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20/04/2020 13:23 CEST | Actualizado 20/04/2020 13:23 CEST

¿Después seremos mejores?

Habrá que replantear todo, desde el comienzo si se quiere sacar a este país adelante, porque va a ser necesario más que esos valores y cualidades.

Susana Vera / Reuters

¡Ojalá!, una interjección que todos conocen y que según el diccionario de la RAE: “denota vivo deseo de que suceda algo”.

Desde que comenzara la crisis del coronavirus el mensaje que se repite en los diferentes medios no varía mucho, saldremos mejor de esta, toda saldrá bien, o esta guerra o batalla la vamos a ganar.

Una contienda que llegó sin declaración, a pesar de las alarmas, porque cuando el enemigo es invisible e impredecible, no se imagina uno que la guerra sea tan inminente y desoladora. Pero se presentó y solo se contaba con unos soldados vestidos con sus batas de plástico y mascarillas, las cuales no llegaban a tiempo a la línea del frente. Con unas barricadas igualmente invisibles, y en la que el refugio para la mayoría eran sus propias casas. Bastantes sanitarios con los que coincido en las redes sociales, se muestran contrarios a este tipo de lenguaje y así lo expresan, porque solo hacen su trabajo con mayor esfuerzo, dedicación y escasos medios. “No tenemos nada de héroes y en ningún momento nos sentimos así”, afirma Paula Vera, médica intensivista en la UCI del Hospital de Sant Pau, en Barcelona. “Somos personas trabajadoras que intentan cumplir con su responsabilidad, porque si no vamos a trabajar nadie va a cuidar a los enfermos por nosotros”.

A otros sí les gusta esta clase de lenguaje, se consideran unos guerreros y solo espero que les den a todos los materiales para defenderse, porque les seguiremos necesitando. De hecho algunos profesionales lo han manifestado, ya que cuando la situación se halle controlada el sobreesfuerzo a la que se ha sometido al sistema sanitario, precisará de una remodelación, refuerzo y ajuste, y los cambios deberían conjugar dos objetivos: mejorar el sistema para lo que ocurre siempre y para lo que nos sucede excepcionalmente, según ha expuesto Javier Padilla, médico de atención primaria y autor del libro ¿A quién vamos a dejar morir?

Cuando se decide utilizar este tipo de lenguaje va a ser necesario estar preparado para las consecuencias, porque va a aparecer la otra guerra, la mediática, las represalias que ya se anuncian en forma de querellas por homicidio contra el Gobierno o los centros de mayores, el rencor y un sinfín de ataques que no hacen más que llevarnos por un sendero que me trae a la memoria la magistral obra cinematográfica Senderos de Gloria (1957), del maestro Stanley Kubrick. No deseo comparar estos escenarios, solo recordar el alegato antimilitarista y el patriotismo utilizado a modo de refugio lejos de la línea de batalla. 

No solo algunos filósofos y escritores han puesto en entredicho el uso de frases o proclamas como la que ilustra estas páginas. Quien ahora escribe estas líneas no es filósofa, tampoco periodista, quizá una escritora novel y sobre todo una ciudadana interesada por el día a día, los problemas sociales olvidados. Por todo ello, también me pregunto por la alocución que se lee en los diarios, escuchamos en las noticias y ruedas de prensa, en las tertulias, y es objeto de debate a diario. Y todo se hace acudiendo a un futurible “saldremos”, algo que podría existir o producirse en el futuro, siendo un requisito que acontezca una condición determinada. En este caso que se controle el virus, porque vencerle de momento ningún país está en condiciones, a la espera de una vacuna que nos inmunice. A sabiendas en cualquier caso que el futuro es impredecible.

Como ha escrito recientemente Javier Marías: «Demasiadas cosas volverán a su antiguo ser por una sencilla razón: ni la tristeza ni la preocupación ni el sufrimiento ni el miedo nos convierten en más inteligentes ni en más modestos ni en menos engreídos y codiciosos. Quizá sí, momentáneamente y en algunos casos, en más solidarios y compasivos. En algunos casos, insisto con pesar» (Perdónenme el escepticismo). 

