Cómo y por qué se ha estancado una guerra que Rusia creía rápida

Moscú se abre a la presencia de combatientes extranjeros y pide ayuda a China, según EEUU. Se ha topado con una resistencia inesperada y la contienda se enquista.
Un soldado ucraniano hace el signo de la victoria desde el frente contra los rusos, en el norte de Kiev, el pasado 3 de marzo.
Un soldado ucraniano hace el signo de la victoria desde el frente contra los rusos, en el norte de Kiev, el pasado 3 de marzo.
ARIS MESSINIS via Getty Images

La invasión de Ucrania ordenada por Vladimir Putin no está saliendo como pensó. Tras el reconocimiento de las autoproclamadas repúblicas de Donetsk y Lugansk, activó la “operación militar especial” que nadie creía realmente posible. El efecto de su temeridad y la sorpresa, la multiplicación de los frentes abiertos (desde su frontera, desde el Donbás, desde Crimea, desde Bielorrusia) y su rapidez en la ejecución, más el poderío propio de la segunda fuerza militar del mundo, sumaban para que Moscú esperase algo rápido y limpio.

No está siendo así. Rusia se enfrenta a una resistencia armada más firme de la esperada y a una creciente ayuda extranjera a Kiev, a problemas logísticos y de medios que están complicando su avance, a malos cálculos. La invasión terrestre va lenta y está respondiendo a la resistencia con potencia de fuego, de artillería y aéreo, armas pesadas para destruir objetivos militares pero, también, civiles, según denuncian organismos internacionales como Amnistía Internacional o Human Rights Watch. Empieza a hablarse de apoyo extranjero, desde sirios a chinos. Nadie sabe cuán débil está, realmente, el Ejército ruso, pero desde luego no es ni un reloj suizo, ni un ejemplo de formación ni la vanguardia armamentística del momento.

“Cada día que los ucranianos no pierden, ganan políticamente, y el coste político de la carrera de Putin se agiganta”, defiende Anne Claessen, investigadora del Real Instituto Superior de Defensa belga. “En estos momentos, la posible meta de colocar un Gobierno títere en Kiev no tendría ninguna legitimidad y no sobreviviría y sería muy difícil de sostener sólo con armas rusas”, añade. Las tropas ucranianas están perdiendo terreno y teniendo muchas bajas -sin datos fiables, que en toda guerra hay propaganda y ocultaciones-, pero la resistencia aún así es mayor de lo esperado.

A su entender, la primera clave de este bloqueo es el “mal comportamiento de las fuerzas rusas en los primeros días de la invasión”. “Esperaban en Moscú que un ejército modernizado sofocara la primera fase de la resistencia ucraniana con facilidad, pero se están repitiendo errores del viejo Ejército Rojo [el de la URSS], porque no está ni muy bien entrenado, ni muy bien dirigido y su logística es realmente pobre. Rusia es una enorme potencia en medios, pero no tiene tanto personal (840.000 aproximadamente) como para poner la maquinaria al rendimiento que esta guerra requiere. La fuerza aérea, la marina y la fuerza nuclear de Rusia se modernizaron parcial o totalmente, pero falta Tierra, las botas sobre el terreno”, detalla.

“Podemos estar ante un fallo de planificación en el ataque o, también, que se haya subestimado al enemigo. No es fácil decirle a alguien como Putin que sus planes no se pueden lograr, que no se puede invadir un país tan grande y armado en unas horas. Las inteligencias mundiales sostienen que se podrían haber edulcorado algunos informes de situación”, añade. Se fija, por ejemplo, en la juventud de la tropa rusa: “muchos no sabían que podrían acabar yendo a la guerra de verdad”.

“Podemos estar ante un fallo de planificación en el ataque o, también, que se haya subestimado al enemigo. No es fácil decirle a alguien como Putin que sus planes no se pueden lograr, que no se puede invadir un país tan grande y armado en unas horas”

Según estos informes, difundidos por la prensa norteamericana y británica, las tropas de Putin han sufrido un importante descenso de la moral por estos contratiempos, a lo que se añade la dureza de combatir con nieve y temperaturas de 10 bajo cero, por muy acostumbrados que estén. Algunas unidades están agotando los suministros de alimentos, combustible y municiones, después de haber estado en el campo de batalla durante más de dos semanas. Por internet corren los vídeos de vehículos parados porque no se pueden mover.

