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20/03/2019 07:00 CET | Actualizado 20/03/2019 10:52 CET

Después del 8 de marzo. Cine y fútbol

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Coinciden en la cartelera tres películas que tratan de monarquías y poder. Son, por orden cronológico, María, reina de Escocia de Josie Rourke (Reino Unido, 2018); La favorita de Yorgos Lanthimos (Irlanda, Reino Unido, EE.UU., 2018) y Cambio de reinas de Marc Dugain (Francia, 2017).

La primera transcurre en el siglo xvi y consiste en un relato biográfico más o menos fidedigno de la última etapa de la vida (y muerte) de la reina María Estuarda de Escocia (1542-1587) cuando, tras enviudar del rey de Francia, vuelve a Escocia y se enfrenta por cuestiones dinásticas y sucesorias a su prima Isabel I de Inglaterra (1533-1603), la última Tudor.

La segunda, situada a principios del siglo xviii en Inglaterra, narra parte del reinado de Ana de Gran Bretaña (1665-1714), última soberana de la Casa de los Estuardo, así como las complicadas relaciones con Lady Sarah Churchill.

La tercera, Cambio de reinas, localizada básicamente en Versalles, transcurre también durante el siglo xviii pero en años posteriores a La favorita. Recrea el intercambio de princesas entre Francia y España con una doble finalidad: apuntalar dos reinados empobrecidos y exhaustos por las guerras y suministrar descendencia.

(Una cuestión, esta última, muy viva siempre. La política natalista del PP se caracteriza por querer disponer de los cuerpos de las mujeres, por arrebatar sus bebés a las migrantes, a las más desfavorecidas. Resigue la línea de los secuestros de las hijas y los hijos de las rojas, de las mujeres «malas» durante el franquismo; o con los robos perpetrados por las dictaduras americanas. La política del PP para el mantenimiento de las pensiones también pasa por colonizar a las mujeres. Unas mujeres vistas como productoras de criaturas, como las vacas producen leche. Este machismo que consiste en abrir en canal los vientres de las mujeres para aprovecharse de ellos.)

Las tres, cada una en su estilo, son buenas películas; las tres protagonizadas y conducidas por sendos elencos de actrices de bandera (espero que les sirva, al menos, para cobrar igual que los actores). Las tres muestran crudas y crueles luchas por el poder; guerras; conspiraciones y miserias. Las tres un poco más lejos que la montaña de películas históricas protagonizadas exclusivamente por reyes y/o nobles masculinos acompañados de personajes periféricos femeninos, puesto que ninguna de las tres escamotea que, por encima de todas las jerarquías, existe el feroz orden patriarcal. Hombres que por ser hombres se creen con derecho a ser reyes cuando se casan con una reina.

Los tres filmes narran una experiencia propia de la humanidad, universal; los que muestran la experiencia masculina —libre de restricciones machistas legales— explican una experiencia también humana, también parcial.

Es esperanzador que el gesto grosero y obsceno, antes considerado tan viril y pretendidamente tan gracioso, de glorificar los genitales masculinos actualmente empiece a ser mal visto.

Tres películas, por cierto, muy bien acompañadas. Desde que empezó 2019, es decir, en menos de tres meses, se han podido ver un montón de películas de directoras. Por ejemplo, Con el viento, Viaje al cuarto de una madre, Viaje a Nara, La tercera esposa, Mug, Cafarnaúm, ¿Podrás perdonarme algún día?, The miseducation of Cameron Post, Destroyer: una mujer herida, Leave no trace... O documentales como El silencio de otros, Bergman, su gran año, Las cinefilas, Terra Sola... Una gran parte, tanto de unas como de otros, con fuerte protagonismo femenino y bien diversificado, por cierto. Algunas historias las hemos disfrutado por partida doble. De la admirable jueza Ruth Bader Ginsburg, hay documental, RBG, y biografía, Una cuestión de género. Se le podrían añadir las de directores que hacen filmes con mucho y muy digno protagonismo femenino; por ejemplo, Viudas, La gracia de Lucia o La mujer de la montaña.

Si tienen la desgracia de hartarse de cine, siempre pueden recurrir al fútbol. Cada vez hay más gente que lo hace. Al partido que el 17 de marzo enfrentó a las futbolistas del Atlético de Madrid y el Barça en el Wanda Metropolitano acudieron 60.739 personas. Superó el récord que se había conseguido poco antes. El pasado 30 de enero la asistencia a San Mamés para ver el partido entre las jugadoras del Athletic de Bilbao y el Atlético de Madrid fue de 48.121 aficionados y aficionados.

La realidad es tan y tan contradictoria que, paralelamente y por un lado, un entrenador, Simeone, y un jugador, Cristiano Ronaldo, atribuyen a sus respectivos genitales sus respectivas victorias; por otro, las futbolistas jugando con la cabeza y los pies fomentan afición y marcan goles. Es esperanzador que el gesto grosero y obsceno, antes considerado tan viril y pretendidamente tan gracioso, de glorificar los genitales masculinos adjudicándoles el mérito de cualquier cosa, en general las más peregrinas, actualmente empiece a ser mal visto y, por tanto, sancionado y multado. O, que enlazando con las películas de reinas que presentan ni más ni menos que experiencias humanas sin restricciones y universales, las jugadoras del Barça en un hermoso anuncio dicen algo así (cito de memoria) como: «Un regate de una futbolista, es un regate / Una asistencia de una futbolista, es una asistencia...».

 

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