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14/03/2021 09:44 CET

El año en el que echamos peligrosamente de menos la rutina

Un año de pandemia ha cambiado la forma de relacionarse, pero no el fondo: la gente necesita cariño y añora una relación convencional.

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Una pareja se besa en Barcelona en noviembre de 2020.

Si algo hemos aprendido después de un año de pandemia es que la rutina, las conversaciones banales con la pareja al llegar a casa, la pregunta de ‘qué tal hoy’, el trabajar de lunes a viernes y el desfogue de los fines de semana y de las vacaciones eran algo bueno. Hace ahora justo un año, el avance del coronavirus en España llevó al Gobierno a decretar un confinamiento que hizo saltar por los aires las rutinas de los españoles, como tarde o temprano sucedería con las de medio mundo.

Hay quien dice que la pandemia ha marcado un antes y un después, que ha dado paso a una nueva era. Los que observan este fenómeno con más perspectiva, acostumbrados a estudiar al ser humano en un contexto amplio, no están de acuerdo. Citan el Panta rei de Heráclito, concepto griego según el cual todo fluye y todo está en continuo cambi; recuerdan otras guerras, pandemias y tragedias que no han extirpado lo que hace humano al ser humano; e indican que esta situación ha hecho a la gente valorar más lo convencional, la pareja, el hogar. La forma de relacionarse ha cambiado, pero quizás no tanto como pudiera parecer.

“Nos hemos dado cuenta de que solos estamos muy mal”

“Echar un polvo y tener una aventura es maravilloso, pero en momentos de miedo e incertidumbre la gente se retrotrae y añora la convivencia, el estar con alguien”, señala el antropólogo Alberto del Campo, profesor en la Universidad Pablo de Olavide y autor de La vida cotidiana en tiempos de la covid (Catarata). 

Echar un polvo y tener una aventura es maravilloso, pero en momentos de miedo e incertidumbre la gente añora la convivencia, el estar con alguien

Del Campo explica que con la pandemia se han revalorizado “instituciones que estaban demodés, como la familia convencional o la pareja heterosexual, que parecían un modelo casi anacrónico”. “En una situación en la que se siente vulnerable, la gente necesita cariño, necesita hablar con la otra persona, y no algo tan frenético”, razona el antropólogo. “Nos hemos dado cuenta de que solos estamos muy mal”, resume.

“En muchos casos, los que peor lo han pasado han sido los solteros”, prosigue el experto. “Cinco de cada seis nos dicen que el año ha sido nefasto en cuanto a sexualidad. Esas mismas personas que antes preferían tener experiencias fugaces, ahora nos dicen que echan de menos una relación convencional”. 

“Las personas necesitamos las rutinas para estar bien”

Francisca Molero, presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología (FESS), ha constatado algo muy similar en su consulta. “Siempre hemos despreciado la palabra ‘rutina’ frente a la espontaneidad, y hemos visto como algo negativo planificar las relaciones. Ahora, trabajando con los pacientes en pandemia nos damos cuenta de que las personas necesitamos las rutinas para estar bien”, comenta. “Cuando hay una novedad, resulta muy interesante, y se puede disfrutar mucho. Pero llega un momento en el que necesitas tu cotidianidad. Este año nos ha afectado el hecho de dejar de tener rutinas que nos daban tranquilidad y bienestar”, explica.

Y aunque no todo el mundo ha sufrido el mismo impacto por sus circunstancias vitales, hay una sensación extendida entre la gran mayoría de la gente: la falta de alegría. “Es lo que más se percibe en este año”, afirma Molero. “Las personas están, si no deprimidas, sí en un tono bajo”, asegura la sexóloga, que describe un rango de sensaciones con respecto a la pandemia que van “desde la ira y la cólera hasta la apatía”. No en vano uno de cada tres españoles ha llorado en el último año por la pandemia, según los datos del CIS.

La falta de alegría es lo que más se percibe en este año

“Nos hemos vuelto más tristes, porque nos falta la dimensión humana y animal del contacto físico”, concuerda Francesc Núñez, especialista en Sociología de las emociones y profesor de los Estudios de Artes y Humanidades de la UOC. “Somos seres sociales, necesitamos el contacto. En este año nos hemos dado cuenta de que las relaciones mediadas por la pantalla no suplen el afecto y el cariño de las relaciones que teníamos, y esto ha tenido consecuencias en la caída del estado de ánimo, en la ansiedad, el malestar y la depresión”, añade. 

El sociólogo considera, además, que nos hemos vuelto “menos empáticos”. “En este contexto de comunicación virtual, las emociones difícilmente están presentes, y eso complica mucho la empatía, la gestión emocional y el compromiso”, dice. 

