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20/07/2019 09:42 CEST | Actualizado 20/07/2019 09:42 CEST

Desde la frustración y la desesperanza

Hay otras formas de hacer las cosas en política, distintas a las de los políticos españoles...

Getty Editorial
Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. 

Escribo estas reflexiones desde la frustración y la desesperanza. Sé que no van a servir de mucho, porque los que tendrían que ser destinatarios no las van a leer. Pero espero que, al menos, los que las lean piensen que hay otras formas de hacer las cosas en política, distintas de las que los políticos españoles señalan como exclusivas.

Soy español y siempre he estado interesado en la política española. Llevo 23 años afincado en Noruega y soy activo en la política de aquel país. Soy concejal de Educación, Cultura y Deportes en Askøy, un municipio de 30.000 habitantes al lado de Bergen. Aunque para lo que voy a escribir no debería interesar mucho, voy a aclarar que soy militante en un partido que está a la izquierda del partido laborista noruego. Soy también cabeza de lista de mi partido para las elecciones municipales de septiembre de este año.

La situación que está viviendo España me causa una profunda pena. Fundamentalmente, porque parece que los políticos españoles han sido lanzados a una coyuntura nueva para ellos (aunque ya empieza a no ser tan nueva: en general es similar a la del 2016), y la quieren arreglar con herramientas antiguas. Y se encierran en una forma de pensar que está sobrepasada. Y no quieren mirar y aprender de cómo estas situaciones se arreglan en otras latitudes. Pues aquí va una descripción de cómo se articulan estas coyunturas en la democracia noruega.

He dicho que en mi municipio viven 30.000 personas. El concejo municipal tiene 35 representantes. Y hay… diez partidos representados en el concejo. Diez partidos, con diez programas electorales distintos y diez ideologías distintas. En septiembre de 2015, nos tuvimos que sentar juntos cinco partidos para elaborar una plataforma política de gobierno: dos partidos a la izquierda del partido laborista, el partido laborista, los verdes y una lista local. Elaboramos un documento de cinco páginas que recoge los elementos fundamentales que esos partidos, juntos, queríamos implementar en la vida de nuestro municipio. Estábamos de acuerdo de partida en que queríamos intentar gobernar juntos. Después de que sentamos las bases para ese gobierno en común, llegó el momento de elegir quién iba a ocupar los distintos puestos. También hubo una negociación para esto, pero ni tan ardua ni tan larga como para elaborar la plataforma política.

Así es la democracia. Al que no le guste, que busque un sistema mejor.

Una vez que todo esto fue llevado a puerto, se constituyó el ayuntamiento. Todo este trabajo para elaborar una mayoría 18-17… Así es la democracia. Al que no le guste, que busque un sistema mejor. Por cierto, nada de pactos secretos: la plataforma de gobierno se debatió en pleno.

Después de tres años, un prófugo del partido laborista volcó la mayoría. En diciembre de 2018 nos tumbaron los presupuestos de este año. Estamos gobernando con unos presupuestos que no son los nuestros. Así es la democracia…

Me voy al nivel estatal, que es el que parece que más interesa ahora. Y voy a empezar con la afirmación más palmaria: la constitución noruega no contempla la disolución del parlamento y la convocatoria de elecciones anticipadas. Sí, efectivamente: el parlamento que los ciudadanos eligen funciona durante cuatro años. Salga el resultado que salga. A partir de que el parlamento es elegido, es responsabilidad de los políticos hacer que funcione. Y lo más interesante es que funciona.

Hoy en Noruega es técnicamente imposible una mayoría absoluta. En el parlamento hay nueve partidos representados. Todos de implantación nacional. El último gobierno monocolor (sin mayoría) se reunió en 2001. Desde entonces, todos los gobiernos han estado constituidos por dos, tres y hasta, como en la actualidad, cuatro partidos. Ha habido coaliciones de derechas y de izquierdas. 

Y hay nueve partidos porque hay líneas ideológicas y de política práctica que los diferencian. En Noruega también hay asuntos de estado, temas importantes que separan los programas de los partidos y que exigen negociaciones arduas y, por qué no decirlo, desgaste político: la política energética, la política de inmigración, el papel del estado en la economía, la política internacional, la educación… Es duro y difícil. Pero se consigue que funcione.

Lo más interesante es que esto pasa también en España, en muchos ayuntamientos y en algunas comunidades autónomas.

Y se producen procesos políticos y negociaciones al principio, pero también durante las legislaturas. Este invierno, el partido democratacristiano estuvo a punto de provocar un cambio de gobierno cuando abrió un proceso de debate interno para decidir si seguía apoyando al gobierno de derechas (en minoría), o si pasaba a apoyar al bloque de izquierdas. Cuando solucionaron su dilema y se decidieron por las derechas, entablaron un diálogo con los tres partidos en el gobierno, y se sumaron al mismo, después de que los cuatro partidos elaboraran una nueva plataforma política. Ahora tenemos un gobierno con mayoría en la cámara. Por primera vez en seis años.

Eso es juego político. No es fácil. Yo mismo he experimentado en propia carne lo duro que puede ser negociar una plataforma y mantenerse fiel a ella, lo complicado que puede ser también cuando aparecen asuntos que no están reflejados en la plataforma, o cuando hay que interpretar. Es ahí donde aparece el diálogo, el juego de acuerdos, del “hoy cedo yo para que mañana cedas tú”. 

Lo más interesante es que esto pasa también en España, en muchos ayuntamientos y en algunas comunidades autónomas. ¿Cuándo van a aprender nuestros políticos que tiene que funcionar igual a nivel nacional?

 

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