INTERNACIONAL
14/02/2021 09:23 CET

Cómo dos países aprovechan la pandemia para aumentar su influencia en el mundo

Occidente se apura en encontrar dosis suficientes para su gente mientras Moscú y Pekín libran la guerra de la influencia con envíos y créditos a países en desarrollo.

POOL New / Reuters
Vladimir Putin y Xi Jinping brindan en un foro económico en Vladivostok, Rusia, en septiembre de 2018. 

El mundo entero busca salud en mitad de la pandemia de coronavirus. Para que no se muera la gente, básicamente. Para que la economía remonte. Para que vuelvan los abrazos. Para todo eso, las vacunas son indispensables. Y por ello, como ocurre con cualquier otro recurso valioso, los viales se han convertido en un nuevo elemento de pelea, de poder, de posicionamiento. La Covid-19 también es una pieza en el tablero de la geopolítica. 

En Europa tenemos los ojos puestos en Pfizer, en AstraZeneca y en Moderna, que son las que por ahora han superado las pruebas del sistema farmacéutico comunitario, igual que en EEUU se centran en su Moderna. Pero quienes están mientras avanzando a pasos agigantados en el resto del mundo son Rusia y China. Ambas han apostado por varias vacunas a un tiempo y las han impulsado desde institutos públicos de investigación, no empresas privadas.

En este momento hay más de 200 fórmulas en desarrollo (incluyendo una española, del CSIC), de las que 60 ya están en fase de estudios clínicos, pero son pocas las que han pasado las fases necesarias como para ser inyectadas. Occidente se mira a sí mismo, pero Moscú y Pekín van más allá y ven esas otras bocas que alimentar, las de un mundo que tiene menos dinero para pagar las dosis o que, teniéndolo, no puede acceder a ellas porque los grandes las están acaparando

Una vez comenzada la vacunación de sus propios ciudadanos, ahora llega el momento de exportar. Inicialmente, los dos países han arrastrado el temor a que sus fórmulas no fueran seguras, una fama de la que acusan a sus competidores. Sin embargo, ya está llegando el aval de los especialistas, como el publicado en la revista médica The Lancet el pasado 2 de febrero, que otorga una eficacia del 91% a la rusa Sputnik V.

La lista de países con los que hay ya acuerdos de venta, hasta con crédito mediante, crece por días. El Instituto Gamaleya, que produce la Sputnik V, se sentó a negociar raudo con Bielorrusia, Irán, Venezuela, Argelia, Serbia o Hungría (sí, el único país de la UE que ha dado el paso sin miramientos). Aliados o socios, con buenas relaciones con Vladimir Putin, el presidente. Países donde las relaciones bilaterales están bien engrasadas. El Kremlin no se tapa: hasta ha elegido para su vacuna estrella un nombre que evoca la carrera espacial durante la Guerra Fría con Estados Unidos, cuando se adelantaron a Washington lanzando el primer satélite. 

Luego ha venido el salto a estados de otra órbita, como los llamados no alineados, con peso territorial, mucha población y recursos económicos medios. Entre los que conversan ya con Moscú están Brasil, México, Argentina, Chile, Perú, Egipto o Túnez. Según la web oficial que informa sobre la vacuna rusa, más de dos millones de personas en todo el mundo han recibido alguna dosis.

El chino Xi Jinping no se queda atrás: según el periódico oficial Global Times, más de una veintena de países “han desafiado la difamación de los medios occidentales” para adquirir vacunas chinas. O lo que es lo mismo: han acudido a su gente, por conveniencia o porque no hay otro granero. Por más que el régimen ha afirmado que no hará mercadeo con las dosis, que no pretende convertirlas en una herramienta de presión diplomática, varios altos funcionarios han vinculado los fármacos a una mejora en la cooperación, informa EFE.

En junio pasado, cuando todavía no estaba lista ninguna vacuna, China se adelantó a la situación y ofreció un crédito a países de América Latina para acceder a las fórmulas por valor de 1.000 millones de dólares y ha anunciado otro paquete de ayudas finalistas por 2.000 millones más para África.

Una jugada con muchas ventajas

“En ese continente, los intereses de China son enormes. Llevan años levantando infraestructuras de todo tipo, sanitarias entre ellas, y su influencia es enorme. Es un buen ejemplo de influencia reafirmada por la vacuna: dónde quieres estar, dónde quieres influir, a quién vendes antes y con qué condiciones para que sea competitivo o desarrollado y se adelante a quienes no quieres que avancen tanto”, resume Mieke Cammers, investigadora belga. 

