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17/03/2019 11:45 CET | Actualizado 17/03/2019 11:45 CET

Cómo moverse en el siglo XXI

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Llevamos vidas móviles en varios sentidos: nos movemos por tierra, mar y aire, dependemos de nuestros smartphones, viajamos con frecuencia como turistas y por negocios, los desplazamientos humanos se aceleran y el dinamismo de los flujos migratorios choca contra los aparentemente estáticos territorios nacionales. La abogada Renata Ávila ya nos ilustró sobre la ciudadanía digital, una pieza clave para entender el siglo XXI. Ahora he contado con las sabias palabras de Rafael Heiber, director ejecutivo de Common Action Forum, una organización progresista sin ánimo de lucro que busca soluciones globales para problemas insoslayables como el auge de los neofascismos, la desigualdad económica, el impacto de las nuevas tecnologías o la crisis ecológica.

Además, Rafael escribe en El HuffPost. Como experto en movilidad, conoce bien el modelo de negocio de la llamada economía colaborativa y está familiarizado con experiencias como el carsharing, de manera que sus opiniones pueden servir para saber cómo movernos literal y metafóricamente en las ciudades inteligentes... y cómo impulsar a la sociedad hacia un ideal de ciudadanía del bien común.

ANDRÉS LOMEÑA: Antes de nada, quiero preguntarle una frivolidad: ¿cómo se desplaza habitualmente? Si moverse es una cuestión política, querría saber qué opciones le parecen socialmente responsables y cuáles erosionan el tejido social. Usted es brasileño, pero me consta que vive entre España y Alemania. Se acusa de competencia desleal a Uber y Cabify, pero se habla menos de la empresa francesa Blablacar como modelo de consumo colaborativo y tampoco se dice abiertamente que uno de los rivales indirectos del taxi está siendo el patinete eléctrico, que vive un auténtico boom en las ciudades.

RAFAEL HEIBER: Empezaré con otra frivolidad. Mientras te contesto estoy a diez mil metros de altitud sobre el Atlántico y el comandante avisa de que vamos cargados con 110.000 kilos de combustible. No se puede hablar de movimiento sin hablar de energía. Por más banal que sea lo primero, su dependencia respecto a lo segundo nos pone frente a límites ecológicos y crueles batallas geoestratégicas. Ahora bien, si somos implacables consumidores de energía en nuestras vidas rutinarias, no es exactamente porque nos movamos demasiado, sino todo lo contrario. Además, los combustibles fósiles producen mucho más calor y emisiones que energía cinética. Son un desperdicio... hemos perdido la disputa con nuestra propia vida cotidiana cuando incorporamos un sistema dual de movilidad-habitabilidad que se sostiene a partir de residuos normalizados y riesgos invisibilizados.

Para mí, caminar y la bicicleta siguen siendo formas contundentes de resistir y civilizar nuestra existencia urbana. Si esto se puede integrar al servicio de transporte público, mejor. Berlín es un gran ejemplo, y ojalá no llegue a convertirse en una autentica metrópolis, pues superaría su punto de saturación. Fíjate que hasta la agresividad de los ciclistas deriva de tensiones y asimetrías impuestas por nuestro sistema global de automovilidad privada. Un sistema que cada año causa más de un millón de muertos en accidentes de tráfico y otras decenas de millones de muertes prematuras por la contaminación atmosférica urbana. Las víctimas de las guerras y de la crisis migratorias también son consecuencia de esta matriz energética que se explota a partir de nuestros estilos de vida. El automóvil, tal y como se impuso de manera hegemónica, es el símbolo de toda una era que se acerca a su fin, aunque no desiste a la hora de perpetuarse. Son incalculables las consecuencias que este modelo ha tenido al desregular nuestra madurez psicosocial. Y de cara a lo que se acerca, necesitamos más que nunca un tratado universal posthumano. Además, estoy ansioso por asistir a una revolución de las ciudades medianas, lo que podría ser una solución para conformar un estilo de vida más sostenible en términos sociales y medioambientales.

