- la pobreza (extrema o moderada) entre 25 millones de habitantes. En el caso del Auxilio Brasil, que es el remedo que puso Bolsonaro, son sólo 14 millones de familias las que reciben la ayuda. Ello significa que unos 30 millones de familias se han quedado sin recibir este beneficio. Por eso muchos en el país añoran los años de 2003 a 2010 en que Lula gobernó en medio de un boom económico, impulsado por altos precios de las materias primas y millones de personas ascendieron a la clase media con programas sociales del gobierno. Bolsonaro y sus seguidores, en cambio, recuerdan el desplome que tuvo la economía brasileña bajo el mandato de la sucesora de Lula, Dilma Rousseff, y los grandes escándalos de corrupción que surgieron en los gobiernos del PT. Una por otra.
El propio Lula estuvo 19 meses preso por un caso de corrupción, pero el Supremo Tribunal Federal brasileño anuló sus condenas en 2021 por fallos en el proceso que condujo el entonces juez Sergio Moro, quien luego fue ministro de Bolsonaro y a quien la justicia consideró parcial en el proceso. Bolsonaro insiste en que no fue absuelto, “sólo que no pudo ser condenado”. Pese a que hizo bandera de la lucha contra la corrupción, su gabinete también ha tenido escándalos, de la investigación en el Senado por, atención, “crímenes contra la humanidad, epidemia con resultado de muerte, infracción de medidas sanitarias, charlatanería médica e incitación al delito” más cuatro cargos criminales por su gestión del coronavirus, a la introducción de los llamados “presupuestos secretos” que violan los principios de transparencia e impersonalidad que requiere cualquier ley presupuestaria, una opacidad que le ha permitido gobernar a su aire.
A todo esto se suman la desinformación lanzada especialmente desde el Gobierno, con fake news y montajes en redes sociales, lo que ha aumentado la bilis de la vida política nacional, mientras no han cesado los ataques a las mujeres, los homosexuales o minorías como las indígenas. En este caso, especialmente duras en la zona de la Amazonia, donde la deforestacion se ha multiplicado con la llegada de Bolsonaro.
Maria da Silva, de 58 años, llora mientras muestra su nevera vacía, en su casa destartalada de Ibimirim, Pernambuco, donde vive con su familia de ocho miembros.
Maria da Silva, de 58 años, llora mientras muestra su nevera vacía, en su casa destartalada de Ibimirim, Pernambuco, donde vive con su familia de ocho miembros.
CARL DE SOUZA via Getty Images

Las propuestas

Las campañas han sido de bloques, más que de propuestas, como decía Moreno. Bolsonaro ha atacado las instituciones democráticas, restado importancia a la gravedad del covid-19 y mofándose de las protecciones ambientales, además de reviviendo las divisiones de la era de la Guerra Fría para pintar a los opositores como “comunistas”. Es uno de esos términos que no faltan en sus mítines.

Nada que ver con la campaña de Lula, que ha tratado de ampliar su coalición electoral nombrando al centrista Geraldo Alckmin como su compañero de fórmula en una candidatura titulada “Unidos por Brasil”, un intento de superar las dudas de muchos brasileños hacia su izquierdista Partido de los Trabajadores, debido a sus vínculos pasados con escándalos de corrupción.

Esas son las líneas generales. Bajando a la arena, el candidato ultraderechista propone eximir del impuesto a la renta a quienes ganen hasta cinco salarios mínimos (que está en unos 235 euros). Asimismo, promete mejorar la infraestructura en las regiones menos desarrolladas, además de ampliar el proceso de privatizaciones.

En su programa, afirma que “buscará acelerar el desarrollo de acciones de reducción y mitigación de gases de efecto invernadero”, al tiempo que reconoce la lucha climática como “parte inexorable” de la solución para el futuro del planeta, afirmaciones vistas con escepticismo por los especialistas.

Bolsonaro también defiende nuevos acuerdos “bilaterales” y “multilaterales”, y apuesta por concluir el proceso de ingreso de Brasil a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE), para atraer inversiones, capital y fortalecer los lazos con los países industrializados.

Además, promete aumentar la inversión en órganos de seguridad pública, como policías estatales y Fuerzas Armadas. Así también, defiende una flexibilización aún mayor del acceso a las armas, para ampliar “el derecho fundamental a la legítima defensa y la libertad individual”.

Lula, por su parte, promete lanzar un Bolsa Familia “renovado y ampliado”. Indica que agregará a los 600 reales mensuales otros 150 (USD 28) por cada hijo menor de seis años. Tiene un plan para combatir frontalmente la minería ilegal, los incendios y la deforestación en la selva amazónica, a través del fortalecimiento de los órganos de preservación y control, debilitados durante la gestión de Bolsonaro.

A su vez, indica que cumplirá con las metas de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero asumidas en el Acuerdo de París, así como que asegurará la “transición energética” del país. Lula afirmó que es necesaria una “nueva política sobre drogas” que sustituya el actual modelo “bélico” de combate al narcotráfico, con estrategias que privilegien la “investigación” y la “inteligencia” para desarticular las organizaciones criminales.

Promete defender “los derechos y territorios de los pueblos indígenas” y quilombolas (descendientes de esclavos), y se comprometió públicamente a crear un ‘Ministerio de los pueblos originarios’, encabezado por un/a indígena. Y, finalmente, prevé políticas de salud, educación, empleo y seguridad para la comunidad LGTB+, y la ampliación de cupos sociales y raciales en universidades.

Ahora, los 156 millones de electores deciden en las urnas el futuro del país más extenso, poblado, rico e influyente de Latinoamérica.

Lula da Silva

Jair Bolsonaro