Ante esta emergencia o crisis sanitaria que no distingue de países o escenarios, economías, pobres o ricos lo primordial es trabajar, actuar con responsabilidad y con todos los recursos al alcance en un mercado que desafortunadamente a veces se vende al mejor postor. Nadie duda que contamos con una de las mejores sanidades y que se está viendo sometida a una tensión y exigencia sin precedentes. Podemos recordar que cuando aparece una epidemia de gripe estacional, observamos que los hospitales se saturan, esto podría haber sido un indicador, pero no somos adivinos y ahora es el momento de actuar y mirar hacia adelante. Estas presiones al sistema nos están mostrando sus fisuras y costuras que desde dentro ya se han ido denunciando. Lo cual me lleva de nuevo a preguntarme: ¿vamos a aprender algo?, porque solo hay que estudiar un poco la historia para darse cuenta que de cualquier guerra o contienda no se aprende nada, o quizás sí, dejarlas de ver como algo lejano y que no nos va a tocar. Y algo importante, que la próxima vez no se deba acudir a la improvisación sobre la marcha.

Habrá que replantear todo, desde el comienzo si se quiere sacar a este país adelante, porque va a ser necesario más que esos valores y cualidades.

Desde hace tiempo se indica que la sanidad española se coloca en los puestos más elevados, situación refrendada hasta el Foro Económico Mundial (The Global Competitiveness Report, 2019, p. 522). Sin embargo, los profesionales sanitarios llevan años señalando las carencias del sistema, unas bases que se consolidan con capital humano, recursos y coordinación entre 17 sistemas sanitarios. Somos líderes en trasplantes y se realizan verdaderos milagros en casos muy raros, pero estamos viendo que sus cimientos se tambalean. El lector me dirá que ante una crisis de esta magnitud ningún sistema está preparado, y no le quito la razón, aunque los propios sanitarios en aquellas mareas blancas ya lo venían advirtiendo.

Volviendo a la pregunta inicial, solo le pido al lector que acuda a la historia, no muy lejana, la del siglo pasado y las guerras que han asolado al mundo o a nuestro país. ¿De verdad aprendimos algo? ¿No hubo más rencor y odio?

Son palabras duras y reales, si bien solo le diría al lector que repase los periódicos o eche un vistazo por las redes sociales y ojee algunos de los cientos de comentarios. Pese a llamadas a la unidad, y pensando que todos navegamos en el mismo barco, si no se dejan las cargas de profundidad aparcadas, sí saldremos de esta, aunque me cuestiono que lo hagamos mejor. 

Años con una emergencia climática, a la que precisamente ahora se le ha dado un respiro, y una brecha social cada vez mayor. Se apela a valores como la solidaridad tan presente en estas semanas, aunque sabemos bien que se debe ejercitar a diario, y unas cualidades o habilidades, en este caso la empatía y la paciencia, que tanto valoramos algunos que por ejemplo perdimos la salud hace demasiado tiempo, y que estas semanas se encuentran presentes en cada gesto o acción. Una cualidad esta última que se entiende no en términos de saber esperar, sino de tener una actitud ante la espera.

¿Seguirán cuando se vuelva a la “normalidad”? ¿Por qué ahora nos acordamos de los vecinos que viven en soledad y antes no? Por qué valoramos el extraordinario trabajo de sanitarios y en especial de enfermeras, cuando siempre lo han hecho, pidiendo un mayor reconocimiento y mejores condiciones, pues como he señalado al principio muchos no quieren ser calificados de héroes por el trabajo que hacen y unas reivindicaciones largamente desoídas; sin olvidar que es el colectivo con mayor proporción de contagios... Y no acabaría.

