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12/06/2020 09:39 CEST | Actualizado 12/06/2020 09:39 CEST

Día Mundial contra el Trabajo Infantil: por qué no debemos olvidarnos del trabajo infantil durante la crisis de la COVID-19

Hay razones para sentir preocupación por la interrupción temporal de la escolarización, cuyos efectos podrían ser permanentes para los más pobres.

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Trabajo infantil. 

En tan solo unas semanas, la COVID-19 ha tenido consecuencias drásticas para los niños. Su acceso a servicios de educación, nutrición y salud se ha visto afectado de manera dramática en todo el mundo. El impacto ha sido tal que el propio secretario general de Naciones Unidas instó a los gobiernos y donantes a paliar los efectos inmediatos de la crisis del coronavirus sobre la infancia. 

En los debates sobre la pandemia, el trabajo infantil (formas de trabajo que son nocivas para los niños) ha aparecido solo de manera marginal. Y, sin embargo, el trabajo infantil será una importante herramienta de supervivencia para hogares pobres que sufren los efectos de la COVID-19. A medida que la pobreza global aumenta, también lo hará el trabajo infantil. El aumento de la mortalidad parental debido al coronavirus obligará a muchos niños a trabajar, incluyendo las peores maneras de trabajo, que ponen en riesgo su salud y su seguridad. El cierre temporal de las escuelas podría tener consecuencias permanentes para los más pobres y vulnerables. Los presupuestos limitados y la reducción de servicios para las familias y los niños compondrán los efectos de la crisis sanitaria, económica y social. 

Incluso en el escenario –altamente improbable– de que la crisis económica dure poco, las consecuencias del aumento del trabajo infantil pueden perdurar durante generaciones. Sabemos que los niños que empiezan a trabajar tienen menos probabilidades de dejarlo si su situación económica mejora. Y, por tanto, seguirán sufriendo las consecuencias del trabajo infantil (como menos nivel educativo y peores oportunidades de empleo) cuando sean adultos y tengan sus propias familias. También sabemos que cuanto más jóvenes sean los niños que se involucran en el trabajo infantil, más problemas de salud crónicos tendrán cuando sean adultos. Es más, tenemos muchas pruebas de que el estrés y traumas sufridos en la adolescencia conducen a una vida entera llena de retos a nivel de salud mental. 

Hay razones para sentir preocupación por la interrupción temporal de la escolarización, cuyos efectos podrían ser permanentes para los más pobres.

Sin estimaciones razonables del alcance de la mortalidad global, es imposible calibrar el aumento del trabajo infantil como resultado directo de las consecuencias sanitarias de la COVID-19. Sin embargo, sabemos que, si los padres y cuidadores en los países pobres mueren, los niños adoptarán parte de su papel, incluido el trabajo doméstico y la responsabilidad de llevar dinero a casa. Así lo hemos visto en Malí, México y Tanzania. Cuando llega la desesperación, los niños pueden ser especialmente vulnerables. Un estudio de Nepal reveló que la discapacidad o muerte de un padre era uno de los principales factores que podía llevar a un niño a trabajar. 

Hay razones para sentir preocupación por la interrupción temporal de la escolarización, cuyos efectos podrían ser permanentes para los más pobres. Normalmente, cuando los niños dejan de ir a la escuela y empiezan a ganar dinero, es extremadamente difícil que vuelvan a la escuela. Un estudio realizado tras una huelga de profesores en Argentina mostró que incluso el cierre temporal de los centros educativos puede llevar a unas tasas de escolarización bajas permanentes y a menores salarios de adultos, puesto que los niños que abandonan la escuela suelen ocupar puestos menos cualificados.

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Trabajo infantil. 

