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05/07/2020 07:12 CEST | Actualizado 05/07/2020 07:12 CEST

'Corpus' y 'Renacimiento', lo que importa sucede en escena

Dos montajes que coinciden en los Teatros del Canal, que hacen olvidar el control de temperatura para entrar, las molestas mascarillas, las butacas vacías. Porque lo importante es lo que sucede en escena y en directo.

La vuelta al teatro de Xavier Bobés y de La Tristura siempre es noticia. Lo hacen cada cual con un espectáculo diferente. El primero llega al escenario de la Sala Roja de los Teatros del Canal con un espectáculo para 25 personas (ya no hay entradas, claro) llamado Corpus. Y los segundos a la Sala Verde con Renacimiento (hasta el 12 de julio). Y allí nos (re)encontramos todos. No solo porque hace tiempo que no se tiene la oportunidad de estar en un teatro, sino porque son dos espectáculos que hay que ver. Dos espectáculos que juegan un teatro radicalmente distinto el uno del otro.

Mientras Corpus de Xavier Bobés apuesta por la poesía culta y exquisita para un reducido número de espectadores, Renacimiento de La Tristura apuesta por lo grande, un gran montaje, con mucho figurante y un final de musical, con un gran cuerpo de baile, que estaría llamado a dar un grand finale al espectáculo.

Mientras Corpus es introspectiva, etérea y se refugia en el espíritu, Renacimiento apuesta por lo terrenal. Por cosas más concretas, como serían el trabajo, el amor, la amistad y el compañerismo, lo que no quiere decir que sean menos importantes. Sin embargo, los extremos se tocan. En este caso, se tocan por el trabajo que hacen con la luz y por el gusto musical que hay en ambas propuestas.

Corpus, como ya se ha dicho, es un trabajo poético que empieza con un juego. El hermoso juego de recomponer un cuerpo fragmentado. Trozos o pedazos que, dependiendo de la perspectiva, hacen que unos pies pegados a una pantorrilla recuerden a dos copas o pequeños vasos de cerveza. O que la pieza que forma la parte baja del tronco, parezca una tetera y Xavier Bobés, tan concentrado en lo que hace, un relajado sombrero loco, sacando conejos (y otros animales) de una gigantesca chistera color tierra que es el escenario.

Un espectáculo lleno de hallazgos visualmente bellos. Desde esos dientes de león flotando en el aire a los pequeños pájaros que dispone sobre manos que se alzan al cielo como queriendo atraparlos. Sí, todo es hermoso y barroco. Hasta la música en directo que la acompaña y esos versos que la chelista recita.

Sin embargo, si se es capaz de tomar distancia, esa belleza barroca y a la vez zen, parece contar poco o demasiado. Poco, si se piensa en términos del hombre, su cuerpo, frente a la naturaleza. Demasiado, si se piensa en la cantidad de elementos que llega a poner en escena en apenas 50 minutos y la cantidad de imágenes que es capaz de (re)crear, incluso introduciendo un descanso o interludio musical. Entremedias se echa en falta el misterio, la oscuridad y la luz que alentase este espectáculo. Lo que palpita. La vida.

Renacimiento, también es bella. Pero su belleza es mucho más difícil de apreciar. ¿Qué belleza hay en una recreación convencional y antigua de Ricardo III dispuesto a cambiar su reino por un caballo? ¿Y en desmontar el escenario después de su representación? ¿Y en una asamblea de trabajadores (qué bonito homenaje a Numax-Fagor-Plus de Bernat)? ¿O en una conversación entre colegas que se hacen confidencias mientras trabajan? ¿O en una coreografía de conjunto como muchas de las que se pueden ver en Got Talent de TeleCinco?

Es todo cotidiano. Muy de andar por casa y en zapatillas. Gente corriente, con trabajo algo precario y, por suerte, con derechos. Los derechos que se adquirieron tras la muerte de Franco. Espectáculo dicho y hecho a la manera que se hace hoy el teatro (y un cine como el de Jonás Trueba). Un decir fresco, naturalizado y, a veces, poco vocalizado.

Una obra que por momentos recuerda a los Garriris de Mariscal, esa pareja que daba la espalda o el perfil al lector y hablaba o simplemente se acompañaban mirando la luz del mar. Pareja que en este caso se reescribe probando la maqueta de luces de una obra de teatro que van a montar dos personajes. Un universo lleno de figurantes anónimos que ni siquiera tienen texto, que acaba en una coreografía llena de energía y vitalidad. Llena de cuerpos y de vida.

Curiosos montajes que coinciden en los Teatros del Canal que va a programar este verano como si no hubiera pasado nada. Montajes que hacen olvidar el control de temperatura para entrar, las molestas mascarillas, las butacas vacías. Porque lo importante es lo que sucede en escena y en directo. Y lo que sucede son dos poemas. El que escribiría alguien inspirado por Garcilaso o los poetas isabelinos, en el caso de Corpus, frente al que escribiría alguien inspirado por Gloria Fuertes o Wislawa Szymborska, en Renacimiento. Qué más da, todo es poesía.

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