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06/07/2019 09:36 CEST | Actualizado 06/07/2019 09:36 CEST

Me quedé destrozada cuando mis hijos se fueron de casa. Así me recompuse

Echaba mucho de menos a mis hijos y sentía que no me quedaba ningún propósito en la vida.

PHOTO COURTESY OF BRETTE SEMBER

2018 fue un año de crisis para mí.

Nuestra hija se mudó muy lejos al terminar sus estudios de Medicina, nuestro hijo se mudó a su propio piso, yo cumplí 50 años, la menopausia me dio fuerte y empecé a tener cambios de humor, hinchazón, calambres, sudores nocturnos, me acaloraba y empecé a engordar. Esa combinación casi me destroza.

Echaba mucho de menos a mis hijos y sentía que no me quedaba ningún propósito en la vida. Mis hormonas ya andaban alocadas y exhaustas, y llegar a los 50 fue un golpe adicional. Fue la tormenta perfecta.

No veía ningún modo de salir, pero estaba decidida a encontrar la libertad y la felicidad del nido vacío del que tanta gente hablaba, aunque hasta ese momento solo había sentido una profunda tristeza por la pérdida.

Claro que me alegraba por no tener que recoger el desorden, soportar el carácter y hacer la colada de otras personas. Me alegró tener una nueva habitación para invitados que pude decorar. Mi marido y yo empezamos a hacer planes los fines de semana como salir a cenar o ir a ver una obra, lo que nos resultaba inusual y divertido. No obstante, seguía hecha pedazos.

No solo había dejado de venir mi hija una vez a la semana para cenar en familia, sino que ni siquiera podía venir para Acción de Gracias. Con mentalidad positiva para intentar que todo saliera bien, mi marido, mi hijo y yo cogimos un vuelo a su ciudad e hice una cena reducida de Acción de Gracias el día siguiente de la festividad. Aunque fue difícil dejar atrás la gran celebración familiar en mi casa, estar juntos era más importante. Y aun así, la fiesta tenía una nota triste para mí.

Ya no me emocionaba la idea de decorar la casa por Navidad y probablemente no me habría esforzado demasiado con los preparativos si mi hija no hubiera vuelto a casa por Navidad.

Para tratar de sacudirme la tristeza de no ver a mis hijos en mi cumpleaños, planeé una escapada para celebrar mis 50. Me fui con mi marido a Nueva York a principios de diciembre y vi escaparates navideños, una sesión de danza de Las Rockettes y un musical increíble. Probamos comida deliciosa y visitamos todos los mercados navideños. Habría sido mágico si no hubiera estado enferma con una infección respiratoria que arrastré durante tres semanas de diciembre, desde antes del viaje y un tiempo después.

Si echo la vista atrás, me doy cuenta de que estaba deprimida. Ya no me emocionaba la idea de decorar la casa por Navidad (algo que normalmente me encanta) y probablemente no me habría esforzado demasiado con los preparativos, como suelo hacer, si mi hija no hubiera vuelto a casa por Navidad.

Estaba emocionadísima por tenerla en casa, durmiendo bajo nuestro techo. Estaba feliz de que nuestro hijo viniera a pasar el día, aunque se volviera a su casa por la noche. Tener a todos reunidos en casa, como antes, era casi perfecto, pero debí intuir que algo iba a terminar mal.

Cuando nuestra hija volvió en avión a su nueva ciudad, me desmoroné. De algún modo, al tenerla de vuelta en casa por primera vez desde que se había mudado, el vacío que dejó al volver a subirse al avión fue mucho mayor que el que me había dejado antes. Entré en un círculo vicioso.

No era capaz de encontrar el rumbo. Quería disfrutar de esta nueva etapa de mi vida, pero no sabía cómo.

No puedo decir que la solución fuera evidente, pero poco a poco fui sumando dos y dos hasta dar con alguna solución. No me cansaré de recalcar la importancia de la terapia. Llevo años yendo. Disponer de un espacio en el que hablar de mis problemas resultó crucial. Aprendí a separarme de mis pensamientos, a analizar por qué estaba pensando algo y a reconducir luego mis ideas hacia la verdad.

No me cansaré de recalcar la importancia de la terapia. Llevo años yendo. Disponer de un espacio en el que hablar de mis problemas fue crucial.

Me di cuenta de que en mi vida faltaban amigos a los que ver en persona, así que inauguré un club de lectura en el que nos reunimos todas las semanas y que me permite combinar mi pasión por la lectura y mi necesidad de socializar. Fue un primer pasito, aunque importante, para obligarme a vestirme decentemente y hablar con alguien.