Sin embargo, es posible contener las consecuencias del cierre de escuelas. El “apagón” global podría limitar la capacidad de los niños para ganarse la vida mientras están fuera de la escuela, mitigando de manera potencial la posibilidad de que no vuelvan a la escuela. Es más, la reapertura de escuelas puede ser emocionante tanto para los alumnos como para sus padres. Esto fue documentado tras el cierre de escuelas por la epidemia de ébola en África Occidental. En un informe de World Vision de 2015, una niña de 11 años de Sierra Leona decía: “Cuando la escuela reabrió finalmente, fue el mejor día de mi vida”. De hecho, en aquel país los niños han vuelto en su mayoría a la escuela tras ese brote de ébola. 

Los programas de protección social ayudan a reducir el trabajo infantil fuera del hogar y ayudan a los hogares a compensar las crisis económicas.

Se espera que la crisis económica provocada por la COVID-19 lleve a un aumento de la pobreza global. El Banco Mundial prevé que el número de personas viviendo en pobreza extrema pase de 40 a 60 millones solo este año. Un estudio del Instituto Mundial para la Investigación de la Economía del Desarrollo de la Universidad de las Naciones Unidas estima que una contracción del 5% de la renta per cápita llevará a 80 millones de personas más viviendo en extrema pobreza. Los niños que trabajan constituyen gran parte de la población global que vive en extrema pobreza. Esperamos que millones de niños se vean obligados a trabajar como resultado del aumento de la pobreza. 

Los programas de protección social que abordan la pobreza directamente son fundamentales para paliar las peores consecuencias de la crisis de la COVID-19 sobre el trabajo infantil. En el momento de escribir estas líneas, 133 países estaban trabajando activamente en las respuestas de protección social, incluyendo transferencias de efectivo no contributivas. En general, los programas de protección social ayudan a reducir el trabajo infantil fuera del hogar y ayudan a los hogares a compensar las crisis económicas. En Colombia, las transferencias de efectivo ayudaron a compensar el aumento de trabajo infantil debido a la ausencia del padre. En Zambia, ayudaron a los hogares a amortiguar el efecto de las crisis climáticas. 

Parece inevitable que, en el medio plazo, la mayoría de países experimentarán serias crisis económicas. Estas crisis serán especialmente duras en países pobres cuyos ingresos básicos dependen desproporcionadamente del comercio internacional, de inversiones extranjeras directas o de ayuda internacional. Creemos que estas crisis afectarán al trabajo infantil porque disminuirá la protección social.  

Deben diseñarse respuestas de política asequibles y sensibles al género para ayudar a mantener a los niños en la escuela y reducir la dependencia del trabajo infantil.

Asimismo, es probable que en el “post coronavirus” disminuyan los fondos para bienes proporcionados públicamente, como la atención sanitaria, la educación y políticas activas del mercado laboral, así como la aplicación de las regulaciones del mercado laboral. La reducción de las tasas escolares, por ejemplo, ha jugado un papel fundamental en la escolarización, y hay pruebas de que en India el impacto de shocks económicos sobre el trabajo infantil cambió en zonas donde la escuela era más asequible. También sabemos que en México y Senegal el trabajo infantil disminuye cuando la calidad educativa aumenta. Si las tasas escolares aumentan o la calidad de la escuela se deteriora en la era post-COVID-19, parece que aumentará también el trabajo infantil. 

Deben diseñarse respuestas de política asequibles y sensibles al género para ayudar a mantener a los niños en la escuela y reducir la dependencia del trabajo infantil. Las respuestas de política que corren el riesgo de exacerbar el aumento inminente del trabajo infantil, como los programas de obras públicas, deben considerarse cuidadosamente. Se debe prestar una atención especial al periodo inmediatamente posterior a los confinamientos, cuando las escuelas reabran. Es un momento importante para evitar que los niños entren en el mercado laboral, y se necesita acción a nivel comunitario para garantizar que cada niño vuelve a la escuela. Los niños de los entornos desfavorecidos y aquellos que han perdido a uno o a sus dos padres merecen una consideración y apoyo especiales.