No todo es falta de Rusia, dice la analista. Se ha ido a por un país que tiene un tercio de la población rusa y muchos enclaves hostiles. “Hasta ahora, las fuerzas ucranianas aprovecharon al máximo sus recursos militares. Tampoco hay que olvidar que son el Ejército número 22 del mundo, que hay mucha diferencia con Rusia pero no dejan de ser un país formado y armado. Medios aparte, se está descubriendo un valor extra en los profesionales y en los civiles armados, que están luchando notablemente bien, y eso eleva la moral, que hoy es alta entre los ucranianos. Con eso no se gana una guerra, pero no es desdeñable, como al contrario no lo es tener la moral baja”, señala Claessen.

A eso han ayudado la estancia del presidente Volodímir Zelenski en Kiev, al cargo, pese a las ofertas de acogida de varios países occidentales, y su estrategia de informar constantemente en redes sociales. Es por eso que Rusia también está atacando ya antenas de telefonía móvil y torres de televisión, para impedir la difusión de esa información tan importante para los invadidos.

La investigadora, no obstante, asume que las diferencias defensivas entre los dos países son muchas, el tiempo pasa y es más complicado mantener el pulso. En Ucrania, dice, no hay reemplazo para los muertos y heridos, mientras que Rusia aún no ha llamado ni a sus reservistas. La previsión es que un día la resistencia ucraniana “se rompa”, nadie sabe cuándo.

Tampoco nadie sabe lo que puede pasar si eso ocurre. “Moscú podría tratar de colocar una marioneta en el Gobierno, dejando que dirija el oeste del país, mientras se anexiona una gran parte del país al este del río Dnipro”, ahondando en el control que ya tiene en parte del Donbás y Crimea y conectando pasillos importantes hacia el Mar Negro. Pero también está la opción de una descomposición del ejército ucraniano como hoy lo conocemos y el inicio de una insurrección, que en ese caso quizá podría tener el apoyo directo de algunas naciones occidentales como EEUU. Vienen a la cabeza, confiesa la experta, conflictos pasados como el de Afganistán en los años 80 y la ocupación soviética de entonces.

“Eso es un infierno para cualquiera, prolonga todos los plazos y es imprevisible. Hasta para Rusia”, avisa. Hablamos de guerrillas, emboscadas, anarquía. Harían falta muchos medios, mucho dinero y mucho tiempo, cuando las sanciones, por ejemplo, ya hacen mella.

Según la última evaluación de los servicios de inteligencia del Ministerio de Defensa ucraniano, las fuerzas rusas estaban intentando “reajustarse” antes de volver a atacar. En las últimas horas, el refuerzo de los ataques en el este y en la capital del país llevarían a pensar que algo han mejorado. “Las fuerzas terrestres rusas siguen haciendo progresos limitados. Los problemas logísticos que han obstaculizado el avance ruso persisten, al igual que la fuerte resistencia ucraniana”, decía la actualización de la inteligencia británica, publicada por la BBC esta mañana.

Ayer mismo, el jefe de la Guardia Nacional rusa, Viktor Zolotov, reconoció en público: “Me gustaría decir que sí, que no todo va tan rápido como nos gustaría”. La causa: las “fuerzas ucranianas de extrema derecha que se esconden detrás de los civiles”. Contradice así la versión oficial del Kremlin. “Todo se está desarrollando de acuerdo con el plan previsto y se terminará a tiempo y en su totalidad”, afirmó poco antes el portavoz de Putin, Dmitri Peskov.

La ayuda de fuera: Siria y ¿China?

