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04/09/2020 11:05 CEST | Actualizado 04/09/2020 11:05 CEST

Cuarto y mitad de palabras

Y Lavapiés dejó de agonizar para albergar cien mil vidas a cuál más fascinante, a cuál más dolorosa.

Carlos Alejándrez “Otto”

Aún recuerdo cuando Lavapiés era un barrio viejo, habitado por viejos que resoplaban al subir las interminables cuestas (la calle Calvario no es la más empinada) que se derraman hacia el Manzanares o los desgastados escalones que desembocan en los patios de las corralas con sus pisos angostos sin más ventilación que un ventanuco y el váter compartido. 

Yo habité algún tiempo en una de esas bulliciosas comunas sin más aire que el que abanicaban los tendales y un heredado olor a legumbres entre hospiciano y cuartelero.

Me gustaba el ambiente de sus honestas, baratísimas casas de comida, donde la precariedad se cocinaba al carbón. Y sus tabernas, donde aún corría el blasfematorio vino de Yepes que, aunque menos aguado, poco difería del que acentuaba el renquear de Quevedo. 

Y allí estaba, vetusto y maternal, el Café Barbieri, donde, estirando un cortado, la soledad del domingo te invadía con la misma desolación que a los zánganos de la colmena celiana.

Los emigrantes, a la busca de casas baratas, se sentaron en los bancos de las plazas y desenfundaron sus percusiones; los moritos nos asediaron con un desierto de cuscús, oasis de hierbabuena y desvalidos corderos en sus carnicerías halal; otros africanos doraron los arroces; alegres latinos incendiaron las aceras de ajíes y los indostánicos abrieron el baúl de los frutos prohibidos. 

Aquel rincón, sin más medallas que una línea en un chotis mexicano, se convirtió en un fresco de mil colores, en una Babel de acentos dispuestos a charlar unos con otros, y con nosotros, estupefactos ante la mezcolanza de ritmos, boinas y chilabas.

Y Lavapiés dejó de agonizar para albergar cien mil vidas a cuál más fascinante, a cuál más dolorosa.

Esta mañana (escribo esta nota traicionando la sagrada siesta en que recupero fuerzas para la cena) me he acercado a Lavapiés a rememorar tiempos pretéritos y mejores y a descubrir vegetales aún desconocidos que el paquistaní  de turno me describe con tanto esfuerzo como poco español.

En Madrid, amigos, hay mucho terrateniente con alzacuellos. ¡Ponte la mascarilla y vuelve, Mendizábal!

Mientras esquilmaba mi hucha a cambio de unas pocas tentaciones para mi curiosidad, he atisbado de reojo las huellas  que la odiosa bruja de la gentrificación ha señalado con sus uñas de Cruella de Vil. 

Ya están aquí los pisos de lujo y las franquicias del falso comercio alternativo, falsamente ecologista y falsamente responsable. Ya hemos perdido el maravilloso Baobab, el restaurante senegalés donde se consolaban los manteros de su particular morriña. 

Me dicen las malas lenguas (las buenas las sirvo encerradas en un cachopo con lacón y queso La Peral) que muchas de las órdenes de venta se han firmado en sacristías y con agua bendita por tinta; y es que en Madrid, amigos, hay mucho terrateniente con alzacuellos. ¡Ponte la mascarilla y vuelve, Mendizábal!

Si don Quijote no dijo “con la Iglesia hemos topado”, debiera haberlo dicho.

Aunque aún perviven avisos que me reconcilian con las fachadas cuarteadas cuyos balcones vieron el menesteroso haraganeo de los personajes de La Busca. Y a un infortunado Young Sánchez lanzando directos al esquivo saco de su sombra. 

En el Mercado de San Fernando, silenciado por las vacaciones, descubro con alborozo “La casquería. Libros”.

Tres palabras que me harían cambiar de acera en cualquier avenida del mundo. Tres palabras mágicas y otras tres que completaban el mensaje. “Libros al peso”. 

