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11/12/2019 06:18 CET | Actualizado 11/12/2019 06:19 CET

Deporte de riesgo

Lord_Kuernyus via Getty Images
Dos 'riders' en Madrid. 

Este artículo también está disponible en catalán.

 

Primero fueron las moneditas de uno y dos céntimos de euro. Imposible cogerlas con unas manos reumáticas o artríticas. Como dijo una vieja (que debía notar las manos entumecidas por la artrosis) mientras intentaba recoger el cambio en el supermercado: «Ya no saben qué hacer para acabar con nosotras».

Luego fueron los cada vez menos amables autobuses urbanos. En uno de los ultimísimos modelos dobles de Barcelona sólo hay tres asientos para cojas, viejos, preñadas y discapacitaciones varias. En otros, trepar hasta el asiento reservado es una proeza; el altísimo escalón recuerda el gran desnivel que de pequeña tenía que subir para acceder al elefante o a la olla de los caballitos de las Caspolino, las añoradas atracciones (y bien atrayentes que eran) de la plaza Gal.la Placídia. Montar en ellas costaba penas y trabajos.

Desde que el Ayuntamiento hace negocio hipotecando —es decir, privatizando— las calles alquilándolas a los bares para que pongan terrazas (el truco consiste en ensanchar las aceras y, sin solución de continuidad, convertirlas en más estrechas y peligrosas que antes a base de terrazas) han aparecido en el pavimento numerosas anillas y sujeciones metálicas atornilladas a las losetas para atar los vientos que sujetan las variadísimas lonas. ¡Que no topes con alguna si caminas sin levantar mucho los pies del suelo!

En las esquinas siempre hay alguien que pasea y pasma mientras espera que la perra haga sus necesidades. Si son líquidas, allí quedan malolientes e insanas, si son sólidas, y en el mejor de los casos las han recogido, siempre queda un rastro viscoso y resbaladizo. Si con esto no bastara, las infinitas correas elásticas con las que atan al perro pueden ser una trampa mortal con la que engancharte las piernas y derribarte.

En las esquinas siempre hay alguien que pasea y pasma mientras espera que la perra haga sus necesidades.

Las bicicletas hace ya tiempo que se han adueñado de la ciudad. Creen, con razón, que es mucho menos peligroso circular por las aceras (se dan pocos casos de peatonas y peatones arrollando alguna) que por la calzada, y actúan en consecuencia. La gran variedad de carriles bicis y modelos de separadores hacen que tropezar con ellos sea de lo más fácil.

En otoño, las hojas forman espesas alfombras en las aceras, perennes a menos que vivas en el cogollo del centro. Tampoco hay que fiarse un pelo si las hojas son escasas. Las más peligrosas son las de los almeces, más pequeñas y disimuladas que las ásperas de los plátanos, si el piso está mojado, ni que sea un poco, son una combinación letal con efecto cáscara de plátano.

Por si todas estas trampas no surten efecto, bandadas y ejércitos de patinetes y sucedáneos de varios tamaños, número de ruedas, asientos y velocidades, vigilan y patrullan día y noche atentamente por la ciudad.

 

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