Colombia acude a las urnas deseosa de un cambio social, con los jóvenes como clave

Gustavo Petro puede convertirse en el primer presidente de izquierdas del país, aupado por las protestas callejeras y el cansancio de una derecha para las élites.

Más de 39 millones de colombianos tienen este domingo en sus manos el futuro del país. Tras cuatro años de mandato de Iván Duque, toca el momento del relevo, porque la ley le impide optar a la reelección. El cambio, indican las encuestas, no será de un derechista por otro, sino que se viene revolución: es el izquierdista Gustavo Petro quien puede quedarse con el despacho de la Casa de Nariño. Un electorado joven, numeroso y muy activo que anhela transformar una de las sociedades más desiguales de América Latina y creen en él para acometer esa tarea.

Todas las encuestas coinciden en mostrar a Petro (Pacto Histórico) como favorito para ganar las elecciones, aunque no lo conseguiría en la primera vuelta: obtendría entre el 37,9% y el 48% de la intención de voto, según las distintas empresas encuestadoras. Al no tener la mayoría absoluta, debería concurrir a la segunda vuelta, el 19 de junio.

La duda en estos momentos es quién lo acompañará en ese segundo round. Hasta ahora, el derechista Federico Gutiérrez (Equipo por Colombia), conocido como Fico, era el mejor posicionado, con entre el 27,1 y el 30,8% de los sufragios, pero en el sprint final de la campaña ha ganado enteros un populista llamado Rodolfo Hernández (Liga de Gobernantes Anticorrupción), un empresario sin experiencia que recoge el cansancio popular y puede copar del 20 al 22% de los votos, y subiendo. El centro, representado por Sergio Fajardo, no llegaría ni al 5%.

Los colombianos no quieren más uribistas -los seguidores del expresidente Álvaro Uribe-, la tendencia conservadora que ha llevado el timón en la última legislatura, que no ha logrado ni tener un candidato en esta convocatoria y ha tenido que integrarse bajo la marca de Gutiérrez, donde suman cinco derechas atomizadas. Está pasando en gran parte de América Latina: la época del neoliberalismo ha arrasado el continente, las calles arden y toca mover ficha. Colombia acumula tres años de protestas sociales, de universitarios a maestros, pasando por jubilados y madres, desencantados porque el país crece económicamente (a un ritmo del 8%) pero la riqueza llega a los de siempre.

Los de abajo no soportan que haya 20 millones de pobres, que se asesine a líderes indígenas o ambientales porque se explotan sus recursos, y se ha consolidado una clase media que, teniendo para vivir, se cuestiona fuertemente el estado de los servicios públicos y la corrupción. Los jóvenes son determinantes en estos comicios: casi nueve millones de votantes colombianos tienen 28 años o menos, una cifra nunca antes alcanzada. Son un cuarto del electorado. Son muchos en número y también en fuerza: la de las redes sociales que usan profusamente, la del futuro prometido y no dado, que que aboga por superar las diferencias raciales y sociales, firmada ya hasta una paz con las FARC, y quieren pasar página, pero todos.

Ahí es donde entra Petro, de 62 años, que ha prometido repensar el modelo económico capitalista del país y expandir ampliamente los programas sociales, al proponer trabajo garantizado con una renta básica, cambiar el sistema de salud hacia un sistema controlado públicamente y aumentar el acceso a la educación superior, en parte a través de un aumento de impuestos a los ricos.

Crisis de los oponentes y necesidades sociales. En este contexto, la candidatura liderada por Petro ha sabido ofrecer un horizonte de cambio más acorde con las aspiraciones de paz y las demandas que sociedad colombiana viene reclamando en las calles en los últimos tiempos. Por eso puede llegar a ser el primer presidente de izquierdas del país. Nunca ha habido por presidente un político de origen popular, sin el apoyo de los partidos tradicionales ligados al establecimiento y con una agenda económica crítica del modelo capitalista mantenido hace décadas.

