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Lo que un perro puede mejorar tu salud y la de tus hijos

A veces basta con tocarlo para experimentar mejoras psicológicas.

Para algunos padres, los perros no son más que un foco de bacterias e incluso un peligro para sus hijos. En muchos casos, están equivocados y el contacto con esos animales peludos (no es necesaria la convivencia) es mucho más beneficioso de lo que pueden pensar.

Khoe, de tres años, Jacinta, de ocho, y Cayetana, de cinco, son ejemplo de ello. No son niñas. Son perras de terapia de la organización Perroterapia, que visitan cada cierto tiempo el Colegio Infantil La Luna de Moralzarzal (Madrid) y que durante una hora se convierten en compañeras de juego de los alumnos de dos y tres años.

Ellas son expertas en estas relaciones, a los niños les cuesta más la interacción. Al principio están cortados y apenas se acercan a los canes. Los hay que los rechazan, pero ninguno llora. Se parados al verlos.

No lo saben pero el contacto con Khoe, Jacinta y Cayetana mejora los niveles de ansiedad y estrés propios del inicio de curso, cuando mucho todavía están en periodo de adaptación. Les basta tocarlos para mejorar sus niveles sociales, cognitivos y de autoestima de forma casi instantánea.

Kohe, con algunos niños del Colegio La Luna.
Kohe, con algunos niños del Colegio La Luna.

Ayudan a socializar

“Hace unos años teníamos un niño en clase que apenas hablaba, no se relacionaba con los compañeros e incluso llegamos a pensar que tenía algún trastorno del espectro autista. Cuando venían Khoe y Jacinta, era otro: jugaba y hablaba con los compañeros. Era un niño extrovertido”, cuenta una de las maestras del centro.

Junto a Cayetana, Khoe y Jacinta realizan lo que se conoce como “actividades asistidas con animales”, que tienen un carácter de ocio y motivacional y que normalmente se practican con niños. No es la única tarea que desempeñan. Los siete canes de Perroterapia llevan desde 2015 al frente de “terapias asistidas” con personas con discapacidad y en exclusión social, y también participan en sesiones de fisioterapia y con ancianos.

“En un programa de educación especial algunas madres nos decían: ‘Mi hijo antes no hablaba nada y ahora me cuenta hasta lo que hace en el colegio”

En la clase del Colegio La Luna, a las tres perras les bastan 20 minutos para que todos los niños se pongan a jugar con ellas. Incluso alguno que se había quedado rezagado en una esquina y que había dicho abiertamente que no quería perros. En poco tiempo ya les están dando de comer, acariciándolas y jugando con ellas.

Según las técnicas, este fenómeno se ve todavía más claro cuando los niños sufren algún grado de autismo. “En un programa de educación especial algunas madres nos decían: ‘Mi hijo antes no hablaba nada y ahora me cuenta hasta lo que hace en el colegio, que si ha venido Jacinta, que si hace esto o lo otro’. A nivel de comunicación y de socialización se alcanzan niveles altísimos”, detalla Irene Delgado, técnica en IAA (Intervención Asistida con Animales) de Perroterapia y especialista en Educación Especial.

La explicación es muy sencilla: lo que importa al niño en se momento es el perro, para él es toda la atención. “Las personas que no se atreven a abrirse o hablar en público, al ver que el foco está en el perro se abren más”, añade Olga Molla, técnica en IAA y trabajadora social.

Durante la terapia, los niños se dividen en dos grupos: unos que realizan junto a Khoe actividades sensoriales con objetos, generalmente juguetes, que sacan de una caja y con los que interactúan con el animal; y otros, que llevan a cabo junto a Jacinta y Cayetana un circuito para ejercitar su psicomotricidad. Consta de un túnel, una valla y unos aros que tienen que atravesar los animales y los niños.

Jacinta, en el circuito junto a los niños del Colegio La Luna.
Jacinta, en el circuito junto a los niños del Colegio La Luna.

Estas actividades tan simples ayudan también a que los alumnos dialoguen y respeten sus turnos. Lo hacen tanto para participar en la actividad como para darles recompensas a los animales en una cuchara de plástico. “Les sirve de puente para conectar con los perros y para medir sus miedos”, cuenta una de las técnicas.

Las perras están más que acostumbradas a la sesión y facilitan cada interacción con los pequeños. “Se saben los ejercicios y, aunque haya variaciones, son conscientes de lo que tienen que hacer”, detalla Molla.

Los niños de la clase lavándole los dientes a Kohe con el cepillo y la pasta de La Caja Sensorial.
Los niños de la clase lavándole los dientes a Kohe con el cepillo y la pasta de La Caja Sensorial.

Reducen los niveles de ansiedad y estrés

Que los pequeños de dos y tres años presentes en el aula se relajen al empezar a interactuar con los perros es solo una pequeña muestra de su capacidad. En otra clase del centro, la de bebés menores de dos años, los animales únicamente se tumban o se acurrucan junto a ellos. Les calman el llanto e incluso consiguen que alguno se quede dormido. “Los dejan en calma total”, apunta una profesora.

