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27/03/2019 07:00 CET

Coeficiente intelectual: ultraderecha

Getty Images
Estatua de Platón. 

- ¿Qué es preferible, abuelo, ser de derechas o de izquierdas?

- Pues verás, antes que nada, no ser gilipollas. Luego ya…

(Antonio Mingote)

 

De todas las anécdotas sobre Antonio Mingote, el catalán más madrileño que ha existido nunca (con permiso de Luis Figo), hay una que le escuché a su viuda en cierta ocasión, María Isabel Vigiola, y que me encantaría recordar.

Contaba que al poco de caer la dictadura de Franco, Mingote dibujó una viñeta en la que se veía a un político con patrón de político de la época: rancio, calvo, con traje solemne, gafas y bigotillo. Muy a lo José Luis López Vázquez pero sin alma ni arte; uno de esos en blanco y negro, similar a algunos de los de nuevo cuño, de los que también vienen en blanco y negro pero se esconden tras un mal coloreado.

La viñeta consta de dos partes. En la primera aparece el susodicho estirado, con actitud desafiante, índice derecho, derecho y en alto y con una voz que grita el siguiente bocadillo: “Yo practico con entusiasmo la convivencia y solidaridad entre los españoles…”. En el siguiente dibujo aparece el mismo sujeto mucho más encogido, plácido y con la boca cerrada. “Piensa” el bocadillo: “… ya que los únicos españoles verdaderos somos mis amigos y yo”.

Decía María Isabel que, a raíz de la publicación de esa viñeta, Mingote empezó a recibir multitud de cartas de la extrema derecha dándole las gracias por haberlo publicado. Esto le dejó contrariado y estupefacto pero le hizo gracia, ya que el chiste combatía las posturas irracionales que defiende la extrema derecha; era, precisamente, contra ella; contra ellos. Pero eran tan brutos que no lo entendieron.

Esto denota no ya que la extrema derecha no tenga sentido del humor, que lo tendrá; a saber. Tampoco denota que sus adeptos sean menos inteligentes que aquellos que sustentan otra ideología, que los habrá más inteligentes; a saber. Esto denota una tan escasa capacidad de autocrítica que, es posible, no sean capaces de ver más allá. Son los encadenados que viven entre las sombras de la caverna de Platón, mirando a la pared y dando por válido y verdadero lo único que conocen. Sin embargo, a diferencia de los encadenados de la alegoría, los encadenados actuales sí que tienen la capacidad de mirar hacia atrás para entender cuál es el origen de sus cadenas. El único yugo que aprieta, rodea su cuello y les atenaza, es su miedo. Pero para qué girarse. Dan por bueno el mundo sensible que se le muestra a sus sentidos y rechazan el mundo inteligible, el verdadero, el de las ideas, ese que puede hacer trizas y derribar sus cimientos con facilidad. Es por ello por lo que cualquier cosa que venga de la inteligibilidad, del mundo real, es recibido con burlas y menosprecio y es tomado como una ofensa, llegando a reaccionar incluso con violencia a la más mínima insinuación de que pueda haber algo más.

Estaría bien que entendieran y tuvieran presente que, hagan lo que hagan, al final, el fuego de su hoguera nos puede quemar a todos.

Descartes tampoco hubiera vetado su fanatismo hacia los sentidos porque, si bien pueden ayudar al pensamiento a encontrar la verdad, son falibles. Y hay una gran diferencia entre el «pienso, luego existo» y el «existo, luego para qué voy a pensar».

Es irónico pero esta alegoría se encuentra dentro de “La República”, la gran obra de Platón. Pero esto no se lo digáis a ellos.

Por eso creo que el significado de conservadurismo en la política tiene también una raíz etimológica. Conservar proviene del término conservatio, del latín. Sus componentes léxicos son el prefijo con (completamente, globalmente) y servare (tener, guardar). Según la RAE, el significado de conservar refiere a mantener y cuidar una cosa para que no pierda sus características y propiedades con el paso del tiempo y dentro de sus sinónimos, atiende a tres sentidos: mantener, como preservar; cuidar, como proteger o guardar; y continuar, como seguir o perdurar. En ningún caso se atisba la más mínima referencia al cambio sino todo lo contrario.