No sólo es que estos países ofrezcan, cuando otros retienen, o que den dinero a quien no lo tiene, sino que además “ofrecen ventajas muy importantes en países de desarrollo medio o bajo”, como por ejemplo el hecho de que están desarrollando vacunas que no necesitan tanto frío para conservarse y, por eso, se trasladan mejor. Nada que ver con el ultracongelado de las europeas o norteamericanas, por ejemplo. 

“La desconfianza inicial sobre estas vacunas se está deshaciendo. Puede la urgencia en tenerlas. Sería demasiado impopular ante su gente que gobernantes de estos estados digan no a una fórmula porque luego deberán deberle algo a Putin o Xi. A ver cómo se explica eso cuando la gente no puede respirar”, añade Cammers. 

Suma otro dato: aunque estas potencias están llevando las riendas en un “afán” de demostrar que vuelven por sus fueros, que su investigación es potente y pionera tras años en horas bajas, también están planteándose un “desembarco” en estos países que fomente las industrias y el empleo locales.  Kazajistán, India, Corea del Sur y Brasil producen ya localmente la Sputnik V, por ejemplo, mientras que China se ha comprometido a compartir su vacuna a un precio justo, usando “contrapartes” de cada receptor.

Y recuerda que no es una pelea individual, en solitario, de Moscú por un lado y Pekín por otro, sino que están trabajando juntos, “lo que los hace difícilmente superables”. Por ejemplo, la agencia Bloomberg ha avanzado que el Fondo de Inversión Directa de Rusia, socio del programa de Sputnik V, está ya en conversaciones con la firma china CanSino Biologics para probar un régimen combinado de vacunas que respondería a las nuevas variantes de coronavirus detectadas en las últimas semanas.

Qué hace Europa

Hasta el viejo continente se está viendo tentado por este poderío ruso-chino. La falta de dosis de las tres firmas autorizadas por la Agencia Europea del Medicamento ha llevado a algunos países a mostrar interés en la producción de estas naciones, cuando no a comprar ya directamente. 

Hungría, gobernada por el ultranacionalista y eurocrítico Viktor Orbán, ha sido el primero en aprobar de forma extraordinaria y nacional el empleo de vacunas chinas y rusas. Y Austria ha dicho ya que “se trata de obtener una vacuna segura lo más rápido posible, poco importa quién la fabrica” y “lo único que importa en su eficacia, su seguridad y su rápida disponibilidad, no las luchas geopolíticas”, por lo que si la Agencia da el visto bueno, irá a por ellas. 

Han sido los posicionamientos más claros, pero es que el eje franco-alemán también. Tanto Angela Merkel como Emmanuel Macron se han mostrado dispuestos a gastarse el dinero en estas dosis si van bien. Para el coronavirus no parece que las guerras comerciales de fondo sean un inconveniente y tampoco las políticas, de ahí que estos días en Bruselas se comente que el pulso lanzado por el ministro de Exteriores ruso, Sergei Lavrov, contra el jefe de la diplomacia comunitaria, Josep Borrell, y países como España, no es más que un juego, a sabiendas de que los europeos tendrán que arrodillarse para pedir vacunas. 

“Europa no está en condiciones de hacerles sombra. Necesita vacunas y su imagen ha quedado dañada por los retrasos y por las farmacéuticas que han actuado lejos del contrato firmado. Busca sobrevivir y cubrir a toda su población, que ya es mucho”, indica la analista. 

Y con el ex... 

La influencia política de las vacunas también ha quedado evidenciada por la pugna UE-Reino Unido a raíz de la producción de AstraZeneca, una firma anglosueca. El Brexit, el divorcio, es efectivo desde enero y es triste que la primera gran pelea haya sido por una cuestión de salud, pero al final, es poder, de nuevo. 

La UE anunció el establecimiento de controles sobre la exportación de vacunas fabricadas en su territorio, incluidas las destinadas a Irlanda del Norte. La medida fue criticada tanto por la Organización Mundial de la Salud (OMS) como por el gobierno británico. La OMS habló de tendencia “preocupante” y avisó que no es bueno aplicar un “nacionalismo de las vacunas”. 

Al final, un acuerdo con la farmacéutica y un nuevo compromiso de entregas relajó la tensión, pero ya estaba claro: hasta una fórmula nacida de la ciencia, fruto del talento y el esfuerzo y que busca salvar a la humanidad se convierte en tosca arma arrojadiza. 

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