Mi primera experiencia de transporte compartido se remonta a aquellos prosaicos muros de anuncios de la universidad. Algunos estudiantes tenían coche, pero necesitaban compartir el coste de los viajes largos. Después, en la era digital, antes de los smartphones, fui usuario del Mitfahrgelegenheit, una plataforma digital de ofertas y búsquedas de rutas compartidas, que hoy pertenece a Blablacar. Lo que ha cambiado es que las famosas TIC (tecnologías de la información y la comunicación) dejaron de ser una herramienta de comunicación para convertirse en un extenso aparato de control y acumulación de datos. Silicon Valley ayudó a subvertir una serie de nociones prácticas y simbólicas: disrupción, resiliencia, colaboración y anarquismo. Mientras empresas como Uber, Lime o Airbnb siguen este guion, los gobiernos aún están varios pasos por detrás a la hora de proponer regulaciones y alternativas. Hay comunidades de vecinos, de hoteles y taxis que se han visto afectados por esta transición, sobre todo porque lo que está en juego no es el acto de compartir transporte o vivienda, sino la desregulación del mercado de la movilidad y los modelos de habitabilidad.

Es una fase importante de transición y deberíamos atender a dos puntos. El primero es que se empieza a vender movilidad en lugar de los recursos para moverse. O sea, el coche pierde relevancia en las construcciones identitarias, algo que no es negativo. Pero en su lugar, la nueva automovilidad como mercancía directa implica una pérdida importante de privacidad porque añadimos todos nuestros datos de comportamiento. Esto vale para el consumidor, pero también para el conductor de Uber, que no recibe nada por su tarea de acumular datos, algo que hará viable el funcionamiento del coche autónomo. El segundo punto es la facilidad de transformar todo en una relación financiera y desintegrar la solidaridad desmonetizada que debería marcar nuestras redes de relación. Ya conocemos los efectos gentrificadores de Airbnb, pero mira su perversa consecuencia social: es tan fácil alquilar casa o habitación a extraños que, cuando quieres recibir la visita de amigos, estos ya se sienten obligados a ofrecerte una compensación material. Estamos creando un entorno sociotecnológico peligroso muy distinto a nuestros mejores ideales humanistas... Pedir donaciones en Facebook a terceros porque es nuestro cumpleaños no es más que una dosis cosmética de solidaridad que finalmente solo sirve para sostener este mismo sistema que esencialmente fomenta aislamiento, egoísmo y hedonismo a raudales.

Volviendo al binomio movilidad-habitabilidad, ya hablé del Mitfahrgelegenheit. Quizás haya sido lo más lejos que hemos llegado, en términos de colaboración, en la movilidad mediatizada por la tecnología. En términos de habitabilidad, el Couch Surf sería un buen ejemplo para confrontarlo con Airbnb. Pero no hay que engañarse: si en Couch Surf poco importa el capital económico, sí que desempeña un rol central el capital erótico de los usuarios.

A.L.: Una sociedad red se entiende a partir de la conectividad. Parag Khannah sostiene en Conectografía que las potencias más conectadas son las que lideran el mundo. A su juicio, Internet, la conectividad de las infraestructuras o las rutas comerciales internacionales son más importantes que las fronteras. ¿Qué tipo de medidas políticas y económicas ve necesarias para un mundo cada vez más conectado, pero también más desigual?

R.H.: No conozco en profundidad la obra de Khannah, pero entiendo que el argumento remite a un análisis de morfología territorial, económica y política, con cierta dosis de emprendimiento intelectual.

La instantánea del mundo es el avance de la desigualdad donde una élite global desterritorializada, que representa el 1 por ciento de la población, se queda con más del 80 por ciento de la riqueza producida cada año, según OXFAM. En el capitalismo financiero de esta élite, es fundamental controlar las estructuras de los flujos que superan todo tipo de fricciones espaciales e institucionales mientras especulan con el futuro para inflar el presente.

