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16/04/2019 07:44 CEST | Actualizado 16/04/2019 07:44 CEST

Cosas de la "externalización"

Getty Images
Manos de una mujer mayor en una residencia. 

De cuando en cuando, mucho más a menudo de lo que nos gustaría a nadie, nos sacude una de esas noticias que, durante unos días, son protagonistas absolutas de las conversaciones en casa, en el trabajo, en el bar… Han denunciado maltrato en una guardería, o se han intoxicado los niños del comedor escolar de tal o cual centro; o nos sirven la imagen de un repugnante plato destinado a un enfermo del hospital de turno. O se cae un puente o se avería un tren el día de su inauguración.

O, como el último caso conocido, nos llegan hasta las entrañas las imágenes grabadas por un familiar de un anciano en una residencia madrileña, en la que se zarandea, se insulta y se maltrata sin piedad a una persona indefensa atada a una silla de ruedas.

En todos los casos, salvo alguna honrosa excepción (que no tengo el placer de conocer), hablamos de empresas privadas, de servicios “externalizados”, que ya se nos había olvidado la palabreja tan de moda al inicio de la crisis, cuando no se privatizaba nada pero se externalizaba todo, a mayor gloria de amiguetes y empresarios sin escrúpulos, que igual pujaban en concursos públicos más o menos legales, por una carretera que por una residencia de enfermos mentales y hasta por una biblioteca pública (sí, una biblioteca).

Como no he perdido la capacidad de asombro (todavía), y no será por falta de oportunidades, me sigue llamando poderosamente la atención que una gran constructora, de esas del IBEX, se quede en un modesto ayuntamiento con el servicio de ayuda a domicilio, pongo por caso; o con la oficina de turismo o la casa de acogida de mujeres maltratadas. Y que lo hagan por un precio absolutamente ridículo, de esos que echas cuentas y no te salen, porque con ese dinero no se puede contratar profesionales, dar de comer a residentes y demás gastos propios de la contrata.

Da igual que se llame privatización o externalización. Da igual, cuando le añadimos dejación de funciones.

Hasta que pasan estas cosas. Hasta que te cuentan que no hay pañales suficientes para los mayores, o que si un niño vomita un yogur no hay otro para sustituirlo, o que el psicólogo, la trabajadora social, los limpiadores y hasta los médicos, están contratados por un par de horas o por 600 euros. Y así cuadra todo.

Las administraciones se quitan “el muerto” de encima y las empresas ganan dinero a espuertas. Que el capitalismo salvaje es lo que tiene, la vida humana, con todos sus matices, al servicio del enriquecimiento de unos cuantos.

No tengo nada contra la empresa privada, y puedo entender que el Estado, garante de nuestro bienestar, no pueda llegar a todas partes. Pero es injustificable que todo valga, y más en materia tan sensible. No sé si sigue existiendo eso de la baja temeraria en los concursos públicos, ni si se realizan, a todos los niveles, las necesarias inspecciones cuando hablamos de servicios que hemos delegado en otros.

Y con todas las maldiciones hacia los especuladores, los que desprecian a las personas para engordar sus bolsillos, tengo claro que aquí falla el Estado, la comunidad autónoma o el ayuntamiento de turno que ve más fácil ahorrarse un euro, y luego mirar hacia otro lado,  que cumplir la misión de velar por sus administrados.

Da igual que se llame privatización o externalización. Da igual, cuando le añadimos dejación de funciones. El cóctel perfecto.

 

Este post se publicó originalmente en el blog de la autora. 

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