Rusia ha empezado a buscar fuera refuerzos para su ejército. En Occidente, se insiste en ello como un signo de debilidad, que ha sacado alguna sonrisa hasta a portavoces del Gobierno estadounidense. Sin embargo, hay quien avisa de que una cosa es desgaste y bloqueo y otra desesperación: la CIA estima que la mitad de los efectivos rusos están empleados hoy en Ucrania, por lo que queda otra mitad, aunque también cifra en 400 los uniformados rusos que mueren por día, una cifra no confirmada por fuentes independientes ni por el Kremlin. Entre ellos habría tres generales, tantos como han caído en toda la guerra Siria, que hoy cumple 11 años.

Aún así, como dice gráficamente el exministro de Exteriores español José Manuel García-Margallo, “cualquier político ruso prefiere que mueran los sirios a que muran los rusos”. Se refiere al anuncio de Moscú de que había 16.000 voluntarios de Oriente Medio, sobre todo de Siria, dispuestos a luchar de su lado en Ucrania. Curiosamente, la misma cifra de extranjeros que dice Zelenski que se quieren sumar a sus filas. Rusia ha autorizado a estos sirios a enrolarse, pero sostiene que no lo hace por “debilidad”, sino como una respuesta por el permiso de Kiev a que entren extranjeros en liza por su lado. Los suyos son “voluntarios” y los del adversario, “mercenarios”.

Putin ha dado la bienvenida a todos los que se quieran apuntar a su pelea y ha aplaudido en público a los 10.000 regulares chechenos que han estado con ellos desde el primer día, más un número incontable de bielorrusos, aunque en este caso la participación es más logística y de retaguardia que directa. En el caso de los sirios, que ya estarían llegando, se busca su enorme conocimiento de combates en entornos cerrados, urbanos. Calle a calle. Moscú lleva implicado en la guerra siria desde 2015, ayudando al régimen de Bashar el Assad contra los rebeldes y sin su ayuda sería imposible tener el práctico control del país que ahora tiene. Toca quid pro quo.

Soldados sirios empuñando sus armas en el frente contra los rebeldes de Ramouseh -este de Alepo-, en diciembre de 2016.
Soldados sirios empuñando sus armas en el frente contra los rebeldes de Ramouseh -este de Alepo-, en diciembre de 2016.
via Associated Press

Los sirios son anecdóticos en comparación con la posible ayuda China. Es el gran nudo diplomático de las últimas horas. EEUU ha informado a sus aliados de que Pekín está dispuesto a suministrar ayuda a Rusia en esta guerra. Moscú se la habría pedido, en lo militar y en lo económico, y Pekín no ha cerrado la puerta, dice Washington.

Sin embargo, China niega la mayor y califica de “información maliciosa con intenciones siniestras” la extendida por la Casa Blanca, filtrada a través de medios como el Financial Times y el New York Times. La respuesta del Ministerio de Exteriores ha sido tajante y breve. No quiere ni oír hablar del asunto. Zhao Lijian, su portavoz, sostiene: “La posición de China sobre Ucrania es clara y consistente y hemos estado jugando un rol constructivo para promover las conversaciones de paz. Es imperativo que todas las partes ejerzan el autocontrol y enfríen las tensiones, no es el momento de añadir gasolina al fuego”. La neutralidad, insiste, será su posición, aunque se trate de una de una neutralidad “sesgada en favor de Rusia”, como la define El País.

La entrada en liza de China sería un chute brutal de fuerza para Putin, pero también desestabilizaría todo el tablero internacional. Es imposible saber qué pasos dará, pese a la denuncia de EEUU, ya que habitualmente el gigante asiático no entra en guerras como parte directa y Europa le queda muy lejos. Apoyar a las claras a Rusia complicaría sus relaciones con la Unión Europea, importantes porque es junto a EEUU su mejor comprador, y le llevaría a chocar con la OTAN, con la que está en paz.

El recuerdo de Chechenia y Siria

Si no van bien las cosas por tierra para las tropas rusas, como parece, los analistas y los informes de Inteligencias occidentales coinciden en que lo más esperado ahora es que Putin se centre en usar fuego indiscriminado y artillería masiva en zonas urbanas y que aplaste las ciudades ucranianas, por más que lleve aparejado un terrible coste de vida humanas. Hasta ahora, y van 20 días de contienda, no ha caído ninguna de las diez principales ciudades de Ucrania.