En estos últimos días me han contado algunas leyendas de los mayas y es increíble notar cómo tienen mucho más sentido que los mitos neoliberales y conservadores de la actualidad. Pero en el siglo XVI quienes controlaban la conectividad que citas eran los españoles y en la actualidad, para ver los resquicios más representativos de esta vieja civilización, tendrás que desplazarte a Guatemala. Una lección importante es que la alteración de las fronteras ha producido cambios paradigmáticos con consecuencias devastadoras.

Mientras hablamos de injusticias y conflictos, las dos fronteras más importantes aún siguen en disputa: la frontera del cuerpo y la frontera del planeta. Ahí se librará el verdadero conflicto entre el neoliberalismo occidental y el capitalismo de Estado. Si no corregimos esta ruta, Iraq, Libia, Siria, Venezuela e Irán parecerán un pequeño preludio. Y las desigualdades socioeconómicas del presente serán recordadas con nostalgia. Menos mal que de momento estamos todos obligados a compartir el mismo planeta y buscar soluciones para él, aunque las "disrupciones" de Silicon Valley deseen lo contrario.

La globalización merece numerosas críticas porque su carácter esencial es selectivo, amplía el poder de aquellos que ya lo tienen. ¡Hace falta globalizar la globalización!

A.L.: En El malestar en la globalización, el Premio Nobel Joseph Stiglitz recuerda lo devastadoras que han sido algunas recetas económicas del FMI y del Banco Mundial. Su organización Common Action Forum es un think tank progresista, y aunque quizás la situación ha cambiado en los últimos años, se dice que tradicionalmente la izquierda ha estado más fragmentada que la derecha. ¿Cree que los laboratorios de ideas progresistas tienen más dificultades para ser influyentes que los laboratorios de ideas conservadores?

R.H.: La globalización merece numerosas críticas porque su carácter esencial es selectivo, amplía el poder de aquellos que ya lo tienen. ¡Hace falta globalizar la globalización! Esta globalización de corte neoliberal se ha servido de la democracia para legitimarse. Creo que la misión número uno de los movimientos denominados progresistas debería ser la inversión de estos factores por una nueva lógica donde la globalización esté al servicio de la democracia.

Desgraciadamente, la democracia aún no ha cumplido con sus objetivos fundamentales y el miedo se ha transformado en la cortina de humo que permite al poder concentrarse en las manos equivocadas. Trump, el Brexit, Bolsonaro... hay demasiados ejemplos y cada uno con su especificidad. De cualquier modo, el binarismo tradicional de izquierda-derecha, con sus momentos de radicalismos de centro, no soluciona un aspecto político fundamental: la tutela. En la narrativa de izquierda, el Estado, portavoz de la igualdad, regula las relaciones para amparar a la ciudadanía. En la narrativa de derecha, el espíritu emprendedor siempre cuenta con el amparo de la mano invisible del Mercado, portavoz de la libertad. Ninguna de estas narrativas ignora la solidaridad porque prometen beneficios que irradian hacia toda la comunidad. Muchos de tus lectores conocerán la célebre idea (a mi juicio equivocada) de que, si a los 20 años no eres de izquierda, no tienes corazón, y si a los 40 años no eres de derecha, entonces no tienes cabeza. Pero luego miras el contexto de nuestro mundo y constatas que ambos modelos están en deuda con el 99 por ciento de la población.

¿Cómo cambiar esto? Quizás reconociendo que ambas narrativas terminan por constituir un espacio de relación tutelar para aquellos que siguen las prescripciones dictadas por el Estado o el Mercado. Sin deconstruir esta tutela, no se pueden preparar sujetos ni sociedades resilientes contra las embestidas del miedo y del deseo como herramientas de control. Ahora, si se insiste en estos dos discursos como las únicas posibilidades de mundo, hay que ser coherentes con el hecho de que el discurso de tradición liberal, que otorga especial importancia al individuo atomizado y a las élites, solo ha dado buenos resultados en países cuyos estados han garantizado excelencia en educación, salud y políticas de empleo para toda la población, generando a su vez una mayor exigencia de responsabilidad y deber sobre las clases dominantes. Si aplicas la misma doctrina en América Latina o España, lo que tendrás es una élite en busca de privilegios, no de deberes, y una clase media que defenderá esos valores para aspirar a una movilidad social ascendente, lo que al final irá en su contra.

