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10/02/2021 07:07 CET | Actualizado 10/02/2021 07:07 CET

Conocimiento adulterado

Entrevista con el filósofo Fernando Broncano.

Gualtiero Boffi / EyeEm via Getty Images

A menudo tomamos por conocimiento lo que solo es información, o pretendemos que nuestras opiniones tengan, eo ipso, valor de verdad. No hay idea más equivocada que aquella que se funda sobre la ignorancia no reconocida como tal, algo que el filósofo Fernando Broncano bien podría llamar ceguera epistémica, es decir, ceguera del conocimiento. En realidad, su libro Conocimiento expropiado aborda cuestiones políticamente insoslayables, como pueden ser la injusticia epistémica (derivada de la desigualdad del conocimiento) o la existencia de un privilegio epistémico (un privilegio de clase aplicado al saber). Si las expresiones epistemología y teoría del conocimiento te suenan a esoterismo de intelectuales o a sofistería, eso es porque no tuviste ocasión de leer u oír a Broncano, que es un incansable pedagogo epistémico.

 

ANDRÉS LOMEÑA: Las cláusulas de confidencialidad evitan que haya conocimiento sobre los salarios en el seno de grandes empresas irlandesas o estadounidenses. Aquí tenemos los convenios colectivos. ¿Se puede interpretar este secretismo como un tipo de injusticia epistémica? ¿Qué otras injusticias relacionadas con el conocimiento asolan el mundo laboral? Sé que ha criticado el offshoring como una forma sistémica de producir ignorancia y ahora se habla de la fiscalidad de los youtubers, algo que para César Rendueles es una cortina de humo.

FERNANDO BRONCANO: El secreto y la ignorancia son ambivalentes: hay cosas que nos protegen como personas o instituciones frente a intereses, manipulaciones y violaciones de derechos, y, desgraciadamente, otras muchas, que cada vez más son ignorancias estratégicas, manufacturadas, para impedir el control público de cosas que todos tendríamos que saber. Esto es lo que ocurre con las cláusulas de confidencialidad de los contratos. Hay algunas razonables, necesarias (por citar un caso, todas aquellas que están orientadas a proteger a las personas, por ejemplo, las que obligan en medicina, abogacía, seguridad, enseñanza, etc.). Otras, sin embargo, son estratégicas con la única finalidad de impedir la inspección pública o la de compartir conocimientos. Por ejemplo, se ha hecho muy habitual que muchos contratos de investigación obliguen a no publicar resultados e investigaciones que exceden con mucho el ámbito de los intereses empresariales. El secreto bancario, otro ejemplo, puede ser legítimo o puede ser un instrumento para que enormes cantidades de capital escapen al control de los estados, no solo de la hacienda pública sino también del control legal. Hay estados que usan la banca oscura offshore para mercadeos ilegítimos que los parlamentos impedirían claramente. Las cláusulas de confidencialidad de salarios en muchas empresas están orientadas a esconder la obscena desigualdad dentro de la empresa, que muchísimas veces nada tiene que ver con la productividad. En fin, la ignorancia estratégica se ha ido instalando como un instrumento mucho más poderoso que el conocimiento, paradójicamente, en la sociedad del conocimiento.

Injusticia epistémica es todo daño que se produce en la circulación del conocimiento debido a la irrupción de prejuicios, desigualdades de poder y de posiciones sociales. Puede cometerse en el acceso a los recursos comunes, en el valor que tiene la palabra de cada persona, dependiendo de su posición social o colectivo al que pertenece, o en las cegueras voluntarias e ignorancias que están orientadas a no querer saber aquello que se tendría que saber. 

El caso de la fiscalidad de los youtubers puede ser un ejemplo interesante para analizar. El problema de las residencias fingidas, que intentan aprovechar para su beneficio, con ser un problema, es mucho menor que el daño que hacen sus ejemplos y mensajes al producir cegueras sobre el costo de los servicios públicos. La gente joven que los sigue centra su atención en su mensaje de la relación entre lo que ganan, lo que pagan y lo que reciben del estado, ocultando voluntariamente todo aquello que hace posible que esta gente pueda hacer negocio. Su caso es menor comparado con el de muchas empresas grandes y pequeñas que olvidan todo lo que la sociedad pone para que ellas puedan funcionar. Una sociedad no puede funcionar sin altas dosis de solidaridad entre sus miembros y cuando ocultamos el porqué de esa solidaridad estamos reforzando, con la injusticia epistémica, la injusticia general. 

No es simplemente un problema de la patente de la vacuna, lo es también de las formas de producción.

