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18/07/2021 09:41 CEST | Actualizado 18/07/2021 09:41 CEST

Consenso

Necesitamos el de los grandes partidos. Consenso desde la discrepancia medida, la certidumbre de lograr una nación viable.

EFE
Pedro Sánchez y Pablo Casado.

En la Torá, Pentateuco del Antiguo Testamento, libro que venera mi condición judía, me cuesta atribuir el personaje de Adán y Eva a Sánchez y Zapatero, pues ambos son andinistas y feministas trasnochados. Con la fallida Ley Trans ignoro por completo cuál de ambos es Adán o Eva. Quizás nos encontremos con un presi y un ex presi que comparten ambos sexos. Con los dos nunca se sabe qué puede ocurrir, en nada, sobre todo cuando Zapatero, junto con Pumpido, lleva la negociación con los independentistas catalanes.

Cataluña siempre me retrotrae a la guerra civil. Lo que están ejecutando (ejecutando a los liberales catalanes desde el deceso cívico)  ahora los independentistas   ya lo intentaron antes de que estallase el fratricidio. Hemos idolatrado la Segunda República más allá de lo que dicta el sentido común. Cierto que fue democrática, y verdad que muchas de sus leyes no se aplicaban. En lo último radica su error. Cierto que Franco dio un golpe de Estado inadmisible que nos hundió en casi medio siglo de terror nacido del Estado. Cierto que en la guerra civil los dos bandos cometieron atrocidades, siendo mayores las de los golpistas al alargar la contienda un año más para la eliminación total y física del enemigo. Cierto, en mi opinión, que los argumentos anteriores acerca de la Republica, y otros de calado que ocuparían un ensayo, conducen a que en España el centro izquierda y el centro derecha no sean capaces ni quieran formar un gobierno de unidad nacional. Ahora resulta más imposible que nunca, al ser gobernados por un gabinete de extrema izquierda, mientras que el próximo será de extrema derecha. El que no lo entienda, que entre en la enciclopedia de espuma Wikipedia y repase los acontecimientos de la Segunda República y de la guerra civil, sumados los de nuestros pretéritos políticos e intelectuales de distintos signos. 

Necesitamos el consenso de los grandes partidos. Consenso desde la discrepancia medida, la certidumbre de lograr una nación viable, la posibilidad real de aplicar las leyes en Cataluña. Al cabo, necesitamos un gobierno de Unidad Democrática.

Escribiendo de dictaduras, en su primer pronunciamiento, la nueva portavoz del Gobierno ha evitado decantarse sobre las valientes manifestaciones de los cubanos que piden libertad a tan terrible autoritarismo. No lo ha hecho por reírle la gracieta de mal gusto a Podemos, que ha alabado al Gobierno cubano. El presidente, en su declaración, se limitó a no concretar: “Es evidente que Cuba no es una democracia… también tiene que ser la sociedad cubana la que encuentre el camino”. No mencionar que es una dictadura sería solo pasable, pero referirse a la sociedad cubana sin distinguir entre la sociedad ciudadana, la libertaria, y la política, la liberticida, representa un equilibrismo indecente de un presidente europeo y menos que socialista. La portavoz lo ha hecho porque en el pensamiento de Sánchez hay que llevarse bien con Venezuela, demostrado con la inyección económica a la línea aérea, Nicaragua, Bolivia y hoy Cuba, y entrar en la órbita de los caudillismos hispanos, puesto al que él aspira revistiéndolo de democracia moderada, en un momento en que no se aplican las leyes, los jueces miran hacia otro lado y encima, en una variante de nepotismo, la mujer del presidente dirige una patronal paralela.

Cuando está en el ejecutivo un partido único o unipersonal, del que se ha apropiado el Secretario General, esto infecta al ejercicio político, que deriva en el todo vale y que nos aboca a vivir sumergidos en una democracia degradada,  que denigra la convivencia de los ciudadanos buscando el conflicto perpetuo entre los propios ciudadanos. Que levante la mano el que no haya discutido de mala forma con sus mejores amigos por diferencias políticas. Nadie, o casi, la alzará. Antes no ocurría. A ese desierto de confusión, pensamiento y crujidos nos ha conducido Sánchez. Hay que expulsar a Sánchez del timón. Hay que expulsar a Abascal del futuro timón. Mediante las urnas.