Desde una perspectiva intelectual, si insistimos en este binarismo, aunque me encanten intelectuales conservadores como Peter Sloterdijk, no me quedan dudas de que los contenidos más vanguardistas están plantados en el campo de la izquierda. El problema es que se trata también de un campo muy vasto, marcado por resentimientos, disputas, sospechas, y que a menudo es repetitivamente crítico, pero no propositivo. Un famoso intelectual y escritor anglosajón de ideas progresistas me dijo en tono de lamento algo muy preciso: los departamentos académicos de izquierda se asemejan a un campo de francotiradores. Ahora añade a estos problemas la facilidad que existe hoy para caricaturizar o desvirtuar ideas complejas de cara a la opinión pública. Resulta que las ideas prometedoras no tienen suficiente repercusión para que sean implementadas, mientras que las imposturas intelectuales conservadoras siguen protegidas, marcando el paso de muchos comportamientos, valores y estilos de vida.

Esto explica en parte por qué los laboratorios de ideas conservadoras son más influyentes. Pero sobre todo, es que ya están al servicio de un status-quo instituido y su proyecto de mundo cortoplacista. Resulta más fácil alcanzar acuerdos reduciendo los intereses prioritarios de unos pocos a la economía y a los negocios que afrontar la realidad en toda su complejidad. Los compromisos progresistas conllevan otro nivel de exigencia porque involucran más factores decisorios, varios de ellos ignorados o sometidos a las estructuras dominantes de poder. Hace falta un actor social suficientemente fuerte para aglutinar todas estas exigencias. Sin él, el resultado es una izquierda fragmentada, tanto en el discurso como en la práctica. El proletariado ya no existe como tal y muchas causas ambientales que dieron forma al movimiento verde fueron transformadas en mercancía. Solucionar estas deformidades epistemológicas y deficiencias prácticas es un verdadero reto para los laboratorios progresistas, que deberán colaborar más entre sí para optimizar sus recursos y maximizar la promoción de sus resultados. Una iniciativa prometedora para mejorar estas colaboraciones a nivel global es la Internacional Progresista, red recién creada por el senador estadounidense Bernie Sanders y el exministro griego de economía Yanis Varoufakis, cuyo consejo asesor cuenta ahora con dos miembros de Common Action Forum: Celso Amorim, exministro de exteriores de Brasil y Wadah Khanfar, cofundador y presidente de Common Action Forum. Además, es importante incluir el Sur Global en la maduración de ideas progresistas que apuntan hacia el transnacionalismo no solo económico, sino también social y político, razón por la cual algunos de nuestros eventos y proyectos más importantes también se realizarán en Ciudad de México a partir de este año.

A.L.: También colabora, a través de SYMUN, en temas educativos. Usted es políglota y además es doctor en Sociología, aunque se formó inicialmente como geógrafo. Denos alguna pista sobre los valores educativos que deberíamos transmitir a las nuevas generaciones. Como profesor de filosofía, a veces me horrorizo al descubrir el simplismo y la obsesión de muchos adolescentes por la pena de muerte o la cadena perpetua, por no hablar del gran sacrificio de la conversación por la conexión.

R.H.: La realidad de la educación en Europa es muy distinta de América Latina, las dos regiones que conozco mejor. Es evidente que en América Latina la escuela, principalmente la enseñanza pública, acumula roles sociales que no son suyos, porque muchos de sus estudiantes viven marginados socialmente en una realidad de pobreza y tensiones domésticas. No ignoro que en España parte importante de la juventud también sufre estos problemas y encuentra pocas expectativas en el futuro, pero aun así, se da en magnitudes que no admiten comparación.