El coronel español retirado Manuel Gutiérrez explica que “Rusia está teniendo problemas para lograr la supremacía del cielo, porque aunque dijeron a los dos días que habían acabado con las defensas antiaéreas de Ucrania, la realidad lo desdice”. No es posible saber realmente cuántas aeronaves han sido derribados en estos días (81 aviones y 95 helicópteros, dice Ucrania), pero están teniendo daño. Aún así, es posible que entremos en la fase de destrucción por aire, dada la aplastante superioridad en ese punto de los rusos”, con 1.212 aeronaves de combate frente a las 170 de Ucrania y los 997 helicópteros de ataque, frente a otros 170 del rival. “La situación podría empeorar mucho”, sostiene, recalcando que es “puro realismo”.

Los modelos que cita son conocidos y temidos por todos: Chechenia y Siria. En ambos casos, “Rusia usó su potencia de fuego para destrozar ciudades y forzar las rendiciones”. Los casos más dramáticos con los de las ciudades de Grozni, atacada en 1990, y las de Alepo y Gouta Oriental, entre 2015 y 2016. Las denuncias por violaciones de las leyes de la guerra, por crímenes de lesa humanidad y genocidio, se sucedieron en estos conflictos, pero no ha habido consecuencias de ningún tipo para el Kremlin, con lo que ahora se siente envalentonado para repetir la jugada.

“Dudo que las negociaciones que están llevándose a cabo llegue a buen puerto. Es complicado porque Putin no quiere ceder en sus demandas históricas y su empeño en recuperar la Gran Rusia. Por tanto, puede ir a por todas atacando grandes ciudades. Ya lo está haciendo en el este. Odesa se prepara para lo peor y en Kiev ya están creciendo los ataques, incluso con las complicaciones de avance por tierra. La pregunta es si Putin está dispuesto a destruir la Ucrania histórica que tanto cita como raíz de la patria rusa si no ve otro modo de recuperar esa patria”, reflexiona.

El riesgo implica, recuerda, la posibilidad del uso de armas prohibidas, como las químicas y bacteriológicas, de cuyo empleo hay muestras en Siria, aunque es difícil definir su origen. Ya se está investigando el uso de bombas de racimo, también vetadas, desde la Corte de La Haya.

Reventar ciudades y hacer claudicar al enemigo como salida para un conflicto iniciado unilateralmente pero del que ahora no quiere Putin salir escaldado. Los que conocen bien la política internacional, como Thomas L. Friedman, analista del New York Times, entienden que hay dos salidas: que el presidente ruso logre algo rápido, poco y salga “apenas humillado”, o que se embarre en un conflicto que acabe tarde, con mucho desgaste y del que salga “bastante humillado”. “La tradición rusa no perdona los reveses militares”, dice, y suele cambios de calado en el sistema -empezando por los líderes- si se llega a esos.

Por eso, se espera que en las negociaciones abiertas Rusia busque, al menos, una constitución de Ucrania que otorgue una independencia significativa al este del país, la zona más rusófila a priori, mientras logra en paralelo un veto efectivo a las acciones del Gobierno de Kiev. Se maneja como propuesta que Ucrania admita un modelo de neutralidad parecido al que Rusia firmó con Austria en 1955, por el que los soviéticos se retiraron del país a cambio de una garantía constitucional de neutralidad. Lo que pasa es que, en lugar de persuadir a los ucranianos de que la neutralidad es una opción posible, es probable que la invasión endurezca la opinión en sentido contrario. Que te ocupen hace perder ciertas querencias, incluso con el “hermano” ruso. Por eso es complicado que Kiev acepte, quedaría a expensas de lo que Rusia quisiera hacer en el futuro, en otra andanada como la actual.

Mientras el diálogo no fluya, esto es lo que espera: más muertos, más heridos, más desplazados cada día.

Ataque ruso a un centro militar ucraniano cerca de Polonia