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21/08/2018 13:25 CEST | Actualizado 26/08/2018 10:26 CEST

Cómo es vivir en una casa de 30 metros cuadrados

Susan Parrish
El exterior de la casa de la autora.

Yo no elegí una vida en una casa diminuta, fue la vida en una casa diminuta la que me eligió a mí. Hace siete años, en el que fue el año más brutal de mi vida, recibí un duro varapalo por una avalancha de circunstancias: me divorcié a los 50, perdí mi trabajo, perdí mi casa y me mudé a un piso que tenía la cuarta parte del tamaño de mi casa anterior. Con la ayuda de familiares y amigos, vacié mi casa y doné la mitad de mis pertenencias.

Conforme me instalaba en mi nueva y diminuta vida sin casa de la que ocuparme, tuve tiempo de probar nuevas experiencias. Me apunté a un equipo femenino de remo en barco dragón, el Mighty Women. Llevé mi cuerpo al límite y me alenté a mí misma a desafiarme más. Empecé a aprender la danza del vientre, a cantar en karaoke, me inicié en el roller derby e incluso me animé a probar las webs de citas. Al final, conocí a un hombre de la montaña que vivía en la zona rural del este de Oregón a unos 500 kilómetros de mi ciudad de residencia. Compartíamos un sentido aventurero y cuando nos juntábamos nos lo pasábamos bien, ya fuera bailando swing o haciendo excursiones de mochileros por las montañas de Elkhorn para acampar entre cabras montesas.

Mi nuevo puesto como periodista en un periódico era un empleo satisfactorio, pero cobraba tan poco en relación con mi anterior trabajo que me resultó financieramente devastador. En mi búsqueda de un hogar seguro y asequible en la ciudad, me mudé cinco veces en dos años. Con cada mudanza, desechaba más trastos.

A esas alturas, Hombre de la montaña y yo llevábamos varios años en una relación a distancia. Me pidió que continuara mi aventura de vivir en espacios reducidos mudándome a una autocaravana en un rancho remoto para estar con él. Yo quería perseguir mi sueño de escritora independiente y eso lo puedo hacer desde cualquier parte. Además, ya había reducido mi vivienda de 223 metros cuadrados a 55. ¿Cómo de complicado sería que dos personas vivieran en 30 metros cuadrados a 43 kilómetros de la ciudad?

Todo es diminuto: el frigorífico, el horno, los armarios de la cocina, la encimera, la ducha, el váter, los armarios.

El resumen de vivir en una casa diminuta es que todo es diminuto: el frigorífico, el horno, los armarios de la cocina, la encimera, la ducha, el váter, los armarios y la superficie de suelo. Ese es mi mayor desafío.

Poco después de mudarnos a nuestra diminuta casa, estaba decidida a continuar mi régimen de ejercicios pese al espacio reducido. Cogí mi hula hoop lastrado y planté los pies de forma equidistante a los obstáculos de la estancia: el sofá, el sillón reclinable, la mesa del comedor y la isla de cocina. Comencé a girar las caderas y el hula hoop comenzó a girar conmigo, pero en cuanto moví unos centímetros el pie derecho, el hula hoop chocó contra la isla, se cayó al suelo y dio por concluido mi ejercicio de forma anticipada. Hacer ejercicio fuera de casa no era una opción, ya que era invierno, hacía -10 grados y nevaba. Mucha gente sueña con la simplicidad de vivir en una casa diminuta, pero hasta que no vives en ella, no te das cuenta de cuánto influye en tu vida diaria.

Susan Parrish
La cocina de la casa.

Hemos tenido que ajustar cada centímetro de la cocina. Los platos normales no caben, así que utilizamos platos más pequeños para ensaladas. Tenemos seis tazas de café y vasos, unas pocas ollas y sartenes, siete tenedores, cuchillos y cucharas. Hemos hecho espacio para la palomitera, pero hemos recogido la licuadora. Vivir en una casa diminuta implica tomar decisiones.

Nuestro diminuto frigorífico vale para ir de acampada, pero no es el ideal para el día a día. Compramos botes diminutos de especias y cartones de leche de la mitad del tamaño habitual. Hoy hace casi 40 grados, pero no tenemos espacio para mantener fría una jarra de té. En vez de eso, tengo que hacer té frío para un solo consumo en tarrinas que quepan en el frigorífico. Viviendo en una casa diminuta aprendes a improvisar.

Me gusta hacer pastelería, pero el horno es demasiado pequeño para la mayoría de bandejas de galletas. Hace falta tener la flexibilidad de un maestro de yoga para encender la luz del piloto mientras estoy arrodillada entre el hornillo y la isla con la cabeza metida en el horno.

El techo es bajo, así que no puedo sentarme en la cama. Eso, desde luego, ha hecho que nos volvamos más creativos al hacer el amor.