Jóvenes y adolescentes, marcados por el “sello” de la pandemia

El lema ‘de esta saldremos más fuertes’ queda, de momento, en entredicho. A los más de 70.000 muertos por la pandemia en España y a los cuatro millones de parados hay que sumar los millares de personas que de esta saldrán, como poco, tocados, y eso también afectará a sus relaciones.

Cuando todo acabe habrá “un grupo de la población al que le costará mucho intimar y relacionarse con otros”, vaticina Francisca Molero; por otro lado, habrá personas que salgan a por todas”, y eso tampoco tiene por qué ser necesariamente bueno. “Pueden surgir problemas de gestión de emociones, de correr riesgos… Me preocupa que durante este año y pico nos hayamos olvidado de lo que es el preservativo. Cuando salga esa parte de la población que estará eufórica, habrá que tener cuidado con las infecciones de transmisión sexual”, advierte. 

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Una pareja en Málaga, durante el eclipse lunar del 5 de junio de 2020.

En este punto, la sexóloga menciona un grupo poblacional especialmente afectado por las privaciones de la epidemia: los jóvenes y adolescentes. “La pandemia va a tener un impacto tremendo en su desarrollo y en sus relaciones cara a cara, en sus habilidades sociales para enfrentarse a la vida y en su frustración, van a tener una especie de sello”, dice. “Básicamente, lo único que saben los más jóvenes es lo que han visto en la red. ¿Y qué han visto? Pornografía. Está por ver la manera y la magnitud de este impacto”, señala Molero.

De los 48 a los 50 años, la vida es mucho más monótona. Pero para las personas que están descubriendo, un parón de más de un año es muy impactante

“Los adolescentes tienen una manera de relacionarse, de descubrir su propio cuerpo y el de los demás, el espacio y la sensibilidad”, explica Alberto del Campo. “De los 48 a los 50 años, la vida es mucho más monótona. Pero para las personas que están descubriendo, cosa que ocurre entre los 14 y los 17 años, un parón de más de un año en su vida es muy impactante. Esos adolescentes, que ya llevan un año privados de contacto, están desquiciados”, apunta.

Más consultas al sexólogo y el descubrimiento del “slow sex” 

Probablemente, los padres de esos adolescentes también lo estén. Francisca Molero ha notado en el último año una subida considerable de las consultas de sexología. “Entre las parejas estables ha habido un aumento de planteamientos de separación. La pandemia ha sido un elemento muy estresor, en el sentido de que pasaron de casi no verse a estar 24 horas al día juntos, gestionando la casa y probablemente con hijos. Eso ha significado un reajuste en la distribución de tareas, pero también enfrentarse a la pareja, tenerla presente y darse cuenta de cómo funciona la relación”, explica.

“Una de las razones básicas por las parejas se plantean seriamente separarse es la de no sentirse cuidados, a todos los niveles”, señala la sexóloga. Del otro lado, están las parejas “en las que ha habido un cuidado mutuo y un principio de reciprocidad entendido, y han reforzado su vínculo”. Al darle “un plus a la relación”, acuden al sexólogo porque “quieren mejorarla o arreglar lo que consideran que falla, por ejemplo problemas de eyaculación precoz, disfunción eréctil o anorgasmia”, enumera Molero.  

El hogar se ha convertido en el sustituto del cine, del restaurante, e incluso de la escapada romántica. El sexo ya no es un 'aquí te pillo, aquí te mato'

“Mucha gente ha descubierto el slow sex”, cita también Alberto del Campo entre las bondades que ha traído consigo la pandemia. “La gente ha comprado más juguetes sexuales, ha dedicado más tiempo a los prolegómenos y se ha dado, en general, más caprichos”, afirma. “Se ha dotado de mayor calidad al ámbito doméstico, que era el único refugio. El hogar se ha convertido en el sustituto del cine, del restaurante, e incluso de la escapada romántica”, constata Del Campo. “Antes el sexo era más un ‘aquí te pillo, aquí te mato’”, ilustra. Durante el confinamiento, la falta de tiempo dejó de ser una excusa.

¿Los cambios se van o se quedan? 

Pero entonces surge la pregunta de millón: ¿todos estos cambios, para bien o para mal, han venido para quedarse? Los expertos no tienen una respuesta definitiva a esta cuestión.

