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15/08/2020 11:57 CEST | Actualizado 15/08/2020 12:00 CEST

Defensa de la juventud

O dejamos de ofenderles o tomarán las calles, los trabajadores y los parados, lo que desembocará en un estallido social.

NurPhoto via Getty Images
Un joven en el metro de Madrid. 

El desempleo juvenil en España, junto con Grecia, es el más alto de la UE. Aquí los jóvenes que trabajan son los peor retribuidos, todos, o casi, con contratos temporales. Muchos, debido a nuestro secular laberinto burocrático, consecuencia de un sistema púber en lo que respecta a reciente la historia europea, todavía no han recibido el pago de los ERTEs. No se quejan, de momento; aguantan conocedores de grupos que padecen penurias el doble de ignominiosas, las pensiones no contributivas sin ir más lejos, lo que nos insta a enorgullecernos de nuestra juventud. Incluso, referencias catastróficas en mano, se resisten a un mañana indigno. El 93,21 % de los estudiantes han aprobado la selectividad, y con una media alta. Resulta obligado aplaudir el esfuerzo exponencial y la función fática de aquellos, pertenecientes a las clases desfavorecidas, que carecían de ordenadores personales cuando la pandemia pegaba duro. Y lo que nos queda. Cayendo pedruscos de punta, siguen, frente a otros, Vox y nacionalismos ultramontanos, ilusionados con un  futuro robusto, unitario, español, en lo social y laboral, en la paridad de oportunidades. Saben que depende de ellos construirlo. Los datos confirman que ya están en el tajo.

En guarismos y estadísticas, también las de la solidaridad, retratos de una realidad en llamas, contamos con una juventud ejemplar. Su dinamismo en la fase de maduración, una generación y la posterior, nos ha convertido en la cuarta potencia europea y en la décimo tercera del planeta. 

Estando de moda entre los políticos y los empresarios lo políticamente correcto, que busca periclitar la reflexión en pos de adocenar a la ciudadanía, los jóvenes multiplican el pensamiento crítico. Se agradece. La rebeldía intelectual es uno de los sustentos de nuestra democracia, que ahora nos hurta los derechos individuales, de los que se apropió la derecha al igual que del nacionalismo español. Siendo la justicia social, siembra y afloramiento de los derechos colectivos, patrimonio del PSOE, pertenecen a todos los derechos individuales y el nacionalismo español bien entendido, multicultural, multiétnico, multireligioso,  multilingüistico, la patria engrandecida con la fusión idiosincrática de la población, los inmigrantes y las CCAA.

Lo aclaró Indalecio Prieto: “Soy socialista a fuer de liberal”. 

Sin embargo, hoy en mi partido abundan los Caballeristas, líder de antaño que no merece el descrédito de ningún socialista. El único posible lo pronunció él, Largo Caballero, tras, gracias a Prieto que presionó desde el México de Lázaro Cardenas, salir de los interrogatorios de la Gestapo y del campo de exterminio de Sachsenhausen: “No hubiera hecho la mitad de las cosas que hice”. Acaso se refería a su antigua asociación con sectores de la extrema izquierda o a su oposición a que Prieto fuese jefe de gobierno, denegación votada en Cortes por el grupo socialista. Prieto obedeció a la cabeza de partido y del sindicato, Caballero, y se calló. Lo decidió porque creía en la disciplina de partido, sin la cual las organizaciones se atomizan y tienden a una suerte de cantonalismo. Prieto acertó como de costumbre.

Lo que podría avecinarse, la derechona con tufillo tardofranquista, expresión de mi amigo y maestro Umbral,  representa  un tormento en lo concerniente a nuestros valores progresistas.

