De Raphael a Georgie Dann, los mil y un éxitos de Eddy Guerin

“Ni siquiera aparecíamos en los créditos de los discos".
Eddy Guerin.
Por cortesía de Miguel Fernández
Eddy Guerin.

La mañana que Isabel Pantoja entró en el estudio para grabar el álbum Marinero de luces tomó de la mano a Eddy Guerin, que había hecho los arreglos de las canciones. Ay, maestro –le pidió–, quédese a mi lado que me da fuerza para cantar. “Me habían llamado de RCA –recuerda Guerin casi cuarenta años después– para proponerme que arreglara el primer disco que Isabel Pantoja iba a publicar con ellos. Vamos a ver qué pasa, me explicaron. No confiaban en el resultado. En aquel momento, yo estaba agobiado, tenía un montón de encargos y les dije que no. Al final, como eran amigos y trabajaba mucho con ellos, busqué un hueco. Isabel acababa de quedarse viuda y había expectación. El disco, sin embargo, salió sin que la compañía tuviera demasiada confianza, no querían meterse en líos, pero fue un exitazo.”

Para entonces, Eddy Guerin, seudónimo de José Manuel Gracia Soria (Zaragoza, 1935), ya se había ganado un más que merecido prestigio como arreglador y compositor de bandas sonoras y de música para publicidad. Con apenas cuatro años, ya tocaba el piano. En el conservatorio obtuvo el primer premio de fin de carrera. Mientras tocaba en una orquestina, el director Bernard Hilda, que había llegado a España durante la II Guerra Mundial huyendo del horror nazi, se fijó en él. Trabajaron juntos en París.

“En aquella época –me cuenta–, para los españoles resultaba difícil conseguir trabajo en Francia, pedían muchos papeles. No, no nos querían mucho, pero yo iba de la mano de Hilda que me presentó en todos los círculos importantes y se me abrieron las puertas. En algunos de los temas que compuse en esa época intervinieron Art Taylor y Kenny Clark, con quien toqué en el Blue Note junto a Stan Getz. Luego, me ofrecieron un buen contrato en la orquesta de un casino muy importante de Beirut. Por entonces, el Líbano era un país floreciente. Los jeques que ahora están en Kuwait, Qatar o Arabia Saudí vivían allí. Se podía montar unos espectáculos impresionantes, mucho mejor que en Las Vegas. Dirigí aquella orquesta durante diez años”.

A su regreso a España, en 1971, Guerin encuentra un país muy diferente al que había dejado. La industria discográfica está en auge, hay buenos músicos, grandes compañías y muchas ofertas de trabajo. La publicidad también atraviesa un momento de esplendor. Con la formación y la experiencia que acumula, al pianista zaragozano le llueven los encargos. Le llaman de la discográfica Hispavox, aunque no tiene muy buena sintonía con su director artístico, el mítico Rafael Trabucchelli, y arregla Saber amar para Mari Trini, Estoy triste, para Jeanette y Una sencilla canción de amor, con Tony Landa. En aquellos estudios conoce al que sería uno de sus mejores amigos, Alberto Cortez.

“El primer disco que arreglé para él, Equipaje, es uno de los favoritos de mi carrera. Tuvimos muy buenas críticas, incluso de grandes músicos como Waldo de los Ríos. Luego, a finales de los setenta, le di forma a uno de sus grandes éxitos, Castillos en el aire. Los cantautores hacían una maqueta muy primaria, donde cantaban a su aire la melodía, sin acompañamiento ni nada. Ese material se lo entregan al arreglador que hacía todo el trabajo hasta que la canción estaba lista para ser grabada. Una noche, en su casa, nos cantó al piano Castillos en el aire, la acababa de componer. Le dije que creía que necesitaba un ritmo más alegre, con un cierto aire dixieland. Me senté al piano y le mostré mi idea. Así la llevamos al disco y se convirtió en todo un éxito. No había concierto en el que Alberto no la cantara. Sí, Alberto me quiso mucho y en España no se le ha hecho justicia”.