Lo que parece ser genérico es la crisis de la escuela como institución monolítica, preparatoria de saberes y comportamientos que moldean las aspiraciones laborales y construyen identidades nacionales. Este modelo ha caducado ante la sociedad postindustrial. Pese a la espectacularización de los contenidos disponibles en Internet y la posibilidad multipresencial que brinda la tecnología, se echarán en falta espacios físicos para desarrollar habilidades sociales, crear vínculos afectivos y así potenciar la capacidad de aprendizaje. La escuela tendrá que desarrollarse en esta dirección, y entonces enseñar cómo organizar tantas informaciones. Es lamentable que la filosofía y la sociología hayan perdido espacio en el currículo de varios países, cuando deberían ser su base.

Y deberían ser su base exactamente porque el valor más importante que permea todo el desarrollo de las nuevas generaciones es la incertidumbre, mientras que lo que hacen las burbujas de las redes sociales donde estamos todos metidos es exactamente reprimirla, confirmando y reforzando juicios simplificadores preexistentes. Además, es importante que la enseñanza involucre la tecnología, o de lo contrario seremos incapaces de dilucidar la complejidad del mundo y mostrar a los jóvenes las relaciones invisibles de interdependencia que construyen la realidad. En fin, mostrarles que el smartphone no es una lámpara con un genio benevolente.

El ejemplo que citas de SYMUN intenta, en cierta medida, cumplir con estos valores. Se trata de una simulación de Naciones Unidas organizada por iniciativa propia de estudiantes universitarios de la Universidad Carlos III de Madrid, algunos vinculados a Common Action Forum. Cada año participan cerca de trescientos estudiantes de secundaria que tienen interés en conocer, de manera participativa, el funcionamiento del sistema de negociaciones entre países en las Naciones Unidas. Al final, un grupo reducido es seleccionado para asistir a un programa de seminarios y participar en otra simulación fuera de España. El objetivo fundamental es mostrarles la importancia de la curiosidad y del diálogo así como hacerles conscientes de que los jóvenes son capaces de reproducir algunos vicios presentes en la realidad de ciertas organizaciones de prestigio, lo que nos impide avanzar hacia un objetivo común. Por lo tanto, si lo que quieren es cambiar el mundo, es importante que entiendan el aspecto genuino de la causa y no lo confundan con el estatus de una membresía de prestigio.

El problema no es que el capitalismo ignore el clima, sino que el clima ignora el capitalismo.

A.L.: En el reciente ensayo Dónde aterrizar, el sociólogo francés Bruno Latour sugiere que la explosión de las desigualdades y la negación de la situación climática son el mismo fenómeno. Según Latour, el nuevo régimen climático está detrás de la desregulación de los mercados y de los flujos migratorios. ¿Tendríamos que encarar estos conflictos como un mismo problema? Le pregunto porque el clima parece tener una respuesta científica y la regulación de los mercados tiene más que ver con domesticar la globalización financiera.

R.H.: Bruno Latour es uno de los pensadores más interesantes de nuestro tiempo y me despierta aún más simpatía porque parece evitar la ambición de erigirse en el representante de una determinada bandera o grupo político. Lo que hace es ofrecer un sistema de pensamiento que rompe con las convenciones epistemológicas tradicionales y nos pone delante de un mundo complejo, dinámico y contradictorio. ¡Eso sí que es profundamente político!

Para empezar a contestar tu pregunta, la filósofa Isabelle Stengers, cercana a Latour, ya indicó la cuestión de manera contundente en una publicación llamada Propuesta Cosmopolítica: el problema no es que el capitalismo ignore el clima, sino que el clima ignora el capitalismo.