No me he resistido a preguntar, del mismo modo que no me resisto a transcribir aquí la respuesta. Quienes se afanan entre los estantes abrieron el tenderete con la idea de rascar unas monedas que alivien la penuria de una organización solidaria. Venden libros viejos, que llegan hasta ellos exclusivamente por donación, a dos euros el kilo, aunque nunca cobrarán más de ocho por un ejemplar, sea el que sea y pese lo que pese. 

Me consuela la idea de poder echar al cesto, por dos euros de nada, todo lo que escribieron Rulfo, Vallejo y Biedma. Eso son ofertas, y no las del súper.

He recordado a los traperos que recorrían las calles de antaño anunciándose a voz en grito y comprando el papel que sobraba en las casas, que pesaban con una romana más retocada que una vieja diva. A los libros les aplicaban descuento porque las tapas no les servían.

Y he sentido un cierto resquemor al ver iguales en la balanza la prosa malherida y profunda del vitoriano Ignacio Aldecoa y la edulcorada y complaciente de Antonio Gala, manchego trasplantado. Aunque me consuela la idea de poder echar al cesto, por dos euros de nada, todo lo que escribieron Rulfo, Vallejo y Biedma. Eso son ofertas, y no las del súper.

Tras un rato largo rato de hojeo, durante el que he deseado que las lentejas supieran encenderse el fuego ellas solas, he dejado en la báscula varios ejemplares, regalos para los colegas, y una antología de cuentos de Fernando Quiñones, cuyo Muro de las hetairas tanto he abierto para disfrutar de sus poemas sobre las abnegadas putas. Este ha sido mi primer tropezón con su prosa, y ha bastado el primer relato leído para desear caer sobre los demás con la voracidad de una rapaz sobre su presa.

Sabía de la admiración que Borges, tan poco dado a los elogios, sentía por el gaditano; y no he olvidado aquellos programas de televisión en los que desgranó el flamenco con ciencia, pasión y una botella de manzanilla al alcance de la mano. Pero no me perdono, desde hoy, haber dejado, en tantas ocasiones, para el día siguiente su prosa carnal e íntima, como la de Proust u Onetti, y cargada de singladuras extrañas como la de Conrad. 

Quiñones es un maestro de la prosodia y posee un léxico abrumador; pero, sobre todo, sabe cavar despacio y con tenacidad en las sensaciones, en los sentimientos. 

Sus personajes, sus escenarios y sus momentos se acercan al lector, que comienza a vivir con ellos, incluso en la extrañeza de las palabras y las alusiones que no alcanza. Fernando Quiñones entrega intuición, no datos.

Y hace bien. El pasapurés tiene sentido en las residencias de ancianos y en ninguna otra parte.

Los morenitos han seguido las instrucciones con la soltura de quienes son ya profesionales de la humillación sin motivo.

Cargado de libros, he salido a la plaza en busca de un taxi que me llevara hasta mis agonizantes lentejas, pero lo que he encontrado han sido dos furgonetas de la policía que, silenciadas sus sirenas y apagadas sus luces de discoteca cabreada, han tomado bruscamente la acera. Sus agentes, perfectamente identificables tras sus gafas oscuras y sus mascarillas, han cercado a un grupo de morenitos a los que se ha dirigido el jefe de la dotación con una mascletá de palabras:

- ¡Vamos, vosotros! ¡La espalda contra la pared! ¡Las manos bien altas y visibles! ¡Las boquitas cerradas! ¡Las boquitas bien cerradas! ¿Está claro?

Y los morenitos han seguido las instrucciones con la soltura de quienes son ya profesionales de la humillación sin motivo. 

- ¿Sabéis por qué estamos aquí? ¿Eh? ¿Lo sabéis?

Y yo me he preguntado cómo coño iban a contestar si tenían que mantener la boquita bien cerrada. Que si acaso era esto un concurso de talentos para pobres.

Siguiendo las enseñanzas del Evangelio, intuyo que uno puede tener hambre de justicia o, sencillamente, hambre. En cualquier caso, le espera su recompensa celestial de redadas arbitrarias y expulsiones cuando menos dudosas.

Suerte que tienen Quiñones, Cela, Antonio Gala, Vallejo, Rulfo, Biedma… Sus palabras valen algo hasta el final, aunque sea al peso,

A esos morenitos de Lavapiés no les quedó otra que tragárselas.

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