Está, por ejemplo, el caso del saludo con el codo, en el que nadie confiaba al principio y que finalmente ha acabado instaurándose. Alberto del Campo explica que los saludos tienen un componente muy cultural y convencional, pero también algo biológico. No es casual que antes se saludara con los labios o con las manos, porque ahí tenemos más terminaciones nerviosas y sensibilidad, no como en el codo. La gente se ha acostumbrado a saludar de una forma nueva porque el ser humano es “tremendamente flexible y maleable”, argumenta el antropólogo. Pero, de la misma manera, apunta Francesc Núñez, somos “resilientes”, tenemos la capacidad de volver al estado inicial una vez cesa la perturbación a la que hemos estado sometidos.

En cuanto una situación vuelve a cambiar, todos los buenos propósitos se nos olvidan enseguida

“Los humanos tenemos la capacidad de responder de manera rápida, imaginativa y original a los eventos más excepcionales, pero también es verdad que somos muy olvidadizos”, recalca Núñez. “En cuanto una situación vuelve a cambiar, todos los buenos propósitos se nos olvidan enseguida, y es difícil que permanezcan las cosas buenas que queríamos que se quedaran”, sostiene el sociólogo. “Las inercias sociales serán muy fuertes cuando volvamos a la antigua normalidad”, augura.   

De la euforia al miedo (y a los nacionalismos)

Alberto de Campo reconoce que “es muy difícil saber hacia dónde vamos a ir”. A medio o largo plazo pueden ocurrir dos cosas: que la euforia por la vuelta a la normalidad nos haga viajar, salir, etcétera; o que, por el contrario, cundan los discursos de la seguridad y del miedo por parte de quienes tienen interés, por ejemplo, en construir muros más grandes para que no vengan extranjeros”, advierte.

“De repente, quizás empezamos a pensar que el nacionalismo es lo mejor, que la globalización es un caos, que el extranjero puede estar contaminado, que aquí hay que venir con un pasaporte verde por delante y con papeles. Porque siempre interesa tener un chivo expiatorio, ya sean los chinos, los murciélagos, el Gobierno bolivariano, las multinacionales o el Pentágono”, alerta el antropólogo.

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Una pareja pasea por delante de una tienda cerrada en Madrid.

En el plano más individual, y como señalaba la sexóloga Francisca Molero, también pueden darse dos reacciones opuestas si las restricciones por la pandemia se alargan en el tiempo: que la gente tenga miedo al contacto y no vuelva a abrazar a un desconocido o que aumente cada vez más el deseo de subvertir esas limitaciones. 

“El ser humano es bastante irracional”, sostiene Alberto del Campo. “Cuando uno tiene la necesidad de explotar, algo que es muy humano, la razón pasa a segundo plano”, dice, y menciona la época de la Edad Media. “Cuantas más limitaciones había, cuando la Iglesia inventaba el Purgatorio y tenía un Pastoral del miedo, con más fuerza surgían los carnavales dionisíacos para romper esos límites”, recuerda. 

“Aunque cambien muchas cosas, lo esencial no cambiará”

En cualquier caso, el antropólogo está convencido de que la vuelta a la normalidad será muy diferente dependiendo de dónde viva y proceda uno. “En la cultura mediterránea son muy, muy importantes el contacto y las fiestas para poder sobrevivir a la rutina ordinaria. Al quitarnos eso, el modelo se ha quedado cojo, de una manera muy distinta a lo que sucede en Helsinki, donde están acostumbrados a pasar mucho tiempo en casa o en pequeños reductos familiares”, compara Del Campo.

La mayoría de las cosas que nos gustan y que dan sentido a la vida van a permanecer

Esas costumbres culturales, esa tendencia casi innata, permanecerán pese a la pandemia. “La gente piensa que la pandemia da paso a una nueva era completamente distinta… y no”, niega Alberto Del Campo. “En la historia ha habido virus, ha habido guerras mundiales, se ha gaseado a seis millones de personas. Pero, diez años después, la sociedad no era irreconocible, no era absolutamente distinta a la que vivió la guerra. Ahora, aunque cambien muchas cosas, lo esencial no cambiará”, zanja. 

“Ovidio escribió El arte de amar hace dos mil años, y vemos que no han cambiado tanto las cosas”, recuerda Del Campo. “Hay elementos volubles, pero lo sustancial la necesidad de entrar en contacto con otra persona, la reciprocidad, las normas básicas no cambia tan rápidamente. Seguiremos abrazándonos y besándonos, y los españoles seguiremos teniendo mucha más necesidad de hacerlo que alguien de Helsinki, porque llevamos muchos siglos así, y una pandemia no borra una cultura de tantos siglos. Puede modularla y cambiar algunas cosas, pero la cultura es más persistente de lo que parece. La mayoría de las cosas que nos gustan y que dan sentido a la vida van a permanecer”, dice.  

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