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14/10/2019 10:40 CEST | Actualizado 14/10/2019 10:41 CEST

Condena suprema, injusticia de ley

La implacable sentencia contra las y los independentistas no por previsible ha dejado de constituir un mazazo enorme.

MARISCAL via Getty Images
El juez del Supremo, Manuel Marchena.

Este artículo también está disponible en catalán.

 

La implacable sentencia contra las y los independentistas no por previsible (y a menudo bien visible) ha dejado de constituir un mazazo enorme. Como cuando muere un ser querido, que por mucho que sepas que tiene los días contados, indefectiblemente es un tremendo batacazo. Pensar en ello no te prepara para lo que pasará, no es imaginable la profundidad de la desgracia hasta que de verdad sucede; porque la esperanza a veces, la fe es imposible de matar.

Qué dolor el montón de años de prisión de cada condena. Por ejemplo, ver a Jordi Cuixart y a Jordi Sánchez condenados a nueve años por sedición (ambos fuera del gobierno y de la política convencional u oficial, cuando se produjeron los hechos; Cuixart se ha mantenido siempre lejos). Su «delito»: conseguir que la manifestación del 20 de septiembre de 2017 ante la consejería de Economía no se desmandara y transcurriera pacíficamente. Y tuvieron éxito. Tan tumultuosa era que los bares de la zona no cerraron y que la única queja de los comercios fue no tener esteladas para vender. Tan sediciosa, que, al margen de dos camionetas dañadas, no hubo ni un enfrentamiento, ni gente herida, ni detenciones.

¿Qué pena merecería según el Supremo el conflicto de 2014 en el barrio de Gamonal (Burgos)? Entre el 10 y el 14 de enero hubo numerosas manifestaciones para paralizar las obras de un aparcamiento. Y lo consiguieron. Hubo disturbios violentos a raudales, quema de contenedores y ataques a las obras y sucursales bancarias, y muchas personas detenidas y heridas.

¿Qué condena merecerían según el Supremo los largos enfrentamientos entre los mineros (quizá también mineras) de Hunosa y la policía junto al pozo Santiago en 2012? Se bloqueó el tráfico de la AS-112 y en un solo día hubo treinta y dos cortes en carreteras asturianas. La revuelta uso incluso proyectiles caseros, además de piedras y cohetes.

¿Qué sentencia merecería según el Supremo la movilización de los chalecos amarillos en Francia? Los tumultos han sido de mucho cuidado, los destrozos millonarios, más de siete mil personas detenidas, las heridas son más de dos mil, incluso ha habido muertes. Vista la gravedad y persistencia de la rebelión, si el poder judicial francés se hubiera movilizado como el español debería haber resucitado la guillotina.

Quién está de acuerdo con ella, dirá ahora que las sentencias se deben acatar, etc., etc. Las dos primeras acepciones del Diccionario de la lengua española definen así «acatar».

  1. Tributar homenaje de sumisión y respeto.
  2. Aceptar con sumisión una autoridad o unas normas legales, una orden, etc.

La palabra «sumisión» aparece en ambas y pone la piel de gallina. «¿Acatar?»; no, gracias. No tendremos más remedio que sufrirla, sobre todo la soportarán presas y presos, pero que no pidan además acatamiento. De ponerse de rodillas, nada de nada.

Quiero pensar que soy una mujer libre que vive en un país libre y no en una pobre, sucia, triste, desdichada tierra. Quiero creerlo a pesar de vivir en un país que se rige por un Estatut, el del año 2006, que no es el que la población votó, puesto que en 2010 el Tribunal Constitucional dictó una sentencia (STC 31/2010) en su contra que fue un verdadero golpe de Estado no sólo contra el Estatut sino también contra la Constitución. Hay que recordar además que el Estatut llegó al Constitucional (¿recuerdan su composición?) previamente pisoteado, insultado, escarnecido, mutilado, cepillado; incluso suprimieron artículos vigentes en otros estatutos de autonomía.

A pesar de que cada mañana me levanto con una amenaza, ya sea el artículo 155, la ley de Seguridad Nacional, el Estado de Alarma, el de Excepción o el de Sitio —esos nuevos decretos de Nueva Planta de aterrador recuerdo—, consciente de que hay países tan buenos o más que el que yo habito, quiero acabar con un párrafo de Le Siècle de Louis XIV del impío Voltaire porque tiene un punto de riqueza y plenitud.

Cataluña es uno de los países más fértiles del planeta, y uno de los más felizmente situados. Tan regada por hermosos ríos, arroyos y fuentes como la vieja y nueva Castilla está desprovista de ellos, produce todo lo necesario para las necesidades del hombre, y todo lo que puede contentar sus deseos, en árboles, en trigos, en frutas, en verduras de todo tipo. Barcelona es uno de los bellos puertos de Europa, y el país proporciona todo para la construcción de naves. Sus montañas están llenas de canteras de mármol, de jaspe, cristal de roca; incluso se hallan muchas piedras preciosas. Son abundantes las minas de hierro, de estaño, de plomo, de alumbre, de vitriolo; la costa oriental produce coral. Cataluña, en fin, puede prescindir del universo entero, y sus vecinos no pueden prescindir de ella. 

 

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