En enero empecé a bordar. Parece una solución ridícula, pero ha hecho milagros. Me compré un patrón de mandala y un montón de hilo. Ahora, todas las noches avanzo mientras veo la tele. Los movimientos repetitivos tienen algo que me resulta terapéutico. Me centro en el proceso, no en el resultado final, así que me divierto sin expectativas y sin criticarme a mí misma. El tiempo vuela cuando estoy bordando, así que los fines de semana ya no me parecen largos y desiertos.

En enero también dejé de ir a la peluquera a la que llevaba yendo desde los 17 años y encontré a otra especializada en rizos. Con su ayuda, me he dejado crecer el pelo y he aprendido a apreciar mis rizos y a aceptar esa parte de mí misma que siempre había rechazado.

Empecé a ir al masajista una vez al mes. Los masajes siempre me han resultado desagradables, ya fuera porque me hacían daño, porque no me gustaba el olor de las lociones o porque me sentía juzgada. Mi estilista de mente abierta me recomendó a una masajista de mente abierta que acepta mis necesidades y me hace sentirme respetada y valorada. De algún modo, encontrarme con estas dos mujeres que aceptan y elogian mi cuerpo me ha ayudado a hacer lo mismo sin criticarme a mí misma.

Como para simbolizar mi sufrimiento emocional, en verano, cuando mi hijo se estaba preparando para mudarse, me lesioné la rodilla y me resurgió una antigua lesión. Varios meses de fisioterapia lograron que me recuperara, pero después de algunas reincidencias ocasionales, he aprendido que tengo que hacer algunos ejercicios simples para mantener todo bajo control. Antes me negaba a hacerlo, pero he visto que una simple rutina de 5 minutos de ejercicios es un seguro para mi salud y ahora la hago con frecuencia mientras me recuerdo a mí misma que me estoy haciendo un regalo. Ese es solo uno de los modos en los que he aprendido a cuidar mi cuerpo, que tantos años he descuidado mientras me preocupaba por los otros cuerpos de la casa.

Las habitaciones ya no están vacías ni me duele verlas: ahora tienen una función y me pertenecen a mí.

Mi forma de vestir necesitaba también un poco de atención. Decidí utilizar uno de los armarios de las antiguas habitaciones de mis hijos para guardar la ropa de otras estaciones, así que ahora puedo ver qué es lo que tengo en mi armario para organizarlo mejor. A raíz de esto, me siento bien cuando tengo que vestirme y por fin selecciono ropa como una adulta.

El armario de la otra habitación libre se ha convertido en mi estación de almacenamiento de material para envolver regalos, además de mi organizador de bolsas de tela. Uno de los dormitorios tiene ahora una cinta de correr. En cuanto convertí esos espacios en míos, empecé a sentir menos la pérdida. Las habitaciones ya no están vacías ni me duele verlas: ahora tienen una función y me pertenecen a mí.

Me obligué a asistir a un congreso profesional de un fin de semana y ahí recordé que soy buena en mi trabajo y que he logrado muchas metas en mi carrera. Forzarme a esta situación social y profesional supuso salir de mi zona de confort, pero me dio un plus de confianza, ya que no lo llevé nada mal.

También he cambiado mi forma de pensar en mis hijos. En vez de concentrar mis energías solamente en echarlos de menos (algo que sigo haciendo y siempre haré), ahora disfruto del contacto que tengo con ellos e invierto mis energías en mis propios proyectos y mis tareas cuando no estamos en contacto. En cierto modo, es un alivio no cargar con el peso emocional en todo momento y disfrutar libre y alegremente cuando hablo con ellos o cuando los veo, pero dejo que la vida me presente otras cosas en las que centrarme cuando ellos no están.

Ahora entiendo mejor quién soy y lo que me gusta hacer, algo que se ha transferido a mi vida profesional, donde estoy centrando mis energías en los proyectos que más ilusión me hacen. He tenido tiempo de reflexionar sobre quién soy y adónde quiero llegar en la vida. Nunca he tenido el espacio emocional necesario para pensar en mí misma con tanta atención como ahora.

Ya ha pasado un año desde que mi hija se mudó a la otra punta del país y 10 meses desde que mi hijo se fue de casa. Soy una persona completamente distinta que hace un año. Reconstruirme a mí misma ha sido el modo de recuperarme tras perder mi vida anterior y dejar de ser la madre que aún tiene a sus hijos en casa para ser la madre de unos hijos adultos que ya han volado del nido.

Fue un proceso muy complicado que no esperaba superar cuando estaba desesperada tocando fondo. A día de hoy, sigo el rumbo que yo misma planifico, llevando a cabo actividades y proyectos que me hacen sentirme realizada. Es un trabajo en progreso, pero cada día me siento con esperanza y confianza en que la vida es bonita y seguirá siéndolo. Solo puedo cambiarme a mí misma y ya he aprendido a hacerlo.

 

Este post fue publicado originalmente en el ‘HuffPost’ Estados Unidos y ha sido traducido del inglés por Daniel Templeman Sauco.