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30/03/2020 12:18 CEST | Actualizado 30/03/2020 12:18 CEST

Del mundo globalizado al egocentrismo moderno: ¿Qué hay en contra de la soledad?

¿Es quizás esa incomodidad hacia la soledad un rasgo aprendido?

MarinaZg via Getty Images

En tiempo de coronavirus, la soledad es un tema controversial. Hace poco mi amigo E. comentaba que muy poca gente entiende que te guste la soledad. Lo dice en medio de una cuarentena sanitaria que no sabemos cuando terminará. Es una frase que he escuchado en varias ocasiones en diferentes momentos de mi vida, pero que ese día, justamente, me pareció más significativa que nunca. Nos encontrábamos en un evento fotográfico, rodeado de nuestros grupos de amigos y hubo algo en su manera de expresar la idea -llamémosle lenguaje corporal o simplemente elucubración- que dejó bien claro que para él la cuestión era tan simple como para mi: la soledad se disfruta. Por supuesto, eso nos pone al margen de esa gran opinión general que insiste que la soledad no solo es preocupante sino además, dolorosa. Pero, ¿qué le vamos a hacer? Pertenecemos a ese pequeñísimo margen de hombres y mujeres que consideran la compañía deseable, mas no indispensable. ¿Somos bichos raros? ¿Tenemos algún problema? Yo creo que no y definitivamente estoy convencida de que somos más de los que suponemos en este pequeño grupo que mira la soledad como una manera de expresión.

De hecho, hay una idea muy sutil que sugiere que la soledad es un trastorno: como animal social, el hombre debe desear la compañía de sus semejantes, encontrar consuelo a sus temores a través de la interrelación con el otro y lo que es aún más curioso, identificarse con la idea de sociedad y grupo que la cultura insiste debe considerarse normal. Claro está, es una manera muy simplificada de catalogar y comprender al género humano y de interpretarlo como parte de una idea común. Pero, ¿qué le vamos a hacer? La sola admisión de que la soledad puede ser una conducta normal parece enfrentarnos a una serie de interpretaciones que chocan frontalmente contra esa visión idílica de la gran comunidad humana. Porque el hombre evolucionó de las cavernas formando parte de esa extensa idea de grupo, de sociedad masificada que luego tomó forma y sentido gracias al posterior sedentarismo. Así que la gran pregunta parece ser: ¿Qué sería del hombre sin ese instinto de reunión, de comprensión y de empatía que debería ser inevitable? ¿Quiénes seríamos sin el extraordinario concepto de sociedad que se ha construido parte a parte y bajo enorme esfuerzo y que forma parte de la identidad del hombre? Y es que quizás ese colectivismo parece ser una idea que se asume necesaria, pero en realidad no es más que una apreciación histórica de cierto rasgo común que, sin embargo, se enfrenta a la individualidad del espíritu humano. Quizás esa creciente necesidad de mirar lo que hacemos -y somos- bajo nuestra propia visión de las cosas.

La soledad moderna y otras visiones extraviadas de la razón cultural

Hasta hace un siglo o dos el hombre nunca imaginó que podría sobrevivir al aislamiento de sus semejantes. Por supuesto, eran tiempos donde la compañía del otro se expresaba -y se pensaba- como una forma de supervivencia: el hombre cazó en grupos y luego construyó comunidades a cuatro manos. La inmediata herencia histórica de todo eso fue una necesidad de cercanía que se asumió cultural. Las habitaciones familiares eran ocupadas por los hijos, sin que hubiese espacio para la intimidad o la individual. Se comía, se dormía, se amaba y se moría en comunidad.

¿Es quizás esa incomodidad hacia la soledad un rasgo aprendido?

Pero con la revolución industrial, el positivismo, el mecanicismo y sobre todo la evolución del pensamiento como ser unitario, toda esa expresión de la comunidad humana se fragmentó. Se reformuló, digamos. El ciudadano común podía estar solo -una intimidad social- y, de hecho, poco a poco se transformó en una opción en medio de una serie de posibilidades que lo nuevo urbano pareció ofrecer. Con la llegada de las grandes ciudades y la industrialización, la construcción de apartamentos de reducido tamaño, esa amplitud del hogar paterno se transformó en una idea que no parecía encajar demasiado con esa necesidad del éxito adulto y la independencia económica. Y es que a medida que los valores morales parecieron transformarse en algo menos abstracto y más relacionado con el éxito monetario que con algo más espiritual, la individualidad del hombre -el llamado egocentrismo moderno- tomó el lugar de lo que somos como parte de esa gran visión de cultura contemporánea que insiste en mirarse a sí misma como una expresión del yo. ¿Es producto entonces esta nueva afición a la soledad de ese replanteamiento de las cosas? No lo creo. Más bien, de pronto, el ciudadano común descubrió que la esa gran imposición cultural de la compañía y la cercanía como reclamo emocional cultural no tenía porque ser obligatorio. Ni tampoco, claro está, un requisito para ser parte de esa idea de comunidad humana. De hecho, los limites se hacen borrosos, inexactos y pareciera ser que todos somos parte de esa nueva interpretación del hombre a solas. Una interpretación del ser ideal sin necesidad de atravesar el engañoso páramo de lo que somos y queremos ser según lo socialmente aceptable.

