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24/08/2019 10:06 CEST | Actualizado 24/08/2019 10:06 CEST

Cristina Fallarás da voz a los millones de testimonios de violencia y abusos sexuales contra la mujer

"En la pantalla, la fotografía de una polla. De un diputado y alto cargo del partido. En mi móvil".

Por Cristina Fallarás

 

¿Por qué tres millones de mujeres participan en solo dos semanas en el relato de la violencia que sufren y han sufrido? Ahora que los tiempos empiezan a ser otros para las mujeres, más justos e igualitarios, son muchos los testimonios que muestran la vida cotidiana difícil, complicada y, a veces extrema, que llevaban, o llevan aún. Sobre todo en lo relacionado con maltratos, abusos y/o agresiones sexuales, violaciones y asesinatos y malas prácticas laborales. La periodista y escritora Cristina Fallarás se incorpora al catálogo de Nuevos Cuadernos Anagrama con un tema primordial: Ahora contamos nosotras. #Cuéntalo: una memoria colectiva de la violencia. La obra analiza y reflexiona sobre los testimonios que surgieron tras la convocatoria que impulsó en abril de 2018 bajo el hashtag #Cuéntalo luego de leer un artículo de la escritora catalana Bel Olid que hablaba de los abusos sexuales que sufrió.

Cristina Fallarás da voz a los millones de testimonios de violencia y abusos sexuales contra laWMagazín publica en primicia un capítulo clarificador de lo citado arriba y un vídeo de Cristina Fallarás leyendo un pasaje de su Cuaderno Anagrama en el acto de WMagazín Avances literarios de viva voz, el 15 de junio de 2019 en la Feria del Libro de Madrid, donde participaron otros cuatro autores. (Puedes ver en este enlace el vídeo y avance de José Ovejero publicado en esta revista). Ahora contamos nosotras llegará a las librerías el 19 de septiembre.

Cristina Fallarás da voz a los millones de testimonios de violencia y abusos sexuales contra la

La plataforma proyectocuéntalo.org consiguió movilizar a más de tres millones de personas en tan solo diez días. Mujeres y hombres de España y América Latina -principalmente- se atrevieron a contar casos de abuso y violencia machista en primera y tercera persona (en nombre de aquellas que no sobrevivieron para contarlo). Fallarás dijo en el acto de WMagazín: “A través de las redes sociales, creamos memorias colectivas ‘nuevas’ que nos habían sido hurtadas por las instituciones, por los funcionarios y por los medios”. Y agregó que “hay un montón de colectivos que no han estado representados en los medios de comunicación, porque a los medios de comunicación no les ha dado la gana. De repente nos ha salido el ‘Valle de los caídos’, de repente nos ha salido una ‘manada’, de repente nos ha salido la familia de Franco o cosas así que da la casualidad de que llevaban toda la vida ahí y nadie se había dado cuenta”.

A continuación puedes ver el vídeo de la lectura y un pasaje de otro capítulo de Ahora contamos nosotras:

Cristina Fallarás en el acto de WMagazín en la Feria del Libro de Madrid 2019 lee un pasaje de su libro ‘Ahora contamos nosotras. #Cuéntalo: una memoria colectiva de la violencia’ (Anagrama).

 

‘Ahora contamos nosotras. #Cuéntalo: una memoria colectiva de la violencia’ (Anagrama)

Por Cristina Fallarás

La foto

El martes 5 de mayo de 2015, el periódico francés Libération abría su edición a toda página con el titular BAS LES PATTES!, lo que vendría a significar “¡Quítame las manos de encima!”. Cuarenta periodistas de los principales medios de comunicación del país habían decidido publicar un manifiesto titulado Nosotras, periodistas políticas y víctimas del sexismo. Denunciaban que bajo los gobiernos de Sarkozy y Hollande no habían cambiado las prácticas de la “Generación Giroud”, en referencia a Françoise Giroud, fundadora en los años cincuenta del semanario L’Express, quien consideraba que una mujer tenía más “armas” para conseguir sacarle información a un político. Las escenas descritas en el manifiesto, sesenta años después de aquella época, no sorprendieron en el entorno periodístico, pero tampoco en el político. Entre otras basuras, denunciaban el caso de un diputado que les pasaba la mano por el pelo para darles la bienvenida, y el de otro que espetó a unas periodistas que aguardaban su llegada: “Parecéis prostitutas a la espera de un cliente”, o el de un político que dio la palabra a una periodista y no a otra porque consideraba, y así lo dijo, que “llevaba un vestido muy bonito”. Además, todas las propuestas de citas, copas, cenas a cambio de información. No era nada nuevo, ni en el periodismo, ni en la sanidad, ni en las finanzas, ni… La novedad residía en que las cuarenta periodistas se lo habían dicho primero a sí mismas, luego se lo habían comentado a otra y a otra y a otra, y así hasta al menos cuarenta colegas de profesión, que se habían planteado tomar medidas. Las medidas fueron redactar un manifiesto conjunto y publicarlo en la primera página de un periódico. Algunas no se sumaron, y un puñado de las que sí lo hicieron renunciaron a dar su nombre, conscientes de las represalias que vendrían después.

Pero el día en que llegó la foto a mi teléfono faltaban aún muchos años para que sucediera todo aquello.

Eran las dos de la madrugada y trabajaba en la sección de política del diario El Mundo. Corría 2002 o 2003, yo estaba en la treintena, aún no tenía lo que se llama en la profesión “agenda” y mi madre se sentía ya por fin orgullosa de su hija.