Habrá que replantear todo, desde el comienzo si se quiere sacar a este país adelante, porque va a ser necesario más que esos valores y cualidades. ¿Quién no tiene o ha experimentado en estas semanas un mayor nivel de ansiedad? Es un efecto propio de la incertidumbre que está tan presente tras largas semanas de confinamiento. Se ha paralizado un país, salvo en lo esencial, y la sanidad se ha volcado al cien por cien para salvar vidas y curar enfermos, porque es la prioridad mientras la curva no se aplane.

Está en cada uno de nosotros elegir el camino que vamos a tomar para retomar la citada normalidad ante el escenario que se vislumbra.

Ante estas paralizaciones algunos especialistas ya han llamado la atención, porque ante el temor al contagio los pacientes cardiacos o con ictus no acuden al hospital, o al pediatra con cuadros que pueden ser graves. Esta pandemia ha supuesto la cancelación del resto de actividades sanitarias no prioritarias o urgentes, que en el caso de los enfermos crónicos, afecciones neurodegenerativas y otras pueden ser esenciales y vitales. Ya sea el tratamiento del dolor crónico, los problemas neurológicos tan olvidados, o la salud mental. Luis Querol, neurólogo del Hospital de Sant Pau, en Barcelona, preguntado por nuestro sistema sanitario y su consideración como una de las mejores sanidades señala que: “da la sensación de que los tratamientos más llamativos y espectaculares realmente sí están a disposición de todos. La cuestión es que el cuidado de las enfermedades invalidantes pero que no comprometen la vida no funciona tan bien. Los cuidados a la dependencia y a los enfermos crónicos, por ejemplo, deberían ser mucho mejores”.

No cabe duda que será necesario otro plan de choque, protocolos nuevos para que las listas de espera no se conviertan en un camino sin retorno para los que perdieron la salud hace demasiado tiempo. 

Se han puesto en marcha planes de emergencia económica y serán necesarios muchos más, porque la brecha social de la desigualdad puede convertirse para muchos en un abismo. 

Frente a frases tan categóricas que escuchamos: “todo saldrá bien” o “saldremos de esta”, es el momento de replantearnos todo o volveremos a la casilla de salida. Puede ser una oportunidad para cambiar, construir un nuevo escenario sanitario, económico, ambiental y social, aunque ¿estamos preparados para ello? Ahora que el mundo se ha ralentizado, que la vida tan frenética que para muchos era lo cotidiano se ha frenado en seco, puede ser una oportunidad. Aprender a escuchar a los demás, a ser paciente y que todos pueden poner lo mejor de sí mismos, cada cual conforme a sus posibilidades, para recorrer este nuevo escenario. 

Esto es lo que nos gustaría a muchos, aunque lo dudo tanto... porque junto a la anterior proclama nos hallamos con la deseada vuelta a la “normalidad”. ¿Qué entendemos por normalidad? Dependerá de cada hogar, empresa, persona, de la sociedad que queramos recuperar. Porque para muchos no habrá un puesto de trabajo al que volver, ni un familiar al que abrazar porque no ganó la “batalla”, y un duelo que se ha de aplazar con los riesgos que conlleva, muchos se quedarán rezagados en los estudios o los tendrá que abandonar o aplazar para ayudar a la familia. Una España que tiene en el sector turístico su gran motor, cómo se reactivará el consumo y la confianza. La soledad se enquistará aún más en muchos hogares, así como la brecha social y educativa, porque no es posible poner el marcador a cero. Los besos y abrazos de momento se quedarán guardados ante la exigencia del distanciamiento social, ¿nos hará ello más fríos? 

Está en cada uno de nosotros elegir el camino que vamos a tomar para retomar la citada normalidad ante el escenario que se vislumbra, una larga crisis económica, social, y un sistema sanitario sobrecargado y en el que nos vamos a ver inmersos durante más tiempo del que nos gustaría. Que la normalidad no sea una vuelta a lo conocido sin ningún cambio.