Puedo decir que mi primera especialidad científica es la climatología y desde que empecé a estudiarla, mi primera gran lección fue restar importancia a las medias estadísticas y aprender a observar el encadenamiento de los elementos climáticos y sus ritmos de funcionamiento. Las principales consecuencias del calentamiento global se dan exactamente en los fenómenos de estos picos rítmicos. Pero también de manera menos abstracta, los datos de la dimensión urbana ya me parecieron suficientemente convincentes como para provocar un cambio de conducta. No es un tema nuevo. El aire de Londres casi puso fin al gobierno de Churchill. Cuando las ciudades se transforman en mercancía y crecen sin límites, los efectos en la atmósfera son inmediatos: contaminación, cambio del régimen pluvial, desequilibrios en la absorción de energía y aumento de las temperaturas. Fíjate que cuando escuchamos que la temperatura en determinada fecha y lugar será de, por ejemplo, 45 grados Celsius, se trata de una temperatura medida con un sensor instalado a la sombra y a dos metros sobre el césped. La percepción térmica a pie de calle es inhumana. Encima, para mantener la sociedad de consumo, hace falta modificar entornos y áreas que deberían permanecer preservadas. No quedan dudas de que estamos dañando el planeta en sus distintas escalas y gran parte de la población mundial ya no tiene acceso al aire limpio. Pero bueno, esta es una parte admirable del capitalismo, y es que también consigue convertir sus problemas en mercancías y mantener su propio estado de cosas. A esta cuestión en concreto le dan el bonito nombre de "socioenvironmental entrepreneurship".

El aspecto positivo de todo esto es que ya existe una consciencia de cambio instaurada que, a pesar de no ser hegemónica, tampoco es marginal. Además, en materia de economía, ya se van abriendo más posibilidades para que el crecimiento del producto interior bruto deje de ser el valor de medida universal y sea reemplazado por alguna noción más holística y sostenible. La pregunta que nadie puede contestar es si tendremos tiempo suficiente para realizar todos estos avances. Si seguimos de reformismo en reformismo, tiendo a ser pesimista.

A.L.: El filósofo Peter Singer aplica la filosofía utilitarista para tratar de remediar los problemas del mundo. Para este pensador australiano, el mayor bien para el mayor número de personas implica que deberíamos financiar las ONG antes que los teatros o el cine. Seguramente Singer prefiera donar dinero a las ONG antes que a la investigación científica, que es un remedio seguro, pero a largo plazo. ¿Qué propondría usted o su organización para potenciar la ciencia y el arte sin que eso suponga el olvido de la pobreza?

R.H.: Es difícil estar en desacuerdo con la posición de Peter Singer, sobre todo cuando el escenario de causalidades es bastante limitado. El problema es que la historia no es plana y este discurso gana vida en realidades sociales sesgadas por muchos intereses de poder. Así, muchos gobiernos engañan a su población, haciéndole aceptar que para recuperar la economía, necesitan sacrificar la cultura, la educación, la salud y el propio Estado. Es fundamental ejercitar cierto relativismo, o de lo contrario habrá siempre legitimidad para que los fines justifiquen los medios y se acentuará la égida de la lógica economicista en detrimento de todas las demás. El resultado final es más desigualdad y un horizonte más restringido para cualquier cambio.

Ahora bien, si los recursos son limitados, por supuesto habrá que gestionarlos de una manera eficaz. Es lo que muestra Peter Singer cuando compara el elevado gasto de las ONG para formar a perros guías frente al bajísimo coste de otras ONG que operan para prevenir la ceguera en África. Por supuesto, resulta más eficaz cada euro invertido en la ONG africana, pero nadie estaría de acuerdo en que las ONG de perros guía dejaran de existir.

Si hablamos de arte y de investigación científica, tenemos un escenario más complejo, porque ambas funcionan en una dimensión de virtualidades, de acontecimientos potenciales. Las invenciones más importantes han sido resultado de grandes inversiones públicas en investigación y las expresiones más bellas sobre el sentido de la vida que escapan al mercado siguen en el campo del arte y de las humanidades. Prescindir de ambos significa confinarnos en el proyecto en curso y posponer una mejor propuesta de civilización.

Hay toda una corriente de pensamiento liberal y prominentes intelectuales como Steven Pinker que no darían ningún crédito a esta respuesta, pues tienen un optimismo inagotable y un arsenal de datos para mostrar cómo este proyecto nos ha permitido vidas más seguras, cómodas, sanas, ricas y que somos más felices que nunca. Creo que les falta relativizar sus análisis para llegar a la conclusión de que, en realidad, nunca se han desperdiciado tantos recursos ni bloqueado tantas posibilidades para poner en práctica el mundo que diseñan.