No tener agenda significa que no tienes contacto directo –teléfono, confianza, etcétera– con políticos, jueces, empresarios ni bocachanclas en general. Y eso es un problema. No tener agenda cuando trabajas en política viene a ser lo mismo que presentarte a una boda en pelotas. Aunque te escondas detrás de un árbol, vas a tener que acabar asomando la cabeza. En las redacciones manda la promiscuidad entre los redactores y redactoras y los llamados “poderes del Estado”, algo que yo no había practicado en mis quince años de vida periodística. No por un delicado prurito profesional, sino porque hasta ese momento me había dedicado a temas relacionados con la delincuencia, la pobreza, los movimientos vecinales, la prostitución… O sea, a la calle. Por eso una de mis primeras tareas, desde un mes antes de aquellas dos de la madrugada, había sido reunirme con líderes políticos y demás pomadilla fatua para presentarme y pedir teléfonos de contacto.

“En la pantalla, la fotografía de una polla. De un diputado y alto cargo del partido. En mi móvil”.

Aquella noche ya contaba con una “agenda” si no exhaustiva sí selecta, para lo que había tenido que soportar un paquetón de comidas tediosas con hombres convencidos de las virtudes de su conversación y sus relamidas frivolidades, además de flirteos, invitaciones alcohólicas, miradas abiertamente libidinosas, manos distraídamente apoyadas en mi brazo y gestos de ir a retirarme ese mechón de la frente.

Total, que eran las dos de la madrugada en mi “agenda” cuando sonó el aviso de un mensaje en el móvil. Tenía treinta y cinco años, un buen cargo en el segundo diario del país y el convencimiento de haber obtenido finalmente la confianza de mis progenitores, a quienes había dejado en Zaragoza dos décadas atrás. Lo único que no tenía era experiencia en esas lides y los mensajes que había recibido hasta entonces a esas horas procedían de alguna amiga suplicando un refugio para llorarnos una mala noche. Sin embargo, yo ya no era una amiga de juergas y el mensaje procedía de uno de los altos cargos de un partido, destacadísimo diputado y veterano político catalán. Por eso no corrí a leerlo.

Me senté en la cama y permanecí unos minutos mirando el aparato mientras sopesaba todas las posibilidades: un atentado terrorista, una catástrofe natural, un incendio devastador, un asesinato, el derrumbe de un edificio o una declaración de guerra. Cuando un alto cargo le manda un mensaje a una periodista de un diario de tirada nacional a las dos de la mañana, recuerdo que pensé, más vale temple y tener a mano las botas de echar a correr. Y también: ¿por qué me tiene que pasar esto a mí ahora? Y también: si se trata de una hecatombe, ¿debería llamar al director pese a la hora o tratar de solucionarlo yo sola?

No hay respuestas para ese tipo de preguntas, así que cogí el móvil como si fuera un animal peligroso, comprobé que el remitente era quien era y abrí el mensaje.

Abrí el mensaje, pegué un grito, noté cómo la mitad de la sangre de mi cuerpo me subía a la cabeza y dejé caer el aparato al suelo.

En la pantalla, la fotografía de una polla.

La fotografía de la polla de un hombre sostenida con su mano izquierda mientras con la derecha tomaba la foto, desde arriba, a una altura suficiente para que se viera el pene entero, la mano que lo sostenía y de fondo la taza de un retrete.

La polla entera.

De un diputado y alto cargo del partido. En mi móvil.

Oh, mi agenda.

Si tienes agenda y la agenda es lo más grande que puedes tener en tu profesión y acabas de empezar y el diputado de tu agenda la aprovecha para mandarte la foto de su polla pasa lo siguiente:

1. Que ya no vuelves a llamarle nunca más, aunque lo necesites perentoriamente.

2. Que no contestas a sus llamadas ni aunque vaya en ellas la más suculenta exclusiva de la década.

3. Que evitas acudir a las ruedas de prensa de su partido y de su grupo parlamentario para no encontrártelo.

4. Que cuando tu jefe te manda hacerle una entrevista le dices que mejor promocionar a una de las jóvenes promesas de la redacción.

5. Que tu jefe llega a la conclusión de que o bien eres inútil o bien eres idiota.

Corría 2002 o 2003 y yo tenía una agenda con una polla dentro y cuarenta estrategias de huida minuciosamente planeadas. El año 2003 no consta como una fecha para el recuerdo del avance feminista en España, ni de eso que ha dado en llamarse “sororidad”.

Más bien era el tipo de fecha en la que tú le comentabas a tu compañera en la redacción “El diputado Tal me ha mandado una foto de su polla” y la tipa respondía “No me jodas que te estás tirando al diputado Tal” o “Joder, tía, no mezcles el sexo con el curro” o “Eres más puta que las gallinas”.

Y punto.

La clave está en las cuarenta periodistas francesas y su forma de narrarse en público. Si su manifiesto se hubiera publicado antes del día en el que recibí la polla del diputado, yo habría tenido armas para responder al “más puta que las gallinas”. Y, lo que es muchísimo más importante, habría entendido lo que me acababa de suceder. O sea, que no era la única periodista en el mundo a la que le mandaban una polla o le tocaban la pierna, que no era imprescindible aceptar varias copas para conseguir un contacto, que se puede plantar cara a un jefe si considera que todo lo ocurrido es culpa tuya.

Se llama “mecanismos de identificación”.

 

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