En efecto, la verdad es revolucionaria, máxima que se cargó Lenin y al presente los podemitas y sanchistas. El problema, se equivoca Casado, no es Sánchez, sino la mayoría clientelar del PSOE, diseñada a la medida por Sánchez y Zapatero. Huele tan mal que puede que pese a perder Sánchez, tras el dominio de los congresos regionales, prosiga de Secretario General en la oposición. Lo indica su desmedida ambición de poder, que no su pésima gestión y la crisis de Gobierno. Vean la gestión de la curva de la nueva ola pandémica. Hay que aclarar que el nombramiento de tres ministras en el camino de cercanía al pueblo y en el rejuvenecimiento del gabinete resulta una majadería. Proximidad se le exige a los alcaldes y a los presidentes autonómicos. Aliento se le pide al presidente del gobierno; recuerden a Obama. Había candidatos ministeriales de palmaria experiencia; Sánchez los ha desdeñado y ha escogido a alcaldesas jóvenes. Para ser ministro hay que llevar pañales.

En nuestro partido, el santo humanizado Pablo Iglesias Posse se despedía en sus cartas a los compañeros con cultura y libertad o salud y libertad. Los dirigentes del PSOE, los nuevos y los menos nuevos, ni se han dignado a estudiar su abundante correspondencia y conferencias. Estos compañeros me producen vergüenza, ya hace demasiado que abandonaron los principios de la socialdemocracia. Un 40% de paro juvenil, que se dice con lagrimones pronto. Falta, de las escasas leyes, una centrada en la Formación Profesional. Lean ustedes la propuesta del PSOE referente al paro juvenil. Carece de fechas y aportación monetaria. Estas propuestas no desarrolladas se quedan en la fatuidad del artificio. Encima, se busca el plan del PP para resolver la acuciante angustia del desempleo juvenil y uno se encuentra con las misas vacuidades que discutían los persas al tiempo que Alejandro Magno estaba a las puertas de Babilonia.

Imbecilidad, elitismos, vanidad, ineficacia, van de la mano de todos los parlamentarios en los tres niveles. Se salvan muy pocos, y encima de salvarse siguen buscando un lugar bajo el sol de Sánchez o Casado. Ximo Puig, al que le profeso un aprecio personal, constata mi argumento. Aunque Ximo, buena gente, verá la atrocidad de Sánchez y cambiará de rumbo. O eso espero. Que me llaman iluso, vale. Mejor nos iría si esta desnortada clase política conservara algo de inocencia, lo que se traduciría en dignidad personal.

Una indignad mayúscula: “La mayoría de los niños que nacen en familias pobres serán pobres de adultos por mucho que se esfuercen”. Un anunció de la televisión que firma el Gobierno de España. ¿Y la escuela gratuita y becas universitarias? ¿Y la creencia férrea en el empuje, la voluntad y la inteligencia individual? Similares palabras aparecen en la novela Los santos inocentes, del maestro Delibes. Tomen nota de la frase del anunció gubernamental, opuesta a la bendita libertad,  una frase clasista y franquista.

Nota: Escribí aquí hace unas semanas que el estado de alarma, amén de ser anticonstitucional y una chapuza que nos costó en la primera ola más muertos que cualquier país de la OCDE, debía ser un estado de excepción, lo que obligaría a nuestras empresas a fabricar equipos EPI y respiradores. El TC ha derogado el estado de alarma afirmando que no fue suficiente, entre otros motivos. La ministra de defensa ha denunciado la falta de sentido de Estado del TC con sus elucubraciones doctrinales. Margarita Robles, de la que nunca se fio la generación de Suresnes, al declarar que el alto tribunal elucubra, utiliza mal el término, porque el alto tribunal no elucubra, dictamina, lo que significa que ella y sus compadres pretenden sustituir a los miembros del constitucional por adeptos soba lomos. Las declaraciones de la ministra, no mi sospecha,  representan otro ejemplo de la aspiración autoritaria del Gobierno Sánchez.

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