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28/05/2019 07:34 CEST | Actualizado 28/05/2019 07:34 CEST

"Credihabilidad"

Si en algo demuestra el machismo su habilidad para condicionar la realidad, es en su capacidad de jugar con la credibilidad de las palabras para darle el significado necesario a los acontecimientos, de manera que todo encaje en su forma de entender y presentar esa realidad.

El machismo actúa como un malabar de todo lo que nos rodea para que nunca parezca que está donde está, y como el prestidigitador que es capaz de hacer desaparecer la palabra de los labios de una mujer, al tiempo que se saca otra de la chistera para ponerla en sus labios y lanzar un mensaje diferente.

Esa capacidad es la que permite que un bulo como el de las “denuncias falsas en violencia de género”, que representan el 0’0075%, como ha demostrado la FGE, siga repitiéndose y se diga que suponen el 80%, y hacerlo con un argumento tan débil y pueril como afirmar que todo lo que no termina en sentencia condenatoria es denuncia falsa. La misma situación que ocurre ante las agresiones sexuales, ya se ha creado el marco para que lo primero que suceda ante una denuncia sea cuestionar a la víctima de forma progresiva, de manera que cuando supere un nivel de cuestionamiento se encuentre con otro: primero se niega que hubo una relación sexual, después se dice que fue consentida, más adelante que la denuncia es falsa, o que no se defendió lo suficiente, o que no huyó...

Y todo ello sucede en un contexto en el que 60 mujeres de media son asesinadas al año por sus parejas o exparejas, 600.000 son maltratadas, y más de 1.200 mujeres son agredidas sexualmente, aunque si se consideran todos los delitos “contra la libertad y la indemnidad sexual”, sufridos fundamentalmente por mujeres, los casos anuales superan los 12.000. ¿Cómo es posible que ante una realidad tan objetiva y amplia, se pueda cuestionar su existencia y dudar de las mujeres que habiéndola sufrido acuden a las instituciones para que se responda ante ella? 

La respuesta es sencilla: porque las referencias que dan lugar a esa realidad son las mismas que se utilizan para interpretarla, darle significado y responder en consecuencia. Se trata de conductas individuales que se llevan a cabo sobre referencias comunes integradas a partir de una serie de mitos y estereotipos construidos por la misma cultura que da lugar a la “normalidad” definida por esa sociedad, y a las identidades que llevan a hombres y a mujeres a entender que determinados comportamientos están “justificados” por argumentos precocinados listos para ser incorporados al microondas de la información cuando haga falta servirlos ante un caso en particular.

Al final todo encaja, las mujeres son malas y perversas y denuncian a los hombres que se acercan a ellas para beneficiarse por medio de “denuncias falsas”.

¿Han escuchado alguna vez que cuando un joyero sufre una agresión durante un robo, el joyero había provocado al ladrón al poner un escaparate lleno de joyas y relojes de lujo? Pues en las violaciones y agresiones sexuales es habitual utilizar el argumento de la “provocación de la víctima” para justificar y llegar a decir que es una denuncia falsa.

Al final todo encaja, las mujeres son malas y perversas y denuncian a los hombres que se acercan a ellas para beneficiarse por medio de “denuncias falsas”

¿Han leído alguna vez que cuándo un cliente sufre una intoxicación alimentaria en un restaurante la culpa es suya por haber pedido ese plato, o que en realidad lo que busca es no pagar la cuenta y simular la sintomatología? Pues es un mensaje que se lanza con frecuencia en violencia de género.

¿La han dicho en alguna ocasión que como ha habido casos en que policías o guardias civiles han estado implicados en algunas tramas de narcotráfico, se puede concluir que la mayor parte de la Policía o la Guardia Civil forman parte de mafias narcotraficantes? Pues es el razonamiento que hacen desde el machismo ante algunas conductas delictivas llevadas a cabo por mujeres.

Podríamos seguir con ejemplos que demuestran cómo el significado que se da a la violencia de género es completamente diferente al que se da ante otros hechos criminales, y cómo el relato que se hace de la violencia que sufren las mujeres es coherente con la idea previa que ha creado de ellas la misma cultura que las considera malas, incapaces, desalmadas y perversas; de lo contrario no sería posible que una realidad que niega ese relato falaz y una historia que confirma el presente pudieran ser negadas. 

Podríamos seguir con ejemplos que demuestran cómo el significado que se da a la violencia de género es completamente diferente al que se da ante otros hechos criminales.

Y sin duda, una de las claves para lograrlo es quitarle la palabra a quienes pueden contar lo sucedido, negarle la credibilidad a las mujeres que viven la violencia a partir del propio contexto de significado que han creado con esa cultura machista. El resultado es objetivo: si las mujeres no fueran “malas y perversas” no sería creíble que denunciaran en falso a los hombres, ni que los hechos que protagonizan algunas mujeres, bien en forma de violencia o de esas denuncias sin base real, puedan generalizarse y hacer creer que se trata de “la mayoría” con el objeto de crear una nueva realidad con dos dimensiones: la creencia de que las mujeres son tan violentas como los hombres, y además más perversas por denunciar falsamente, y la negación de la violencia que sufren ellas por parte de los hombres. 

El último ejemplo lo tenemos en el caso de la mujer de Ponferrada que ha utilizado “burundanga” contra varias personas en para robarles 41.000 euros. Unos hechos con dos referencias claras que marcan su significado:

  1. El primero de ellos es la forma de presentar lo ocurrido a través de los titulares aparecidos en los principales medios, que lo definen como “una mujer que envenena a siete hombres”. Definir el uso de la burundanga como “envenenamiento” ya sitúa la conducta en un contexto de significado asociado a la idea tradicional de las “mujeres envenenadoras”. Cuando un hombre utiliza la burundanga contra una mujer para agredirla sexualmente nunca se dice que la “envenena”, se habla de que “la puso en la bebida”.
  2. El segundo es la credibilidad de las víctimas. En ningún momento se ha cuestionado que los hombres intoxicados mintieran, ni se ha dudado de que realmente haya existido un robo después de ver cómo alguno de ellos entraba en un cajero automático y marcaba por sí mismo el PIN para sacar dinero con la tarjeta. Nadie los cuestiona ni dice que no es compatible la intoxicación, la conducta seguida, tan compleja como para entrar al cajero y sacar dinero utilizando la clave memorizada, y el posterior olvido de lo ocurrido o su recuerdo parcial. Sin embargo, cuando una mujer denuncia que ha sido agredida sexualmente bajo una intoxicación y que no recuerda muy bien cómo transcurrieron los hechos, se duda sistemáticamente de la veracidad de sus palabras, y se dice que es incompatible una intoxicación con lo relatado por ella en la denuncia.

Al final todo encaja, las mujeres son malas y perversas y denuncian a los hombres que se acercan a ellas para beneficiarse por medio de “denuncias falsas”, y los hombres son buenos pero acaban traicionados por ellas para quítales la casa, los hijos, la paga y la libertad.

Lo terrible de esta construcción del machismo no sólo está en ese significado que se le da a la realidad, sino que a partir de él ni siquiera se investigan los hechos denunciados para demostrar que la realidad es falaz y que las mujeres no denuncian falsamente a los hombres.

Esa es su habilidad, la capacidad de jugar con la credibilidad de las mujeres para que la única realidad aceptada sea la que se define desde el machismo en cuanto a sus acontecimientos y a su significado.

 

Este post se publicó originalmente en el blog del autor. 

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