Cogí el coronavirus en marzo y sigo sufriendo sus secuelas

'Recuperarse' de la covid-19 no es un proceso en línea recta. En mi caso, el trayecto fue la dentadura de un cocodrilo.

Como nadadora en mar abierto, canoísta y yogui de 38 años, no me daba miedo el coronavirus. Pensaba que lo superaría sin problema y que el sufrimiento que pudiera causarme se compensaría al adquirir la inmunidad. Al fin y al cabo, todas las personas que conozco que habían tenido la enfermedad la habían superado en menos de dos semanas.

Sospecho que lo contraje en marzo, pocos días antes del confinamiento, cuando me empecé a sentir apagada, cansada y con un dolor de cabeza extraño. Pero fue el lunes de Pascua al mes siguiente cuando me di cuenta de que había perdido el olfato y el gusto. La semana siguiente fue como si tuviera una gripe común: dolores, fatiga y dolor de cabeza. Bebía muchos líquidos y me pasaba el día en el sofá. Al menos, pude tejer y hacer alguna videollamada, pero me agotaba enseguida.

Al séptimo día, las cosas se pusieron feas. No podía moverme, me despertaba en mitad de la noche empapada en sudor con la caja torácica dolorida, asustada, incapaz de respirar y con el suelo del cuarto de baño dando vueltas frente a mí, sufriendo alucinaciones en las que moría sola. Busqué información por internet, pero fue en vano. Me rendí y llamé a emergencias.

Llegaron los paramédicos, me hicieron un electrocardiograma y vieron que aunque mi respiración no era demasiado buena, mis niveles de oxígeno eran aceptables. Tomaron la decisión de dejarme en casa con un amigo llamándome cada hora para asegurarse de que seguía consciente. Vivo sola y nunca olvidaré el miedo que tenía de que me pasara algo.

Ese momento fue una lección de vida. Hablé sobre ello en Facebook y recibí un montón de ofrecimientos de ayuda y percibí la generosidad de la gente. Me empezaron a enviar comida casera y suministros de ayuda. Mis amigos me enviaban la compra a casa y mis vecinos me sacaban la basura. Fue una gran sorpresa contar con tanto apoyo y me consoló saber que la gente se preocupaba por mí. Al ocuparse los demás de mis tareas básicas, yo pude centrarme en la recuperación.

“Es difícil explicar cómo te sientes cuando estás atrapada durante varias semanas en un cuerpo y una mente que no responden bien”

Pasé un par de semanas descansando y después me dispuse a volver al trabajo y a socializar, pero mi mejoría iba muy lenta. Estaba siempre cansada, sentía presión en el pecho, tenía la voz ronca y me costaba respirar. No podía caminar ni permanecer de pie durante mucho tiempo, pero lo seguía intentando y dando por hecho que pronto estaría completamente recuperada.

Una noche, me fui a dormir relajada después de meditar, pero me desperté a las 2 de la mañana con una taquicardia incontrolable. Llamé a emergencias otra vez y esta vez sí que me ingresaron. Mi ritmo cardíaco en reposo era tres veces mayor de lo normal y me dolía el pecho como si me hubieran apuñalado. Pasé la noche en la Zona Roja (el ala del hospital reservada para casos de coronavirus) en una silla de plástico. Una vez que los análisis de sangre descartaron que estuviera sufriendo un infarto, el médico me dijo que probablemente había sufrido un ataque de pánico.

No tenía ni idea de que eso fuera posible mientras duermes, pero así es. Las noches eran lo peor: la dificultad para respirar me provocaba una ansiedad persistente que fácilmente se convertía en pánico. En una ocasión, tuve que dejar de correr y me puse a chillar en plena calle.

“Cada vez que intento hacer ejercicio, doy un paso atrás. Cuando tengo un buen día, funciono al 30% de mi capacidad”

El médico solo me dijo que necesitaba volver al trabajo “lo antes posible”. Como estaba desesperada por volver a la normalidad, decidí seguir su consejo, pero un día de trabajo me costó una semana en cama de lo extenuada que terminé. La triste realidad es que “recuperarse” de la Covid-19 no es un proceso en línea recta. En mi caso, el recorrido fue la dentadura de un cocodrilo. Tuve que renunciar a todos mis planes.

Como propietaria de mi negocio, no tener ni idea de cuándo vas a poder perseguir nuevas oportunidades fue preocupante. La cuarentena ya reduce mucho tu mundo, y si además no puedes hacer planes, te desanimas por completo.

A medida que pasaba el tiempo y las ayudas empezaron a disminuir, me sentí aún más aislada. No podía planificar mi futuro y me deprimí. Los días me resultaban soporíferamente similares y solo los diferenciaba por los síntomas que sufría, que no dejaban de cambiar: dolor de pecho, dolor de oído, niebla cerebral...

Mis familiares y amigos no lo entendían. Es difícil explicar cómo te sientes cuando estás atrapada entre cuatro paredes durante varias semanas en un cuerpo y una mente que no responden bien. La gente espera que te pongas bien, todos esperan un progreso. Cuando mi salud física y mental se degradó tanto que ya no pude cuidar de mí misma, un amigo se prestó a hacer las tareas que yo no podía: sacar la basura, cambiar las sábanas, cocinar... En estos momentos, cuando mi dignidad empezó a desaparecer, caí al peor estado de salud que he tenido en mi vida.

“Estoy en una especie de purgatorio debatiéndome entre vivir y sobrevivir”

Llevo 7 semanas con la Covid-19 y recuerdo el confinamiento como un crepúsculo neblinoso suspendido en el tiempo por un virus cuyas largas zarpas me siguen acosando. He intentado hacer una “recuperación activa”: evitar el alcohol, tomar vitaminas, comer verdura y hacer ejercicios de respiración para limpiar mis pulmones, pero he renunciado a hacer ejercicio físico. Cada vez que intento hacer ejercicio, doy un paso atrás. Cuando tengo un buen día, funciono al 30% de mi capacidad.

Por ahora estoy en una especie de purgatorio debatiéndome entre vivir y sobrevivir. Todo lo que podría haber hecho llevadera mi cuarentena (nadar o una rutina de trabajo) ya no son una opción. Lo único que puedo hacer es seguir teniendo paciencia.

Sé que formo parte de una creciente minoría. Estoy en un grupo de WhatsApp con personas de entre 30 y 50 años que están en distintos puntos de este mismo camino, algunos más avanzados que yo. Es útil compartir consejos prácticos y contar con su apoyo emocional, pero sigo asustada. ¿Mejoraré? ¿O así va a ser mi vida a partir de ahora? ¿Recaeré en algún momento?

Lo que más miedo me da es que no hay respuestas. La Covid-19 es una enfermedad nueva que la ciencia está tratando de comprender. Hasta ahora solo podemos escuchar los testimonios de personas que se han curado y aplaudir a los que no han fallecido.

¿Y qué hay de nosotros, los que nos hemos perdido por el camino y no sabemos si nos curaremos, cuándo llegará ese momento o cómo será nuestra nueva salud y calidad de vida?

Este post fue publicado en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.