A.L.: Recientemente, el eurodiputado Marc Botenga pedía retirar las patentes porque estamos atravesando una situación pandémica absolutamente excepcional. He leído que la universidad de Oxford se comprometió a donar derechos de su vacuna y finalmente se los vendió en exclusiva a AstraZeneca. Teniendo en cuenta la inversión pública que ha habido, ¿no es esto una declaración de cinismo epistémico?

F.B.: El caso de las patentes es un buen ejemplo. Una patente es un derecho de propiedad sobre la producción que se obtiene haciendo público el diseño del artefacto patentado. Parece a priori un intercambio justo por el trabajo invertido en la investigación. Ahora bien, pensemos en la enorme cuantía de recursos financieros pero sobre todo cognitivos que se han movilizado para que los laboratorios puedan haber desarrollado estas vacunas. No han comenzado desde cero, han usado una inmensa cantidad de conocimientos que otros laboratorios y centros de investigación han compartido. Sus productos tan valiosos han sido posibles no solo por el esfuerzo de sus investigadores, sino por el de toda la comunidad científica y muchos estados. Es lógico que se plantee la posibilidad de negociar de múltiples formas los derechos de producción. Por cierto, no es simplemente un problema de la patente de la vacuna, lo es también de las formas de producción, pero en, fin, el problema es muy complejo. Se puede resumir, sin embargo, en la enorme contradicción que existe entre la producción del conocimiento científico y técnico, que en gran medida ocurre por un trabajo procomún en las complejas redes de investigación, y el uso y la apropiación privada de este conocimiento por parte de grandes poderes empresariales y plataformas informacionales. Un ejemplo muy gráfico es el de la propia comunicación científica: hace veinte años, prácticamente cada sociedad científica y cada universidad poseían revistas especializadas donde se comunicaban los resultados. Eran, más o menos, productos que apenas cubrían gastos, pero negociaban de una forma aceptable la relación entre el trabajo de investigación y control y el costo de la distribución. En el siglo XXI, unas cuantas multinacionales de la edición científica poseen todas las revistas a unos precios inasequibles no ya al público, sino incluso a las universidades y centros o a coaliciones de ellas. El trabajo de investigar no se paga, tampoco el de revisión por pares, pero la publicación, en múltiples casos, debe ser pagada por los investigadores, y por supuesto el acceso a esta información imprescindible. Esto es una injusticia epistémica como otras muchas.

El feminismo tuvo que pensar en su momento cómo plantear en su seno la cuestión de las divisiones raciales, de clase o de orientación sexual.

A.L.: Me entristece mucho cómo se está llevando a cabo el debate en torno a los derechos de las personas trans. ¿Tiene alguna explicación, desde un punto de vista epistemológico, para la incomprensión e intolerancia que se está produciendo? Judith Butler no ve problemático el término TERF porque, en esencia, designa lo que son: feministas excluyentes. 

F.B.: Vivimos un tiempo en donde los movimientos sociales que alcanzan cuotas altas de visibilidad y amenazan a las grandes desigualdades sociales se ven aquejados por fracturas que tienen en su origen fricciones con una base real, pero que la mayoría de las veces son magnificadas por los mecanismos de propaganda para desequilibrar y romper el potencial emancipatorio de estos movimientos. El feminismo tuvo que pensar en su momento cómo plantear en su seno la cuestión de las divisiones raciales, de clase o de orientación sexual, lo mismo que lo hicieron los movimientos de clase (recordemos los tiempos en que el Partido Comunista expulsaba a los homosexuales, como Gil de Biedma, por ejemplo). Estas fricciones son continuas y hay que pensarlas y reflexionar sobre ellas y no convertirlas en armas de destrucción masiva interna. En Estados Unidos hubo huelgas ocasionales promovidas por sindicatos durante la II Guerra Mundial para impedir que las personas de color se incorporasen a muchas fábricas. Esta triste historia de los movimientos de emancipación hay que conocerla para pensar con alcance histórico. 

Necesitamos lo que ahora se llama pensamiento interseccional, que no es otra cosa que la sensibilidad a las diferencias, el acoger lo extraño dentro de lo que es mayoritario, incluso aunque cree tensiones. En el caso de la controversia sobre las personas trans es importante bajar el souflé de lo que no es sino competencia neoliberal por llevar la pancarta. Lo que hay en juego es una necesaria reflexión social sobre el estatus de género, que no puede ser decidido simplemente por la biología. Escuchemos primero toda la larga experiencia de estas personas. Me horroriza ver cómo circulan memes y leyendas urbanas mientras se ocultan los matices, las cuestiones de fondo. Como otros movimientos sociales, como la propia democracia, también el feminismo debe aspirar a ser deliberativo más que exclusionario. Recordemos siempre el discurso de Sojourner Truth “¿Acaso no soy yo una mujer?”, reivindicando su derecho a ser tratada como tal y no simplemente como una negra. Ciento cincuenta años nos distancian de aquella reclamación y se repiten muchas veces las mismas actitudes. La cuestión de fondo no es tanto qué son las personas trans sino quién o quiénes deciden el género de una persona y sobre qué bases y con qué procedimientos; y, sobre todo, cómo se resuelven de forma adecuada los sufrimientos y exclusiones de estas personas. 