Volviendo a Mingote, al sentido del humor, llegó a Madrid en1944. En 1946 comenzó a dibujar para La Codorniz  (epígrafe, “la revista más audaz, para el lector más inteligente”), revista satírica fundada por Miguel Mihura, uno de los representantes de “la otra Generación del 27”, generación no tan reconocida o elevada a los altares como la del 27 de verdad, la de los Guillén, Alberti, Aleixandre, Cernuda o Lorca. Quizás porque aún hoy en día a la comedia se la sigue viendo como un género menor a pesar de compartir estatus de género mayor junto a los dramas y a las tragedias dentro de las obras dramáticas. Este desprestigio y baja estima por parte de público y crítica tiene su origen en la Antigua Grecia donde ya, la comedia, venía determinada por la condición social de los personajes, bajos, humildes y normales frente a los dioses y héroes. Incluso para Aristóteles es más importante la tragedia, ya que imita seres “mejores que los hombres reales” y es, por tanto, más digna. Decía, “la comedia es mímesis de hombres inferiores, pero no en todo el vicio, sino en lo risible, que es parte de lo feo; pues lo risible es un defecto y una fealdad sin dolor ni daño; así, sin ir más lejos, la máscara cómica es algo feo y retorcido sin dolor”.

Muchos de los autores de “la otra Generación del 27”, Mihura, Neville, López Rubio o el inigualable Jardiel Poncela más otros que posteriormente colaboraron con sus dibujos y escritos en La Codorniz como Gómez de la Serna, Tono, Gila, Chumy Chúmez, Rafael Azcona o José Luis Coll por citar a unos muy pocos teniendo en cuenta la gran cantidad de colaboradores que tuvo la revista, tuvieron que apañárselas y tirar de su innato ingenio para burlar una censura que no se andaba con tonterías a pesar de su tonta naturaleza como todo veto cultural que se preste. Su humor vanguardista, surrealista y desconcertante para muchos, irritó y entusiasmó a partes iguales. La revista sobrevivió 37 años hasta 1978 en una España sometida, oscura y triste a pesar de presentar situaciones cotidianas que parodiaban a las instituciones del Estado y de mostrar personajes de todas las calañas, reflejo de un país gobernado por el drama, en clave de sátira. Dejaba constantemente en evidencia a unos y a otros. Molestaba a otros y a unos. Y, aún así, siguió adelante.

La clave, la inteligencia. Abriendo el abanico y dejando de lado La Codorniz, la inteligencia fue clave para la pervivencia de tanto y tanto talento opuesto al Régimen, a la extrema derecha, sin tener que abandonar el país en muchos casos.

Deberían comprender, y aquí radica lo complicado, que viven en la caverna de la que hablaba Platón. Seguirán conviviendo con sombras, prejuicios e imágenes distorsionadas; seguirán presos y legos.

Fuera de la cueva, a la luz del sol, ahí está el bien, causa de todo, de lo verdadero y de lo virtuoso. Lo de dentro, lo cerrado, lo que huele mal, los ignorantes, ellos no quieren abandonar su estado, no quieren mirar porque duele a los ojos. No quieren educarse.

Viene bien recordar todo esto y hacer apología de la inteligencia porque el 28 de abril tenemos elecciones en España y Vox, la extrema derecha, sigue al alza. Y no digo yo que quién los vote sea más o menos tonto que los demás, pero sí que deberían comprender, y aquí radica lo complicado, que viven en la caverna de la que hablaba Platón. Seguirán conviviendo con sombras, prejuicios e imágenes distorsionadas; seguirán presos y legos. Son, en el sentido más semántico y literal de la palabra, cavernícolas. No hablo en sentido peyorativo, que no es cuestión de ofender a aquellos habitantes de Altamira que, siendo también cavernícolas, fueron capaces de realizar las primeras obras de arte de la humanidad.

Estaría bien que entendieran y tuvieran presente que, hagan lo que hagan, al final, el fuego de su hoguera nos puede quemar a todos.

Y a ellos también.

 

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