Vivimos tiempos en que necesitamos estar preparados para movernos y movilizarnos.

A.L.: El israelí Yuval Noah Harari, autor de Homo Deus, se parece más a un gurú para amantes de la futurología que a un verdadero intelectual. Sé que David Harvey ha sido una fuerte inspiración para usted y como geógrafo quizás piense que aún somos prisioneros de la geografía. En definitiva, me gustaría pedirle alguna recomendación (o alguna advertencia) que nos sirva para movernos en la cultura del siglo XXI.

R.H.: Me estás brindando grandes referencias. Creo que la obra La condición de la postmodernidad de David Harvey debería ser una sugerencia de lectura para todos los estudiantes, independientemente de la carrera que elijan. Es fundamental para comprender nuestra relación con el tiempo, el espacio, la sociedad y los instrumentos de poder que la permean. No me arriesgaría a afirmar, como hace Tim Marshall, que somos prisioneros de la geografía, pero sí digo que somos menos prisioneros de la Historia. La inmanencia del presente nunca fue tan exuberante y perturbadora. Si me permites una exageración, el presente ya pesa por sí mismo, no hace falta más historia. El espacio sigue más vital y saturado... tiene todo un horizonte fenomenológico por delante.

Quizás tengas razón en ver a un historiador como Harari más como un gurú que como un verdadero intelectual, pero veo muchos méritos en sus obras. En primer lugar, no es fácil compilar una cantidad tan elevada de investigaciones científicas y encajarlas en una narrativa bien estructurada para un público más abierto, pero no menos inteligente ni menos interesado. En contraste con Pinker, no veo pecado por exceso de optimismo cuando detalla que la humanidad superó la guerra, la plaga y el hambre, porque insiste en poner de manifiesto el otro lado de la moneda, como por ejemplo, el sobrepeso y los desarreglos alimenticios en contraste con el hambre. Por supuesto echa mano de modismos, pero ya hemos visto adecuaciones lingüísticas interdisciplinarias como las mecanicistas o las organicistas y ahora es el momento de la adecuación algorítmica. Tampoco es una herejía.

Intuyo que mucha gente, hasta leer Homo Deus, no había tenido contacto anterior con ideas posthumanistas de manera seria, sino como materia de ficción-científica. Si bien es cierto que académicas como Donna Haraway y muchos otros ya habían señalado el fin del puritanismo humanista en la segunda mitad del siglo pasado, también es cierto que este conocimiento fue muy endogámico. Quizás deberíamos ver la obra de Harari como un alerta a toda la comunidad académica, que podría preocuparse menos por el fetichismo neoliberal de la industria de artículos científicos, sobre todo si hablamos del campo de las humanidades, y esforzarse más por hacer que los resultados de sus investigaciones circulen socialmente.

Para poner un ejemplo, no me parece una mera coincidencia la reciente publicación del libroEl extraño orden de las cosas del respetado neurocientífico António Damásio. Esta obra, que por supuesto recomiendo, trata de un tema de primer orden, a saber, la unión entre la evolución cultural y genética. No es un tema nada sencillo y es extremadamente transdisciplinar. Se hace notar el esfuerzo de Damasio por explicar, por ejemplo, cómo la subjetividad es un proceso de interdependencias y no un yo estático; o cómo esta subjetividad y los sentimientos resultan en una inteligencia creativa. Si Kant pudiera leer la obra, seguramente sustituiría su Imperativo Categórico por un nuevo Imperativo Homeostático.

Volviendo a pensar en categorías de espacio y movimiento, la única advertencia que soy capaz de hacer es que necesitamos redefinir nuestro lugar en el mundo.

A.L.: Como esta entrevista trata metafóricamente sobre el movimiento, le invito a no quedarse quieto y a tener otro encuentro como este en un futuro, ¿de acuerdo?

R.H.: Muchas gracias por tus perspicaces preguntas. Vivimos tiempos en que necesitamos estar preparados para movernos y movilizarnos. ¡Será un placer!

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