Y no obstante, la soledad del ser humano actual parece desvirtuarse de esa egolatría cultura que tanto se critica. Una vez, mi profesor de morfolingüística insistió que la mente humana no disgrega muy bien la diferencia entre la soledad y estar solo, una sutileza que sin embargo parecía abarcar dos estados del ser muy distintos. Cuando le escuché la reflexión por primera vez tenía veintidós años recién cumplidos y pasaba esa etapa de todo joven contemporáneo, en que intentamos definirnos a través de lo que rechazamos. Y mi dilema era justamente esa idea de familia universal, el cordón misterioso que nos unía a todos como una gran mancomunidad humana. Ya por entonces, comenzaba a definirme como “solitaria”, aunque no tenía mayor idea del significado del término, como bien me lo recordó mi profesor.

  • La soledad es otra de las maneras en que puede definirse un ser humano, y no necesariamente es válida o tiene relación con el mundo que le rodea -me explicó-, estar solo implica que no existe la posibilidad de comunicación.
  • Al cabo la conclusión es la misma -insistí- solo que el solitario, asume la soledad como algo que puede manejar y el que está solo, no.
  • No necesariamente -me dedicó una de sus sonrisas amables. Después sabría que había enviudado doce meses atrás y aún lidiaba con el luto-. La soledad y el aislamiento son dos términos que concluyen en la misma idea pero que implican dos interpretaciones totalmente opuestas.
  • En otras palabras, la soledad puede asumirse como idea personal... -aventuré. Asintió-.
  • Pero el aislamiento es la incapacidad para comprender esa idea. O al menos, un desagrado evidente hacia ella.

Tenía sentido. Desde muy niña, había sido introvertida y callada. No disfrutaba especialmente de los juegos en grupos y me molestaba abandonar mi personalísima región personal en un intento poco menos que incómodo de participar en esa idea de comunidad humana que te inculcan desde muy pequeño. Pero claro, debía hacerlo. Era lo que se esperaba de mí o así lo asumí con el transcurrir del tiempo. Porque la soledad es una condición inusual, que desdice esa insistencia cultural de que la especie humana se integra con facilidad a sus semejantes, los necesitan para subsistir. De manera que me llevaba bien con la soledad aunque muy pocas veces podía disfrutarla en realidad.

De estar solo a necesitar la compañía, hay un pequeño parpadeo moral de inestimable valor.

Por el otro lado, mi prima L. parecía muy angustiada de no lograr encajar en ninguna parte. Sufría de un pequeño trastorno del habla que le obligaba a pronunciar con más lentitud de lo normal, lo que hacía que se sintiera incómoda al hablar en voz alta. Como resultado, siempre estaba sola y lo sobrellevaba muy mal: siempre se encontraba al borde de las lágrimas y la situación en general le provocó un nivel de angustia tan agudo que finalmente, tuvo que recibir atención psicológica. De adulta, curada por completo de su pequeño problema verbal, más de una vez me comentó que la soledad la asustaba porque le recordaba mucho a esa infancia árida y pesarosa que había padecido.

¿Es quizás esa incomodidad hacia la soledad un rasgo aprendido? A juzgar por como siempre se sintió mi prima, no. Simplemente somos, y eso es indiscutible, criaturas que miramos el mundo a través del otro. ¿Se trata entonces de un dilema de pareceres? Muy probablemente, porque la soledad -esa visión del mundo desde esa esquina personal- no es un rasgo que se asimile o se asuma de manera espontánea. Hay una interpretación de lo que nos rodea muy específica y sin embargo tan válida como cualquier otra. ¿La gran conclusión? De estar solo a necesitar la compañía, hay un pequeño parpadeo moral de inestimable valor.

En la soledad del mundo

Pero en general, la soledad no está muy bien vista. Y eso, a pesar que la cultura parece brindar mayores facilidades a ese egocentrismo idealizado que todos disfrutamos a diario. Desde las infinitas posibilidades del Mundo 2.0 hasta la comunicación artificial vía redes sociales, la visión humana de la transición entre el sujeto social y el egocéntrico, se ha hecho mucho más rápida. Se habla de la suprema soledad del hombre moderno, la psiquiatría insiste en el perjuicio que ha causado ese extrarradio sensitivo que promueve la tecnología e incluso, la sabiduría popular habla de la soledad como un anatema a la simple naturaleza humana. ¿Pero eso es cierto? ¿Qué ocurre si disfrutas la soledad con el mismo placer lúdico que alguien más disfruta las grandes fiestas y la algarabía? ¿O si, de hecho, lo disfrutas pero no necesitas la interacción inmediata, si hay un límite muy preciso entre quién eres y lo que necesitas del mundo más allá de esa línea imaginaria?

Hay un cierto prejuicio contra esa pequeña medida de intimidad. No está bien visto comer solo, o viajar solo. A mucha gente le cuesta comprender muy bien cómo alguien más puede disfrutar de la soledad -a secas y sin tinturas medias- en medio de esa necesidad instintiva de socializar. ¿Dónde está el error? ¿En qué punto lo necesario se confunde con lo que asumimos es “normal”? Porque claro está, volvemos al punto de la normalidad, del temor a lo que hay más allá de lo obvio, lo culturalmente masticable. La soledad o mejor dicho, la afición que algunos sentimos por ella, parece ser ese límite entre lo que asumimos es la independencia y la individualidad y lo que toca la visión de la cultura que protege, que aglutina, que homogeniza. Y qué contradicción es esa de mirar el mundo con cierta desconfianza que hace retroceder la frontera personal para mirar lo que se desdice y se contradice como parte de la cultura a la que pertenecemos.