También me gustaba darme un baño relajante de forma ocasional en una bañera repleta de burbujas, pero ahora no tenemos bañera y la ducha práctica que tenemos no es una experiencia paradisíaca. El váter está incrustado en un armario que mide 76cm x 91cm. Cuando tuve la gripe, me di cuenta de que no había espacio para arrodillarme delante del váter, así que salía de casa corriendo y vomitaba sobre un montón de nieve.

Incluso tuve que cambiar mis viejas costumbres de sentarme en la cama por las mañanas para escribir o por las noches para leer. Dado que la plataforma de la cama está elevada y el techo es bajo, no puedo sentarme en la cama. Eso, desde luego, ha hecho que nos volvamos más creativos a la hora de hacer el amor.

Susan Parrish
El espacio de la casa de la autora.

¿De qué otros modos ha afectado vivir en una casa diminuta a mi estilo de vida? Mi armario mide menos de 120 centímetros de ancho y solo tengo espacio para colgar una bolsa de zapatos. No estoy obsesionada con la ropa, pero la falta de espacio en el armario ha sido dura.

Vivir en una casa diminuta y el entretenimiento no ligan muy bien. Una vez que hicimos una cena para siete personas, estábamos codo con codo y teníamos justo siete cubiertos, pero solo seis vasos, así que una pareja tuvo que compartir uno.

Vivir así es un continuo desafío, sobre todo si una persona (yo) es más desordenada que la otra. Incluso unos cuantos platos sin fregar o una pila de cartas pueden suponer un obstáculo. Es fundamental minimizar el desorden colocando la casa constantemente.

He ajustado mis expectativas y he aprendido a vivir con menos.

Vivir en una casa diminuta también tiene sus ventajas. Limpiar la casa solo lleva minutos, por lo que tenemos más tiempo para nuestras aventuras. Sin embargo, al no tener un armario para las escobas, guardamos la aspiradora en un depósito que tenemos fuera. En verano es un inconveniente, pero en invierno es un desafío cuando la nieve y el hielo atascan la puerta del depósito.

Aunque al principio yo no escogí vivir en una casa diminuta, lo he acabado aceptando de buen grado. He ajustado mis expectativas y he aprendido a vivir con menos. En ocasiones, he aguantado sin lavavajillas, sin congelador, sin armarios y, durante tres meses, incluso viví sin la comodidad que suponen la calefacción, el agua corriente y un váter. Vivir en una casa diminuta me ha enseñado que no necesito tantas cosas como creía antes.

Susan Parrish
La autora con su pareja.

Mi pareja y yo también pasamos tiempo de calidad juntos con menos distracciones. Creo que vivir en una casa diminuta nos ha unido más. Pasamos las noches escuchando audiolibros, viendo películas o tocando música juntos: él toca la guitarra y yo, el tambor djembe. Cuando estoy ocupada trabajando a contrarreloj por una fecha límite, nuestra diminuta casa tiende a desordenarse antes. Mi pareja ayuda recogiendo o haciendo la cena mientras termino de escribir algo.

Sin embargo, todo el mundo necesita a veces un poco de espacio personal, lo cual es un poco complicado en una estancia de 30 metros cuadrados. Mi pareja juega a la videoconsola en su tiempo libre. A veces, si está viendo una película que no me interesa ver, me tumbo en la cama y leo. Cuando necesito mi espacio, salgo a pasear por las decenas de hectáreas que tenemos frente a la entrada.

Todo el mundo necesita a veces su espacio personal, lo cual es un poco complicado en una estancia de 30 metros cuadrados.

Vivir en un espacio tan reducido con otra persona es un desafío, pero si ambos valoráis las necesidades de la otra persona y habláis cuando algo os mosquea, este estilo de vida puede funcionar muy bien.

Me mudé a esta casa diminuta para estar con él. Vivimos en un rancho a kilómetros de la ciudad, pero cerca de su trabajo, y no hay piso o casa para nosotros ahí. Soy escritora independiente y puedo trabajar desde cualquier parte. Esta clase de estilo de vida, en una casa diminuta y en un lugar remoto, no convencería a muchas personas. El pasado invierno hizo tanto frío que la ropa se nos congeló y se pegó a las paredes del armario. Me he encontrado una serpiente durmiendo en mi almohada y he sufrido invasiones de ratones de campo, ranas y cualquier insecto que puedas imaginar. Los coyotes nos deleitan con sus serenatas nocturnas y hemos visto el rastro de osos y de pumas cerca de casa, pero vivir así durante los últimos dos años me ha enseñado que soy más valiente de lo que jamás me había considerado.

Vivir en una casa diminuta ha cambiado la percepción de mis necesidades. No es para nada como me imaginaba que sería, pero después de deshacerme de tantos bienes materiales valoro las experiencias por encima de las cosas. Mi viaje me ha enseñado que puedo vivir en un lugar diminuto y, al mismo tiempo, vivir a lo grande, dando gracias por los placeres más simples y esperando mi siguiente aventura.

Este post fue publicado originalmente en el 'HuffPost' Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.

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