A.L.: Como profesor de instituto, reivindicaría una epistemología de género que dé espacio a Mary Wollstonecraft y a muchas otras pensadoras. En la historia de la filosofía que imparto en segundo de Bachillerato, no aparece una sola mujer. ¿Cuántas leyes educativas más necesitamos para que se acometa lo que salta a la vista?

F.B.: Es sintomático que el canon que establecen las universidades para las pruebas de acceso en filosofía no incluyan a ninguna filósofa. Por supuesto es una cuestión de leyes, pero aún más de metacegueras en las comunidades académicas para no ver (o no saber que no se ve) por qué esto es un problema. Primero por entender la historia de la filosofía como una historia de héroes y genios epistémicos (varones todos) y no como un largo trabajo común de la humanidad de poner la experiencia histórica en conceptos, y, segundo, por no entender la contribución de las mujeres a esta tarea común. Hay que agradecer infinitamente a tantas profesoras y profesores de instituto que con esfuerzo se salten el canon en sus clases todo lo que pueden sin poner en peligro las notas de los alumnos. Ciertamente, cambiar las inercias históricas y los programas es un proceso complejo, que entraña por ejemplo cuestiones económicas para las editoriales, y quizás mucho trabajo de negociación de nuevos temarios y estilos, pero yo creo que la comunidad filosófica de primaria y secundaria debería ponerse a trabajar ya sobre ello. 

En Atenas se deliberaba pública y democráticamente sobre los cargos técnicos como arquitectos, generales y en general los responsables de los bienes públicos.

A.L.: Últimamente se ha discutido mucho en torno a esa tramposa idea llamada meritocracia. Usted aboga, al final del libro, por constituir un demos donde todos seríamos expertos, una cualidad que se refiere, más bien, a una suerte de contrapeso necesario. No vislumbra una apropiación de lo público, sino una especie de conciencia comunera, del valor de lo común. ¿Cómo se logra esa conversión? De hecho, diría que hay cierta coincidencia con la propuesta asamblearia de Negri y Hardt, pero tampoco le parece del todo convincente.

F.B.: Ya se ha explicado de todas las formas posibles (en el último libro de César Rendueles por ejemplo) cómo la meritocracia es ciega a las desigualdades. La meritocracia nació como una idea republicana que parecía sustituir los privilegios sociales por el esfuerzo y la habilidad personal, pero lo cierto es que la base de comparación siempre se ha hecho sobre grupos en los que una parte sustancial de sus miembros han sido ya discapacitados socialmente. Los techos de cristal son la regla más que la excepción. Pensemos por ejemplo en el sistema de oposiciones que parece el caso más justo desde el punto de vista meritorio: notemos sin embargo las diferencias entre quienes pueden tener la posibilidad económica de dedicar un largo tiempo y permitirse un preparador de renombre y quienes no pueden. Lo inverso de la meritocracia ciertamente no tiene por qué ser la demagogia. La Atenas clásica deliberó mucho respecto a este problema, algo que no entendió bien Platón, el gran defensor de la epistocracia o gobierno de los “expertos”. En Atenas se deliberaba pública y democráticamente sobre los cargos técnicos como arquitectos, generales y en general los responsables de los bienes públicos. Y el resultado es que se equivocaban menos que otras sociedades más autoritarias. 

Sí, mi opción es la de hacer visible cuánto trabajo pro común hay detrás de lo que tenemos como recursos de todos, y promover su defensa y cuidado. No es solamente el neo-operaismo italiano, la premio Nobel de economía Elinor Ostrom también explicó muy bien cómo no podríamos entender nuestras sociedades sin todo ese trabajo en común. Respecto a las propuestas de Negri y Hardt hay muchas cosas aceptables y otras de mucha ambigüedad, pero ciertamente pertenecen a algo que por suerte empieza a ser de convicción común: que hay bienes que necesitan el concurso no egoísta para ser producidos, distribuidos, preservados. 

A.L.: He subrayado buena parte de su libro y me deja con deberes: no he leído nada de Miranda Fricker. Muchas gracias por ayudarnos a discernir el conocimiento adulterado y por este posibilismo epistémico que se abre ante mí.

F.B.: Muchas gracias a ti por estas palabras. Miranda Fricker es un ejemplo, como el de tantas otras autoras, de que las ideas más interesantes contemporáneas tienen origen de género (femenino). 

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