De Salinger, Nueva York y el cine de verano

'My Salinger Year', traducida en España como 'Sueños de una escritora en Nueva York', es una de esas películas que nos recuerdan que existen otros mundos.
Sigourney Weaver en 'Sueños de una escritora de Nueva York'.
Sigourney Weaver en 'Sueños de una escritora de Nueva York'.

Existen películas que son netamente estivales. La piscina (1969, Jacques Deray), por ejemplo, o, en su defecto, Cegados por el sol (2015, Luca Guadagnino). Estas son cintas repletas de cloro, destellos, cuerpos esbeltos y química, aderezadas con siestas a la sombra de parajes exóticos.

Hay otras películas que, sin ser propiamente de verano, resultan muy seductoras a la hora de rellenar los inevitables huecos a los que empuja la ociosidad de estas fechas; películas que nos recuerdan que existen otras realidades, otros mundos, y de las que se aprende algo, por insignificante que esto sea.

My Salinger Year (2020, Philippe Falardeau), traducida en España como Sueños de una escritora en Nueva York, es una de esas piezas delicadas, livianas, sin gran implicación que, sin embargo, ofrecen una hora y media de inmersión en otro universo, el de la literatura; en otra ciudad, la de Nueva York, y en otro tiempo, 1995.

Joanna (Margaret Qualley) es una poeta con aspiraciones a literata que estudia en Berkeley. Su vida en California es insulsa, por lo que su único impulso es reencontrarse con la ironía y la intelectualidad de la Costa Este. En una visita a su amiga Jenny (Seána Kerslake) se imbuye en una ciudad de Nueva York que le apresa y en la que, súbitamente, decide quedarse.

Su vida cambia cuando encuentra trabajo en Harold Ober Associates, una agencia literaria con reminiscencias de la generación perdida, en la que la revolución digital se mira con distancia. Aunque la agencia ha vivido tiempos mejores, cuando representaba a autores como Scott Fitzgerald, Agatha Christie, Faulkner o Pearl S. Buck, Joanna encuentra algo hipnótico en ese enclave ajeno al paso del tiempo, y en el que su jefa Margaret (Sigourney Weaver) se muestra tan lejana como enigmática. Solo existe un representado que es capaz de trastocar la rigidez de Margaret y no es otro que “Jerry”, modo familiar en que se refieren a J.D. Salinger, autor de la icónica novela El guardián entre el centeno (1951).

A partir de su entrada en Harold Ober, la relación de Joanna con la literatura, la vida urbanita y con el propio Salinger detona, haciendo que la joven deje atrás a su expareja y alquile un piso con un atractivo intelectual, Don (Douglas Booth), con quien se adentra en la bulliciosa vida de una ciudad por descubrir.

Obligada a centrar su tarea en contestar formalmente a las cartas que los fanáticos de Salinger envían a la agencia, poco a poco Joanna percibirá la tensión que inevitablemente surge entre sus aspiraciones como escritora, la rutina de su quehacer como secretaria y la ambivalencia de conseguir lo que se desea a un precio inalcanzable.

Tentada a autoreivindicarse como autora, un día Joanna emprende la labor de escribir cartas personales a los admiradores de Salinger, precisamente en el momento en que el escritor decide publicar un nuevo relato tras cuarenta años en el silencio. Será entonces cuando Joanna encuentre la oportunidad perfecta para ser ella misma y, al fin, intentar madurar.

Título arriesgado del canadiense Philippe Falardeau, tras la celebrada El profesor Lazhar (2011) o La buena mentira (2014), My Salinger Year recuerda no solo al cine que se consumía antes de la pandemia, sino, sobre todo, a las películas previas al cambio de paradigma audiovisual de la última década.

Con evidentes concomitancias con El diablo viste de Prada, Armas de mujer y, lejanamente, algunos títulos de Woody Allen, esta adaptación de las memorias de Joanna Rakoff es una ocasión perfecta para reencontrarse con un cine sin pretensiones, pero perfectamente elaborado.

Aunque en ocasiones adolece de cierta distensión y, pese a estar desprovista de toda intencionalidad de profundización literaria, Sueños de una escritora en Nueva York es una manera excepcional de reencontrarse con un cine tónico, reconfortante y atrayente, del que hoy en día hace tanta falta. Ni qué decir tiene que ver en pantalla a Sigourney Weaver (con o sin mechón canoso; con o sin alien) es un lujo al alcance de muy pocas producciones.

No lo duden, si desean deambular por las calles de una Nueva York lluviosa, bohemia e idílica, vean My Salinger Year. Y, cómo no, ya en diciembre les recomendaré el mejor cine de verano.

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