No es un recién llegado: viene de ser guerrillero del M-19 pero, también, de ser concejal, congresista, senador y alcalde de Bogotá, la capital, donde se forjó en la gestión más cercana al ciudadano. Los conservadores avisan de que con él llegará el infierno, el chavismo, la expropiación de tierras y la liberación de criminales, pero Petro lo niega. Ha suavizado sus posiciones en los últimos años, bajo su paraguas hay hasta expolíticos de derechas, y lo que propugna es un cambio de modelo, más democratización, redistribución y justicia social.

Y es que una de las grandes virtudes del Pacto Histórico ha sido comprender los cambios que se han producido en la sociedad colombiana de los últimos años, dando respuestas a muchas de las nuevas demandas que surgieron a raíz del estallido. Según los últimos informes del Centro Latinoamericano de Estudios de Geopolítica (CELAG), la corrupción y la pobreza son los principales problemas del país para los colombianos, mientras que tan solo un 15% pone en primer lugar a la delincuencia y el narcotráfico.

Un contexto que favorece claramente a una izquierda excluida del poder por décadas y con un programa centrado en la redistribución y la reducción de las desigualdades sociales, frente a una derecha muy desprestigiada tras el mandato de Duque.

Ante el miedo a su triunfo, la derecha está movilizando incluso a las Fuerzas Armadas, augurando una democracia más vulnerable que ellos querrán proteger. Se acerca la cita con las urnas y Petro y Francia Márquez, su segunda y aspirante a la vicepresidencia, refuerzan su seguridad en los mítines, con escudos blindados y parapetos, ante las amenazas que reciben. Hasta un láser apuntando a la cabeza de la política, que puede ser tan revolucionaria o más que Petro, una activista ambientalista de 40 años con un enfoque de género, raza y con conciencia de clase y quien se convertiría en la primera vicepresidenta negra del país. Hay miedo, en estas últimas horas, de que “hay un golpe” que impide las elecciones. Tan grande es el cambio que puede llegar, que asusta a los grandes.

Colombia, un grande del continente, arrastra una inflación anual del 10 por ciento, una tasa de desempleo juvenil del 20% (la nacional es del 11%) y una tasa de pobreza del 40%. La pandemia de coronavirus, con más de seis millones de casos, ha roto las costuras del sistema sanitario. La violencia ha aumentado tanto entre guerrillas como entre clanes del narcotráfico en tiempos de Duque, ese hombre que quería romper los acuerdos con la guerrilla. “Yo vengo a unir y a desterrar el odio. Vengo a hacer la Colombia que Colombia merece”, defiende Petro, que por ser el archienemigo del uribismo -ha logrado encarcelar a unos cuantos mandatarios por corrupción-, por veteranía y por sensibilidad social es quien capitaliza la sed general de cambio.

Fico Gutiérrez promete “orden y seguridad”, avisando de que el fantasma del comunismo sobrevuela Colombia. Se ha cuidado mucho en campaña de distanciarse tanto del presidente saliente, Duque, con una imagen negativa para el 70% de los ciudadanos, como de Uribe, sumido en problemas judiciales por supuesto fraude y sobornos. Su talante parece más cercano y abierto, menos engolado, pero sus políticas económicas son de continuidad. Aquí lo que está en juego es el futuro del país, no podemos dar un salto al vacío como ya lo hicieron Cuba, Venezuela, Nicaragua, o recientemente Perú y Chile. Tenemos que evitar esos proyectos populistas”, defiende.

El ingeniero Hernández es imposible de situar. Exalcalde de Bucaramanga y llamado el Donald Trump colombiano -salvando todas las distancias-, sí que insiste en que ese descontento necesita respuestas, pero no desde el flanco de la izquierda. No quiere a los partidos tradicionales, pero su política no está clara, frustración aparte, pero se acerca al centro-derecha, derecha o uribismo desencantado. Cuenta con un apoyo valioso, el de Ingrid Betancourt, que fue secuestrada por las FARC y renunció a la carrera presidencial al ver que no llegaría ni al 1% de los votos.

Uno de los dos acompañará a Petro en la segunda vuelta, pero las previsiones son que, en un conmigo o contra mí, la izquierda es esta vez imbatible. Y eso es nuevo. Toca estar con los ojos puestos en las calles y en los mercados, porque lo de Petro promete ser un terremoto.