Juntos recorrieron toda América, “desde San Francisco a Río Gallegos”, pero también se embarcó en larguísimas giras como director musical con Raphael o Isabel Pantoja. De viaje en viaje, de paso por Madrid, Eddy Guerín seguía atendiendo los encargos de multitud de artistas e, incluso, de bandas sonoras, como las de El libro del buen amor, Yo hice a Rocky III o Perros Callejeros 2. Sus arreglos convirtieron en éxitos Ay que dolor de Los Chunguitos, Oye, de Elsa Baeza o El toro guapo, de El Fary.

“Me siento orgulloso de haber colaborado para lograr tantos números uno. Que una canción llegue a ser popular supone también que ha hecho feliz a muchas personas. Ahí está Georgie Dann, por ejemplo. Ha sido uno de los artistas que más discos ha vendido, todo el mundo ha cantado alguno de sus éxitos. Yo no tenía complejos. Lo mismo trabajaba con José Carreras en Abbey Road que con Manolo Escobar o Raphael, al que, por cierto, también tengo mucho cariño. Una persona fantástica. Me decía: maestro, véngase conmigo, que me da alegría”.

La carrera de Eddy Guerín abarca más de cuarenta años, desde Ismael a la Pequeña Compañía, de Julio Iglesias a Carlos Cano, de Lola Flores a Tijeritas o Mecano. Algunos artistas, como José Luis Perales, “un amigo al que quiero mucho, una magnífica persona”, eran estrellas consagradas cuando colaboraron con él; otros, como Alejandro Sanz, estaban empezando.

“Alejandro ha sido uno de los pocos artistas que siempre ha estado presente desde el primer día en la grabación. La mayoría, no. Venían a poner la voz cuando los músicos ya habíamos terminado. Apenas les veíamos el pelo. Alejandro, en cambio, no. Es maravilloso, también me quiere mucho. Cuando trabajábamos en su primer elepé, Viviendo de prisa, venía a buscarme todos los días a mi casa para que le llevara al estudio de grabación porque no tenía coche. Me esperaba en el portal y cuando yo bajaba me decía: maestro, le traigo El País. ¡Qué gracioso! Yo le respondía: anda, vamos a tomar un café. Alejandro Sanz ya despuntaba, era muy original haciendo canciones, sobre todo las letras”.

Gracias a tantos años de trabajo, el maestro Guerín puede llevar una vida apacible, retirado en Benidorm junto a su esposa, la cantante y actriz María José Prendes, a la que también conoció gracias a la música. Asegura que ya no toca el piano y que apenas escucha música: “Hay poco que escuchar. Me gusta la música pero no el ruido, a mi todo eso del reguetón…”. Y aunque no escatima agradecimiento a su oficio, lamenta la desconsideración que han sufrido los arregladores en nuestro país.

“Ni siquiera aparecíamos en los créditos de los discos. Había directores de discográficas que ordenaban que no se nos mencionara en las carpetas. Los intérpretes, por otro lado, tampoco quieren que nadie brille a su lado. Generalmente, sólo se interesaban por tu trabajo hasta que el disco estaba hecho. Después, si te he visto no me acuerdo. En la primera tirada que se hizo de Marinero de luces se olvidaron de poner mi nombre. Como monté en cólera, me dijeron: “En la siguiente lo corregimos”. Nosotros, los músicos, mientras tanto, no parábamos, teníamos tanto trabajo que apenas había relación entre nosotros. Cada uno trabajaba en su estudio. A algunos los llamé para que intervinieran en mis grabaciones, como ocurrió con Agustín Serrano, Jesús Gluck o Eduardo Leyva. Salvo en la entrega de algún premio, apenas coincidíamos. Trabajar y trabajar. Eran otros tiempos”.