Confía, aún queda partida para jugar

Cuando aparece un obstáculo de los que tambalean todos tus idílicos planes es cuando la verdadera confianza en nosotros mismos debería lucir con lustre.

No te das cuenta. Cuando desconfías de la vida, de tus fuerzas, de tus capacidades y de quien tienes al lado, no te das cuenta del estado en el que estás viviendo, pero es tremendamente estresante.

La vida pasa a ser un campo de batalla disfrazado de centro comercial con luces y ambientador sofisticado.

Cualquier situación puede estar escondiendo un peligro, un desastre para tu economía o una traición de quien menos esperas.

Y lo malo es que se normaliza vivir en la desconfianza.

Ahora hay más motivo, no vemos ni la mitad de la cara de la gente, y las gafas de sol deberían prohibirlas hoy mismo.

Aunque peor es cruzarte con alguien que no lleva mascarilla porque puede ser un genocida que quiere acabar con la población.

Pero mientras, nos parece que estamos tranquilos.

Confiar en los demás es un acto voluntario, por supuesto. No tenemos por qué publicar un listado de nuestras contraseñas en Instagram para demostrar que no tenemos miedo del ser humano.

Confiar en nosotros mismos es obligatorio.

¿Qué sentido tiene no hacerlo?

¿De qué te sirve perder la confianza en ti?

Tu verdadero tú es confiado.

Cuando vas a comprar leche, confías en que lo que hay dentro de un brick de leche, es leche.

“Cuando aparece un obstáculo de los que tambalean todos tus idílicos planes es cuando la verdadera confianza en nosotros mismos debería lucir con lustre.”

Confías en que el taller te devolverá el coche (porque el taller seguirá existiendo el día que vayas a por él).

Confiamos mucho más de lo que nos pensamos en la vida y en los otros, pero hay una vocecilla interna que farfulla malmetiendo contra tus propias capacidades y tú te la crees. Te crees sus argumentaciones basadas en películas de sobremesa donde a los buenos e inocentes las desgracias les llegan a pares, y sientes que no vas a poder con esto.

Seguro que si te pusieras a hacer un análisis de lo que ha sido tu vida hasta ahora, tendrías más motivos de los que crees para confiar en que de ésta saldrás con apenas unos rasguños (y las orejas algo más desabrochadas por culpa de las gomitas).

Para confiar hay que hacer un análisis exhaustivo de nuestra vida:

¿Cuántas veces queriendo controlar todo lo único que has hecho es obsesionarte y no disfrutar de lo que estaba pasando?

¿Cuántas veces no has tenido más remedio que dejarte llevar por la vida, y puedes corroborar ahora mismo, que te ha servido para mantenerte en pie?

Ya sé que controlar las situaciones es algo que engancha. La primera vez que hiciste un plan y salió tal cual calculaste, te sentiste mejor que el Equipo A después de una misión.

Invencible.

¿Quién no va a querer repetir el patrón? Llegas incluso a hacer tu propio ritual.

Sin darte cuenta, tu mente está elaborando planes, conversaciones y hasta viajes al espacio porque no hay quien te pare.

Tienes la fórmula de la perfección.

“La confianza la hemos confundido con control. Y al control le hemos dotado de una firmeza que no se merece lo que es simplemente una ilusión.”

Pero llega un día en que los planes salen mal. Te culpas y te prohíbes volver a fallar. Never more.

Habrá que analizar mejor las situaciones, las conversaciones y los movimientos para que no se escape ninguna variable.

Y esa ilusión del control esconde muchas cosas, y entre ellas, falta de confianza.

Por eso no sirve de nada el control. Porque llega un ser diminuto y te da miedo lo que nunca antes te dio: respirar el mismo aire que tus vecinos.

Así que lo que tienes más a mano para superar esto eres tú. Yo no sé qué pasará el mes que viene, ni siquiera qué tal haré la digestión hoy, pero confío en que si me sienta mal la comida, tendré capacidad para pedir ayuda y superarlo. Y el mes que viene… pediré ayuda si lo necesito también.

Demasiado drama no es bueno para nadie. Ya dijo el emperador Marco Aurelio hace cientos de años:

“Nuestras acciones pueden ser impedidas, pero no puede haber obstáculos a nuestras intenciones o nuestras disposiciones. Porque podemos acomodarnos y adaptarnos. La mente se adapta y convierte a sus propios propósitos el obstáculo para actuar”.

Y te pido que confíes en Marco Aurelio. Dicen que consiguió grandes hitos allá por el siglo II.

Cuando dice que la mente se adapta y convierte al obstáculo en un aliado es porque es real.

“¿Acaso le preguntaste a alguien cómo ibas a tener un orgasmo antes de tu primera, y espero que memorable, primera vez?”

Cuando aparece un obstáculo de los que tambalean todos tus idílicos planes es cuando la verdadera confianza en nosotros mismos debería lucir con lustre. Pero muchas veces no es así. La confianza la hemos confundido con control. Y al control le hemos dotado de una firmeza que no se merece lo que es simplemente una ilusión.

Así que un simple imprevisto de escala mundial ha sido capaz de destapar todo el control ilusorio y la desconfianza sobre nosotros mismos que tenemos.

La confianza no es sentir que tenemos vidas infinitas como en el videojuego. Confianza es mirar atrás, ver todas las situaciones que hemos superado y problemas que hemos resuelto, y tener la certeza de que de ésta, sin saber cómo, también saldremos.

La pregunta que paraliza más planes antes de iniciarlos y mina más esperanzas es ”¿y cómo lo voy a hacer?”.

Ese “cómo” es tortuoso.

¿Acaso le preguntaste a alguien cómo ibas a tener un orgasmo antes de tu primera, y espero que memorable, primera vez?

¿Al nacer nos ponen un power point explicándonos cómo alimentarnos del pecho de nuestra madre?

¿Cuántas cosas has hecho sin saber cómo hacerlas, si no que simplemente te has puesto a hacerlas?

Pues eso es lo que necesitas ahora. No paralizarte por un cómo, reconocer que no tienes el control y seguir el flujo de la vida.

Es lo que llevas haciendo desde que naciste.

Confía.