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17/02/2021 17:26 CET | Actualizado 17/02/2021 17:30 CET

Dignidad

Las personas trans somos militantes de la democracia y la dignidad.

Carla Antonelli

“Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros”. Artículo 1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

El viento me daba de frente y tiraba mis lágrimas al mar aquella mañana de 1977 en la que me fui de casa. Me subí a un barco y abandoné la isla que me vio nacer porque no podía más. Porque si el franquismo fue una tiranía política, su legado continúa siendo una dictadura moral en las paredes del hogar.

Dejé atrás mi familia, mi pueblo y mi pasado. Hui, así lo digo, hui. Con una mano delante y otra detrás. Pobre, repudiada y exiliada en mi propio país. Pero libre y decidida a comerme el mundo, a transformar mi dolor en motor de supervivencia. Decidida a ser la mujer que soy hoy.

Sé de buena mano que lo personal es político porque yo misma transité cuando España transitaba para dejar atrás aquellas noches oscuras de los tiempos del garrote vil y los vagos y maleantes.

Aún me duelen los cardenales borrados de la paliza que me dieron los policías al grito de “¡estarás contento, maricón, ya tienes democracia!”. Y es que la verdad, a veces, se revela en los momentos más sádicos. Los fascistas me pegaban porque sabían que la impunidad tenía los días contados.

Los fascistas me pegaban porque sabían que la impunidad tenía los días contados

Por eso, me hice militante de la democracia y socialista irredenta. Porque estaba dispuesta a aprovechar aquella estrecha rendija que se abría para ensanchar los espacios de dignidad y derechos arrebatados. Quería hacerlo por mí y por todas mis compañeras: las mujeres maltratadas, los trabajadores sin descanso, la comunidad gitana, los niños sin pan y las familias exiliadas.

Porque todos los cuerpos —rojos, morados, negros o marrones— fuimos, sin saberlo, comunidad. Fuimos un arcoíris social y una alianza democrática.

Fueron tiempos de ceder, de escuchar y de pactar en favor de unos mínimos que nos permitieran vivir, a todos, todas y todes, en paz. Cuarenta años después, nos vendría bien recordar el espíritu de esos tiempos porque, en pleno 2021, la extrema derecha ha vuelto a la carga, aunque siempre estuvo ahí.

Esta misma semana, un señor de Vox me nombraba en masculino y la presidenta de la comisión no me amparaba. Se negaba así mi honor y mi identidad. Se trataba de enmascarar con excusas semánticas mi historia y el derecho a ser de miles de compatriotas que lo han dado todo, incluso la vida, por esta democracia.

Créanme cuando les digo que, si lo que ocurrió fuera solo una anécdota, yo no estaría escribiendo este artículo. Sin embargo, es una tendencia. Responde a una escalada de transfobia alimentada por debates mezquinos en torno a derechos que son inherentemente humanos.

Pero no van a prosperar. Ni los unos, ni las otras. Porque las personas trans no somos debates ni teorías. Somos, estamos y luchamos. En los parlamentos, en las universidades y en nuestras familias. Frente a las cámaras, tras la barra de un bar y en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad. Porque las personas trans somos militantes de la democracia y la dignidad.

Las personas trans somos militantes de la democracia y la dignidad

Por eso, quiero usar mi voz de vieja socialista una vez más: para invocar el espíritu del consenso y convocar a todos los partidos demócratas a una gran alianza por los derechos humanos. Para parar el odio a través de la ley.

Todo gran salto da vértigo al principio. Toda gran decisión provoca críticas y aplausos: de propios y ajenos, en público y en privado. Ocurrió con el sufragio femenino. Ocurrió con el divorcio, con el aborto y el matrimonio igualitario, también con la ley de hace 14 años que nos permitió a las personas trans cambiar nuestra documentación sin necesidad de una cirugía genital. Ocurre, con una fiereza que me retuerce, con la nueva Ley Trans.

Por favor, no nos confundamos de enemigo

Tendamos puentes, para resolver dudas, escuchar y empatizar. Lo único que se pide a cambio es sosiego y voluntad para que las personas trans dejemos de ser consideradas enfermas, desde el derecho a la propia autodeterminación y emancipación, como personas libres, sin tutelas. Para que nadie nos pueda negar nuestra identidad. Para que se restituya, al fin, nuestra dignidad.

Por favor, no nos confundamos de enemigo. No dejemos a las personas trans atrás, es injusto, cruel e inhumano.

Mi nombre es Carla Delgado Gómez. Lo dice la ley, lo dice mi DNI y lo digo yo.

Aún lloro, son muchas las lágrimas vertidas en este último año, pero ya no huyo ni lo haré jamás. Porque sé que estamos en el lado correcto de la historia.

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