Consciente de su buena gestión, dada la coyuntura, con la pandemia, me ocurre algo similar con mi secretario general. No comparto y me avergüenza su manera de contemporizar con Bildu, pero sigo en la militancia deseando que acabe la legislatura y gané las próximas generales. Lo que podría avecinarse, la derechona con tufillo tardofranquista, expresión de mi amigo y maestro Umbral,  representa  un tormento en lo concerniente a nuestros valores progresistas, traducido en el empobrecimiento de las clases medias y trabajadoras, la dejadez de los excluidos y la ruptura del binomio seguridad/libertad. La seguridad primaría convirtiendo a la ley mordaza en una broma. La suma del PP y Vox y acaso la aspiración de pisar moqueta gubernamental de Cs explica parte de lo anterior.

El Sr. Casado, de todos modos, se está pincelando… con brocha gorda. No pide permiso para orar a la presidenta de la cámara, falta de cortesía democrática o devaluación de la misma; tanto monta. Su penúltima desfachatez radicó en criticar al Gobierno sobre la lucha contra el patógeno, justo el día en el que no cabían los pronunciamientos políticos, la mañana del bello homenaje a las víctimas de la covid. Ni siquiera el Sr. Torra, personaje decimonónico ataviado de un postmodernismo avinagrado, se atrevió a mencionar el virus. El Sr. Casado la ha tomado con la juventud a raíz de la infección que propaga, un 70% de los rebrotes, lo que no resulta de cosecha propia. Salvo Pedro Sánchez, Meritxell Batet, Margarita Robles, Iñigo Errrejón, Ada Colau y pocos más, los líderes de los partidos y los medios de comunicación están poniendo a parir a nuestros jóvenes.

En las hecatombes siempre se busca a un culpable.

Al principio de la pandemia, los partidos y los mass media utilizaron con intenciones beatíficas las palabras Nueva Normalidad, definiendo a la desescalada y rebrote en las que nos hallamos, pensando que la ligereza de los términos no asustaría a la población más de lo que está. Craso error. Churchill no se anduvo por las ramas en otra contienda, ofreció sangre, sudor y lágrimas. Desdibujar el lenguaje conduce a la confusión. La normalidad lo es con altibajos o no lo es, y una guerra (no resilencia, adaptación a un elemento adverso), la que nos ocupa, se aleja mucho de una nueva cotidianidad. Se trata de un cambio de paradigma. El homo sapiens ha conocido solo un puñado, y ha olvidado que tienden a finalizar arrasando las fechas. No obstante, la proximidad de la vacuna y el plan de la UE significan una tabla de salvación en un mar proceloso.

No escuché en los medios ni en los tertulianos ni en los políticos, durante el pico del coronavirus, realizar concienciación ni pedagogía con la juventud.

O dejamos de ofenderles o tomarán las calles, los trabajadores y los parados, lo que desembocará en un estallido social.

La ocurrencia, al presente: “no les llegan los mensajes”. ¿Qué mensajes? ¿Contarles la narrativa veraz que no se les leyó en su momento; adjetivarles de inconscientes, hipócritas, irresponsables; cargarles de multas que son incapaces de pagar e impulsarlos a trasnochar en los calabozos?

¿Acaso no nos hemos percatado de lo que aglutina el factor humano de la juventud, la rebeldía, cuando está en acción provoca permutaciones sustantivas en las normas y el tejido social?

Ha faltado y falta, por parte de los adultos, al margen del sesgo ideológico, prevención con la juventud. En consecuencia, están enfadados, y cargados de argumentos. El trato recibido lo asimilan cómo insulto y prohibición, la merma de su derecho a una vida plena. Su comportamiento con la pandemia está cambiando, ejemplo el concierto de Pablo López. Empero, los adultos no nos desplazamos un ápice de las descalificaciones hacia una generación con probadas muestras de valía moral y sacrificio a favor del que habita el infierno.

O dejamos de ofenderles o tomarán las calles, los trabajadores y los parados, lo que desembocará en un estallido social que arrastrará al resto de los sectores y transmutará las anchas avenidas de la libertad en un pira.

NUEVOS TIEMPOS