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Esto es lo que pasa cuando das a luz a un bebé enorme que se queda atascado en el parto

Alguien corrió para coger la báscula y, aunque yo aún estaba aturdida, al oír cómo se reían supe que todo había salido bien.
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Danielle Bodicoat y su hijo.
Danielle Bodicoat y su hijo.

Ya estaba acostumbrada a dar a luz a bebés grandes, pero el tercero se llevó la palma. Los dos primeros pesaron 4,5 y 3,8 kilos, respectivamente, y por entonces, había leído un montón de historias terroríficas sobre partos de bebés grandes. No eran muy halagüeñas, la verdad. No obstante, pese a que tuve alguna complicación, me gustaría decir a las mujeres que no todo es tan terrible como lo pintan esas historias.

Durante mi tercer embarazo, ni siquiera engordé mucho. Por irónico que parezca, mi peso se había frenado en comparación con lo que marcaban las tablas, por lo que me adelantaron dos semanas una ecografía y descubrieron que mi bebé ya pesaba más de 4 kilos, el primer indicador de que iba a ser muy grande. Sin embargo, no estaba ni sorprendida ni preocupada a esas alturas.

Al descubrir que mi bebé iba a ser tan grande, me citaron con el médico. Me hablaron de los riesgos, como la distocia de los hombros, que es cuando sale la cabeza del bebé, pero uno de sus hombros queda atascado detrás del hueso púbico. El bebé puede perder el suministro de oxígeno muy rápido y, si se daba el caso, la sala se llenaría de personal médico para sacar al bebé, aunque fuera rompiéndole un hombro. Ahí sí que empecé a preocuparme un poco.

Mi hijo nació 10 días tarde. Yo estaba en casa acostando a mis otros dos hijos a eso las 7 de la tarde y, cuando subí las escaleras, sentí algo que me pareció una contracción, pero decidí ignorarlo, ya que había sufrido contracciones de Braxton Hicks durante semanas, así que lo asocié a lo mismo. En poco tiempo, se fueron intensificando y no pude seguir ignorándolas. Mis partos también eran muy rápidos, así que supe que era una posibilidad.

Mi pareja y yo llamamos a mi madre para que cuidara de los niños y, en cuanto llegó, nos dijo que llamáramos al hospital; ya solo pasaban dos minutos entre contracciones.

Eran las 8 de la tarde cuando llegamos. La matrona me hizo un examen previo y se marchó para leer mi informe, pero la tuve que llamar casi de inmediato porque ya sentía ganas de empujar. Resultó muy doloroso, y ahora ya sé por qué, pero también se debió a que todo sucedió muy rápido.

“Era una imagen horrible. Estaba azul, tenía los ojos cerrados y no hacía ningún ruido. La sala entera se quedó en silencio.”

Mi matrona era muy de la vieja escuela. Muy directa, estricta y mandona, se podría decir, pero es lo que necesitaba para superar el aturdimiento que tenía (y se disculpó después por haber sido tan dura).

Estaba feliz por encontrarme en la unidad de maternidad que había planeado y por llegar a la piscina de partos pese a que me habían dicho que no podría dar a luz en el agua. Durante el trabajo de parto, le dije a mi marido que necesitaba empujar, así que tuvo que ir a buscar a la matrona, que estaba fuera de la sala comiéndose un sándwich. Llegó justo cuando la cabeza salía con facilidad.

Pero entonces se atascaron los hombros.

Me asusté. Era justo lo que me habían contado y nunca me había sucedido en los partos anteriores, por eso pensaba que en este tampoco me pasaría. “No sé si ayuda, pero tiene el pelo negro”, me dijo mi marido. Los dos primeros eran pelirrojos.

La matrona le pidió que pulsara el botón de emergencia y la habitación se llenó de personal de reanimación. Me alegró que me hubieran avisado de que podía pasar, porque así mantuve la calma. “Tenemos que sacar al bebé ahora mismo”, me decía la matrona, pero a estas alturas no podían sacarme de la piscina. Me sostenían en alto para mantener la cabeza de mi bebé fuera del agua y que no se ahogara.

Mi cabeza vagaba por todas partes y mi matrona se estaba poniendo más firme. No creí que me quedaran energías, pero tenía tanto miedo de lo que podía suceder si no lo sacaba que ni siquiera habría necesitado que intervinieran. Apoyé los codos en la piscina y empujé con todas las fuerzas que me quedaban. Salieron los hombros y, a mis espaldas, el equipo preparó todo para la llegada de mi hijo.

En cuanto sus hombros se deslizaron hacia el exterior, el resto del cuerpo salió seguido, pero estaba completamente enrollado en su cordón umbilical. Era un cordón muy largo y lo tenía alrededor del cuello y los hombros. Era una imagen horrible. Estaba azul, tenía los ojos cerrados y no hacía ningún ruido. La sala entera se quedó en silencio.

La matrona cortó el cordón de inmediato y le pasó el bebé al equipo de reanimación. Recuerdo cuando escuché su llanto, largo, potente y enojado unos minutos después y fue maravilloso. Alguien corrió para coger la báscula y, aunque yo aún estaba aturdida, al oír cómo se reían supe que todo había salido bien.

Me sacaron del agua y pude cogerlo en brazos por primera vez. Fue reconfortante saber que aunque había tenido un bebé grande (5 kilos) y no había ido según lo planeado, había tenido el parto que deseaba.

Mi consejo:

Recurrir a mis mantras me ayudó mucho. Uno de los que me dijo mi madre me sirvió de mucho. Es el siguiente: “Con cada contracción estoy un paso más cerca de conocer a mi bebé”. ¡Y me dijo unos cuantos más!

Puedes seguir el blog de Danielle Bodicoat, Snatched Words, donde comparte sus consejos y sus formas de inspirarse para madres con empleo.

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Reino Unido y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.