Del cine, los trenes y Gonzalo Suárez

Todas las grandes películas tienen una escena de tren.
Ethan Hawke y Julie Delpy en 'Antes del amanecer', en una escena de tren.
Columbia Pictures
Ethan Hawke y Julie Delpy en 'Antes del amanecer', en una escena de tren.

Las mejores películas siempre tienen una escena de tren. Esta no es una deducción personal ni una epifanía, sino una revelación que me hizo, hace algunos años, el gran Gonzalo Suárez durante la presentación de Hablemos de cine. “Piensa en cualquier película buena, todas tienen una o varias escenas en torno a un tren”. Antes de aquel develamiento, confieso que no me había percatado de ello, pero es cierto, las grandes películas tienen una escena de tren.

Enseguida me recordó que él mismo y yo, en términos generales, nos hemos encontrado muchas veces en las proximidades de un tren. En una ocasión, hablaba yo de Remando al viento con un amigo cuando, por el andén de Chamartín, vi aparecer a Gonzalo. Fue algo fascinante que ha hecho que mi amigo piense que tengo una suerte de dominio precognitivo. Otra vez, estando yo en un pintoresco trenecito de paseo turístico, le vi caminar paralelo a nuestro recorrido. Temo que aún haya niños traumatizados por cómo sacudí los cristales mientras voceaba su nombre.

El pasado mes de junio Gonzalo Suárez, mi querido Gonzalo, recibió el Premio Luis Buñuel en la 49 edición del Festival de Cine de Huesca, un reconocimiento merecido a uno de los mejores directores que ha dado Europa en toda su historia. En ocasiones, él se ha autodenominado “escritor que realiza cine”, pero yo siempre he sabido que, en realidad, la fertilidad de Gonzalo está bifurcada. Dentro de una misma persona conviven varios artistas de campos creativos múltiples, todos ellos brillantes y complementarios. Porque Gonzalo no es solo escritor, ni cineasta, ni mucho menos periodista exclusivamente.

Gonzalo lo es todo al mismo tiempo. Todo en su mente posee un compartimento propio, y sí, en la mente de Gonzalo hay muchos compartimentos. Cómo si no se explica su magnífica incursión en la animación (pero de dibujos no animados, como él indica), que realizó con El sueño de Malinche (2019) y, ahora, con Alas de tiniebla. Él es así, siempre se reinventa.

Durante estas dos semanas, he tenido la inmensa suerte de hacer que la voz de Gonzalo Suárez, junto con la de otros ocho cineastas, viajase por toda la geografía de este país. Porque Gonzalo tuvo a bien, como Michel Haneke, Agnès Varda, Isabel Coixet, François Ozon, Deepa Mehta, Naomi Kawase, Carlos Reygadas y Apichatpong Weerasethakul participar en mi documental Endless Cinema, un largometraje que por fin ve la luz tras años de preparación y hasta confinamiento.

Su temática cobra una relevancia histórica que jamás planeé cuando, en 2013, comencé a escribir su escaleta. Tan solo pretendía analizar si el cine tenía futuro o si, por el contrario, estaba en peligro de extinción. Pero la pandemia ha hecho que el hecho mismo de disfrutar del cine tenga un nuevo significado. Tras quince meses de restricciones, el poder ir al cine tiene un sentido completamente renovado.

Durante su presentación a la prensa supe de la preocupación de algunos periodistas por el futuro del cine, porque, efectivamente, es barroco y mucho menos claro que oscuro. Quién sabe qué le deparará.

Pero, al mismo tiempo, en el Festival de Cine de Castelldefels, donde el documental tuvo el privilegio de formar parte de su sección oficial, pude conocer la impresión del público asistente, un público que me hacía partícipe de sus experiencias, de sus ansias, de su pasión por el cine. El magnífico equipo del Festival, con Santi Lapeira, José López Pérez y Victoria Moral a la cabeza, no solo me hizo recuperar la fe en el cine, en la gente y en todos los que adoramos este arte adictivo, sino que me hizo percibir la energía de aquellos que, sin conocernos, formamos parte de esta inmensa congregación. Jamás olvidaré este fin de semana, jamás olvidaré el cine que respiré en Castelldefels.

La dichosa covid-19 ha cambiado el modo en que accedemos a los contenidos audiovisuales, ya lo hemos dicho, y el contacto con otras personas produce ahora más temor y recelo que nunca, pero ese calor que produce la unión en el cine es insustituible. En aquella sala enmascarada y valiente, me reencontré con un público ansioso por entrar en ese otro mundo que el cine propone y disfrutar, en pantalla grande, del estremecimiento místico de una sala de cine. Sin móviles, sin redes sociales, sin mensajería. Solo nosotros. Nosotros solo.

El mismo efecto de redención emocional lo reviví cuando, a las puertas del Teatre Central, me reuní con parte del equipo de nuestra película. Allí, envueltos en el refrescante vigor que aporta el anochecer, mientras hablábamos tan ardientemente de cine, pasó un tren de alta velocidad que viajaba directo hacia Barcelona. Tras su paso se produjo un mutis que solo desleímos poco a poco. Nadie lo supo, pero, para mí, aquello fue una revelación. Y es que, a fin de cuentas, tiene razón Gonzalo Suárez, las buenas historias siempre tienen una escena de tren.

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