“Esto ocurre porque la respiración y el latido del corazón del animal tienen efectos relajantes”, apunta Molla. “A nivel sensorial, con solo acariciar al perro se bajan los niveles de cortisol, que son los producen estrés”, añade.

Esto mismo sirve para tranquilizar a las personas con miedo a volar e incluso para relajar a los pacientes de fisioterapia gracias a que su temperatura es mayor que la de los humanos [suelen estar entre 38 y 39 ºC]. Con ellos se utilizan lo que las expertas llaman perros-manta. Los pacientes se tumban (colocan parte de su cuerpo) sobre canes de razas grandes o gigantes con mucho pelo para que el contacto con el animal y la temperatura de éste les ayuden a relajarse y llevar a cabo cualquier tipo de rehabilitación.

Así es una terapia con perros en un colegio

Mejora la autoestima

Otro aspecto que mejoran estas terapias con perros es la confianza en uno mismo. Esto se hace a nivel transversal: personas con problemas sociales y de autoestima ayudan a entrenar a los futuros perros de terapia.

“Tenemos un programa con un adolescente sirio que tiene problemas sociales. Está entrenando a un perro que todavía no hace terapias. Con esto estamos consiguiendo que una persona que desde que llegó a España solo recibe ayudas y rechazo se sienta valorada”, detalla Molla, quien explica que ayuda a gestionar la tolerancia a la frustración al tener que enfrentarse a que el perro no obedezca. “Lo primero que nos dijo fue: ’Estoy haciendo algo útil, estoy educándole yo”.

“Al perro le da igual qué hayas hecho y te va a juzgar solo por cómo lo trates”

No es el único caso. A Jacinta, la pequeña y veterana chihuahua que juega con los niños de la clase, le enseñaron algunos trucos las chicas con anorexia y bulimia del Hospital Niño Jesús de Madrid. “Ellas mismas dijeron que estaban emocionadas con los perros. Una llegó a reconocer que, gracias a la perra, tenía una razón para venir al hospital”, señala Delgado.

“A nivel social, el perro no juzga, a veces tienes chicos con cantidad de etiquetas en servicios sociales y saben que cualquier persona que los conozca va a tenerlas en cuenta. Al perro le da igual y te va a juzgar solo por cómo lo trates”, añade Molla.

Reducen los tics y movimientos compulsivos

Los niños del aula se centran en tocar al perro, especialmente en una parte de la terapia que tienen que cepillarle y en otra que tienen que colocarles pegatinas en los chalecos de trabajo. Esto ayuda a personas con tics o movimientos compulsivos que tengan que controlarlos.

“Algunos a veces tienen la manía de tocarse mucho la cara y la boca, les decimos que con los perros no se puede hacer y todos se ponen rápidamente con las manos pegadas al cuerpo. Los objetivos se ven muy pronto, incluso en los primeros días. El nivel de motivación es brutal”, señala Delgado.

Jacinta y Cayetana con los niños de la clase.
Jacinta y Cayetana con los niños de la clase.

Más aún cuando este tipo de movimientos son espasmos provocados por algún tipo de discapacidad. “Había una chica con parálisis cerebral que tenía espasmos constantes, movimientos bruscos constantes. A la perra la acariciaba suavemente y sin brusquedad. Es alucinante”, señala Delgado.

“No es lo mismo un perro de terapia que un perro de casa”

De los más de 12 niños que forman parte del grupo de terapia del Colegio La Luna, solo uno o dos tienen perro en casa. No se les nota a la hora de relacionarse con los canes. Todos disfrutan por igual, pero esto no quiere decir que tener un animal en casa sea beneficioso como una terapia.

“Puede venir bien, no lo descarto. Hemos tenido casos de que los padres han cogido a un perro a raíz de las terapias y después estaba descuidado, sin educar, sin comer. Fatal”, recuerda Delgado.

Tampoco vale cualquier perro doméstico para hacer terapia ni tiene que ser de una raza concreta ni ser educado en exceso. Tanto Molla como Delgado enfatizan que no hace falta que un perro sepa muchas órdenes, pero sí que “esté concienciado con determinados colectivos y tener precisión para algunos ejercicios”. Tienen que saber quedarse quietos, sentados y dejarse tocar y acariciar, pero no tienen que ser “perros todoterreno”.

Olga Molla, con Kohe e Irene Delgado, con Jacinta y Cayetana.
Olga Molla, con Kohe e Irene Delgado, con Jacinta y Cayetana.

“Necesitamos que les guste estar con la gente y que sean sociables, pero nada más allá de un entrenamiento básico. Por ejemplo, que no reaccionen y salten cuando les agarran del rabo o acostumbrarlos a los espasmos en caso de los autistas”, detalla Delgado.

Los perros se acostumbran a la rutina de trabajo y al acabar la sesión, cuando les quitan los petos, se relajan porque saben que su jornada ha terminado. “Tenemos un protocolo de bienestar animal que no permite más de tres horas de sesiones al día y no más de dos días seguidos de trabajo”, apunta Molla.

Aunque en el caso de los pequeños de Moralzarzal los animales han sido tres más en clase, las técnicas recuerdan que este tipo de terapias no son para todo el mundo y funcionan especialmente bien en colectivos determinados.

Bebés y perros