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07/11/2019 07:23 CET | Actualizado 07/11/2019 07:23 CET

De los brujos de Chávez a los demonios de Maduro

La superstición y el poder son viejos compañeros en la cúspide de una sociedad crédula como la venezolana.

JUAN BARRETO via Getty Images

Antes de conocer a Hugo Chávez, Nicolás Maduro era agnóstico. No creía en casi nada salvo en las revoluciones de las clases populares, los movimientos de insurrección de izquierda y en las convicciones políticas aprendidas de la conspiración de la que él siempre había formado parte desde joven. Pero tras conocer al líder del golpe de estado del 4 de febrero de 1992, Hugo Chávez, Maduro comenzó a creer en muchas otras cosas, según él mismo ha confesado. 

Tras su incursión en el chavismo y al establecer una relación personal con Chávez, a quien conoció por medio de su mujer, la abogada Cilia Flores, comenzó a creer en “las energías”, el “poder de Jesucristo” y en la santería cubana, la religión heredada de los esclavos africanos en la época colonial y que se ha convertido en la religión oficial del chavismo. 

Hace seis años inicié la investigación periodística que terminó con la publicación del libro Los brujos de Chávez, el primer trabajo documentado que abordaba la afición del fallecido presidente por el ocultismo, los rituales y la brujería. 

Después de haber concertado más de 70 entrevistas, entre las que se incluyen ex amantes de Hugo Chávez, ex ministros y compañeros militares que participaron con Chávez en las dos insurrecciones militares de 1992, Los brujos de Chávez, editado en 2015, retrata por primera vez a un presidente venezolano preso de sus inseguridades, dependiente de las brujas, los hechiceros y los espiritistas. 

Los brujos de Chávez describe a un presidente dependiente de su bruja personal, Cristina Marksman, antes de dar cualquier paso en su movimiento conspirativo, de acudir a una entrevista o asistir a un interrogatorio. Cristina Marksman no era cualquier vidente, sino la hermana de su amante Herma Marksman, la mujer que compartió vida con Chávez durante una década y que lo acompañó en la conspiración que terminó con Chávez en prisión, pero que lo llevó a alcanzar altos índices de popularidad. 

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La obsesión de Chávez por el ocultismo lo llevó iniciarse en la santería cubana, a convocar sesiones espiritistas en las que participaban sus amigos militares y a crear un salón de brujería en el propio Palacio Presidencial de Miraflores, que pude visitar a finales de 2013. En él, todavía se conserva objetos extraños como la cabeza de un caimán, grilletes, velones, flores y pétalos de rosas con miel junto a la espada de Simón Bolívar. 

La superstición y el poder son viejos compañeros en la cúspide de una sociedad crédula como la venezolana. Y Nicolás Maduro, el hombre que dirige un país arruinado, heredó de Hugo Chávez, su discurso, sus modismos y también su carácter profundamente supersticioso. 

Ocho años antes de alcanzar la presidencia de Venezuela, Nicolás Maduro viajó a la lejana India acompañado de su mujer, la supersticiosa Cilia Flores, para conocer a un hombre que decía ser Dios. Maduro había escuchado los milagros de Sai Baba, de la boca de su mujer, una fiel devota de este movimiento espiritual que ha llegado a congregar a más de seis millones de fieles en todo el mundo. Y quería comprobar con sus propios ojos los milagros de su maestro espiritual. Maduro lo confiesa en privado: no es casualidad que él y Sai Baba hayan nacido el mismo día. 

El día en que Nicolás Maduro llegó a la lejana Puttaparthi, la localidad donde Sai Baba erigió un centro de peregrinación que se ha convertido en una auténtica multinacional de la fe, el pueblo se quedó a oscuras. Se fue la luz y se apagaron los ventiladores. Nada raro en una localidad con infraestructuras precarias. Pero el incidente fue un auténtico vaticinio. 

La superstición y el poder son viejos compañeros en la cúspide de una sociedad crédula como la venezolana.

