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21/04/2019 20:39 CEST | Actualizado 22/04/2019 13:12 CEST

De cómo convertirse en enemigo de sí mismo

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Uno empieza la campaña diciendo que va a recuperar España -como si llevara años perdida- y acabar con la violencia en las calles de Cataluña -como si hubiera que pasear con casco por Las Ramblas- y ya todo lo que venga después suena a chiste o a desenfreno. Lo del felón, la traición, el “amigo de los etarras, los golpistas, los terroristas” y las “manos manchadas de sangre” vinieron después y hablan por sí solos.

Pablo Casado llegó a la presidencia de su partido prometiendo la vuelta del PP verdadero y cuesta encontrar en la historia de la derecha democrática una alineación, capitán incluido, con menos sustancia y menos talla política que la que acompaña al candidato de los populares en estas elecciones en las que el insulto, la ocurrencia y la hipérbole están al cabo de la calle. 

Cuesta encontrar en la historia de la derecha democrática una alineación, capitán incluido, con menos sustancia y menos talla política que la que acompaña al candidato de los populares

Y no es que los digan sus oponentes, es que lo lamentan a diario aquellos que durante años han estado en la primera línea de su partido, y la realidad por desgracia no les desmiente. Repasen fichajes, intervenciones,  entrevistas, debates, perfiles en las redes sociales…

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Se puede ser de derechas, defender una España unida, la prisión permanente revisable y hasta un 155 para toda la vida. En política se puede hacer de todo, menos el ridículo. Ya lo decía Tarradellas, y eso que el “molt honorable” no tuvo el placer de conocer a los jóvenes populares que mandan ahora en la calle Génova. El nuevo PP ha cruzado en estas semanas la línea de lo grotesco.

Casado y sus “fichajes” han sido pasto de mofas, befas y memes desde que arrancó la campaña. Cuando no era Suárez Illana con el aborto tras el nacimiento, era Díaz-Ayuso y la consideración del concebido no nacido como miembro de la unidad familiar y si no,  Álvarez de Toledo con el “sí, sí, sí, hasta el final”.

Ni el número dos del partido se salva del disparate. Teodoro García Egea, el campeón mundial de lanzamiento de huesos de aceituna, un día corrige a la Junta Electoral y dictamina que Otegi y Torra sí estarán en los debates porque los representa Sánchez, otro se compara con el conde de Floridablanca y celebra que los murcianos puedan ahora guiar el destino de España y al siguiente, se planta en un plató con una bandera de España para regalársela a un independentista. Hasta Rufián parece serio al lado de semejante muchachada.

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Quien no dice una frivolidad en el PP de Casado es que tiene complejo de algo, es un pusilánime o  pertenece a la “derechita cobarde” que VOX ha venido a cambiar. La seriedad, la institucionalidad y el sentido de Estado han dejado de ser cualidades de un partido que ha gobernado España 17 de los 40 años de democracia.

Lo que manda hoy es el gamberrismo, la boutade y el “sincomplejismo”. Y así es como quieren encontrarse a sí mismos y recuperar los miles de votantes que se les fueron y buscan refugio en el partido de Abascal. 

Quien no dice una frivolidad en el PP de Casado es que tiene complejo de algo, es un pusilánime o  pertenece a la “derechita cobarde” que VOX ha venido a cambiar

Lo malo no es que no se encuentren a sí mismos, sino que entre todos ellos hagan del PP un partido sin credibilidad. Pablo Casado ya carece de ella. Miente sin pestañear. Sobre Sánchez, sobre ETA, sobre los indepentistas, sobre el paro, sobre la Constitución y hasta sobre el “Rey que votamos todos”. Lo que expresa, a pesar de los esfuerzos de sus asesores, está lleno de errores, medias verdades, bulos como catedrales, exageraciones o manipulaciones, lo que le convierte en un político de nulos valores y en un candidato cuando menos imprudente.

Pase lo que pase el 28-A, cuando se apaguen los focos de la campaña, se habrá convertido en un caricatura de sí mismo en quien resultará ya difícil confiar. Y todo por una exageración y una sobreactuación permanente que le han hecho perder toda credibilidad. Y ya se sabe que cuando ésta se pierde es imposible recuperarla. En política suele ser de hecho el principio del final.

Lo malo no es que no se encuentren a sí mismos, sino que entre todos ellos hagan del PP un partido sin credibilidad. Pablo Casado ya carece de ella. Miente sin pestañear

Sus perspetivas no son buenas. Salvo que se acompañe de la seriedad perdida durante la campaña en los debates de esta semana, la fórmula andaluza habrá sido tan sólo un espejismo. Y su liderazgo en el PP, efímero. Le están esperando, aunque ya esgrima como excusa que sus predecesores ganaron a la tercera. Empezó, sí, con todos los elementos en contra. Pero al final, él ha sido su peor enemigo.

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