Tras la reunión de Maduro con su dios, los seguidores de Sai Baba en el Gobierno tuvieron un ascenso vertiginoso en la estructura del poder en Venezuela. Jorge Arreaza, que había vivido en el recinto sagrado de Sai Baba, se convirtió en ministro de Exteriores. La mujer que estaba encargada de la oficina de Sai Baba en Caracas, Capaya Rodríguez, fue ascendida a embajadora de Venezuela en Filipinas y sus hijos forman parte del equipo personal del dictador. 

El traductor personal de Maduro, Óskar Dorta, que fungió de intérprete en la entrevista entre Sai Baba y Maduro, se convirtió en un empresario de éxito que ha ganado importantes contratos con el régimen venezolano. Y el brujo personal de Maduro, residenciado en Miami, comenzó a participar en los viajes presidenciales mientras su hijo era ascendido a vicecónsul de Venezuela en Miami. 

La nueva casta en el poder cree que el gurú indio, que falleció en 2011, hacía milagros y fabricaba con sus manos anillos con piedras preciosas y vomitaba huevos de oro. Veían con asombro cómo, de la mano divina de su gurú, salían piedras preciosas o anillos de oro. Cada uno de ellos se había comprometido a practicar los cinco principios básicos del saibabismo: verdad, rectitud, paz, amor y no violencia. Con ello, tocarán las puertas del cielo. 

Pero en su acción diaria, obsesionados con el poder, los miembros de la secta de Nicolás Maduro practican todo lo contrario. La cúpula madurista ha tenido que construir un gobierno implacable para mantenerse en el poder. Ha creado una tenebrosa red de espionaje en contra de la disidencia: estudiantes, líderes comunitarios y dirigentes políticos. También ha ordenado la construcción de las más terroríficas cárceles, algunas de ellas ubicadas a ocho metros bajo tierra, donde sus adversarios no ven la luz ni tienen noción del día o la noche. 

En las prisiones, la tortura psicológica o física forma parte del terror que la dictadura necesita para sostenerse. Los custodios, los torturadores y los verdugos quiebran la voluntad de todo aquel que los enfrenta. Aislados, atormentados, no saben cuándo si están comiendo el desayuno o la cena. La desorientación forma parte de la estrategia para quebrar su voluntad. 

Para mantenerse en el poder, el dictador venezolano ha tenido que pasar de los rituales, el espiritismo y el ocultismo al espionaje, la represión y al crimen organizado.

El régimen de Maduro también ha ordenado la creación de grupos de extermino compuestos por funcionarios policiales y por presos en las cárceles venezolanas, donde los reclusos no tienen agua corriente ni baños y donde ningún asesinato es investigado. Los dueños y amos de las cárceles, los delincuentes conocidos popularmente como “pranes”, también salen de prisión para cometer los asesinatos ordenados por la dictadora. En su lista para asesinar se encuentran hampones, dirigentes políticos o cualquier nombre aportado por quienes contratan los servicios de un sicario barato. 

Ellos forman parte del ejército de demonios que protegen y sostienen a Nicolás Maduro. Algunos hablan sin pudor en mi nuevo libro El dictador y sus demonios: la secta de Nicolás Maduro que secuestró a Venezuela. Cuentan cómo cobran sus asesinatos desde la cárcel o cómo son enviados a las manifestaciones para amedrentar a los opositores o a la frontera con Colombia para evitar la entrada de ayuda humanitaria. 

Con ellos, la dictadura de Maduro pierde su máscara folclórica y excéntrica, su personalidad profundamente supersticiosa en la que su líder pide milagros a un dios indio. Para mantenerse en el poder, el dictador venezolano ha tenido que pasar de los rituales, el espiritismo y el ocultismo al espionaje, la represión y al crimen organizado. Es la transición de un sistema político que ha pasado de depender de los brujos para convocar a todos esos demonios sin los que ya no puede vivir. 

 

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