INTERNACIONAL
19/01/2021 17:29 CET

El marido de Kamala Harris, sin más

Nunca ha habido una vicepresidenta en EEUU y nunca un marido la ha acompañado en su aventura. Así es Doug Emhoff, abogado judío enamorado como un chaval.

Doug Emhoff / INSTAGRAM
Doug Emhoff abraza a Kamala Harris, para celebrar su aniversario.

1789. Abigail Smith se convierte en la primera segunda dama de Estados Unidos por ser la esposa de John Adams, vicepresidente de la recién independizada nación. Desde entonces, hombre tras hombre han ido ocupando el segundo escalón de la Administración norteamericana. Y mujer tras mujer los han ido acompañando. Hoy cambian las cosas: Kamala Harris toma posesión como ‘número dos’ del presidente Joe Biden. Es su esposo, Doug Emhoff, quien se convierte en segundo caballero. Ya lo cantó Dylan: los tiempos están  cambiado. 

Emhoff no va a ser un simple florero en el Observatorio Naval de los Estados Unidos, donde se ubicará su nueva residencia oficial. Ha prometido centrarse en la defensa de causas como la justicia, los derechos humanos y la igualdad, aprovechando el escaparate impagable del cargo de su mujer, y será profesor en la Universidad de Georgetown, tras dejar su trabajo como abogado para que no haya colisión alguna entre intereses privados y públicos. Sobre todo, promete “apoyar” a Harris. “Yo no soy su asesor político, soy su esposo. Mi tarea será ayudarla siempre, por encima de todas las cosas”, afirma. 

Nacido en Nueva York en 1964, de origen judío (otra cosa más en la que es pionero en la cima de Washington), Emhoff se mudó a California con sus padres cuando era adolescente y allí había desarrollado toda su vida, hasta ahora. Estudió Derecho en la Universidad Estatal y acabó montando un bufete especializado en lo que da la tierra: derechos de televisión, cine y publicidad. Venable, su oficina, se convirtió en un referente mundial en la materia. 

El exitoso abogado se casó con Kerstin Mackin, una productora de cine, y tuvo dos hijos: Cole (por John Coltrane) y Ella (por Ella Fitzgerald). Huelga decir que le apasiona el jazz. Tras 25 años de matrimonio, la unión acabó en divorcio amistoso. Y a los cinco años de esa separación, la entonces fiscal general de California, hoy vice, se cruzó en su camino. O la cruzaron, más bien. 

La historia es como sigue: un cineasta y productor va a su despacho a hablar de negocios, acompañado de su esposa. La mujer mira y remira a Doug y le acaba preguntando a bocajarro si está casado. Como responde que no, pregunta de nuevo: ”¿Te apetece quedar con mi amiga Kamala Harris?”. ”¿La fiscal? ¡Es guapísima!”, replicó. Así empezó todo.  

Emhoff, amante del deporte, fue esa tarde a ver un partido de los Lakers y, en un descanso, mandó a la “fiscal guapa” un mensaje de texto y, luego, un mensaje de voz. Él cuenta que nunca ha sonado tan ridículo, pero a ella le gustó -se lo pone cada aniversario, para recordar-, lo llamó y hablaron durante más de una hora. Quedaron en verse. Harris jugaba con desventaja porque su amiga la celestina le había pedido que ni pusiera en Google el nombre del abogado. Cita a ciegas. 

Después de ese primer encuentro, Doug escribió a Kamala: “Soy demasiado mayor para andar con jueguecitos. Me gustas mucho y me gustaría probar a ver si esto funciona”. En un email, al día siguiente, le mandó una lista de todas sus fechas disponibles para los próximos meses.

Iba en serio. Tanto, que ella tuvo que pararle los pies cuando quiso, muy pronto, presentarle a sus hijos. Cuando al tiempo se produjo el encuentro, fue un match, en palabras de la demócrata: si con el abogado había enamoramiento, con sus vástagos era puro amor, “inmediato”, dice. Los chicos, que cuentan que el sentimiento fue recíproco, pasaron de llamarla “madrastra” y se inventaron “Momala”, mezcla de mom y Kamala, el título del que más “orgullosa” está ella hoy. 

Le dieron seis meses a su relación y, pasado ese tiempo, vieron que era sólida. Emhoff propuso matrimonio a Harris cuando estaban a punto de pedir comida para llevar en un restaurante tailandés. Se casaron en 2014 por lo civil, en una ceremonia con aires hindúes (herencia materna de ella) y judíos. Acción de Gracias lo celebran con la exmujer, con la que hay una estupenda relación. 

Desde entonces, ha estado para Kamala “siempre”, como no para de repetir en los amorosos mensajes que le deja en redes sociales. Cogió una excedencia desde que ella anunció que peleaba en las primarias de su partido aspirando a ser candidata a la Casa Blanca -ganó Biden- y, pese a la timidez inicial, se convirtió en el mejor speaker de sus mítines. Hasta se creó una etiqueta para seguirlo, #DougHive, como si fuera una estrella del rock. 

Ha sido una pieza importante en el equipo de transición del equipo Harris-Biden, ha movilizado a seguidores en redes sociales y, sobre todo, ha humanizado la política, mostrándose como un tipo entusiasta encantado de que su mujer, en la que cree como nadie, haya apostado alto. 

Tras ponerse a prueba como pareja en la pandemia, cuando han pasado juntos más tiempo que nunca, dice que no hay nada que no le guste de su mujer. Y que la quiere más cada día. Y que es “la mejor”, sin más. 

Que su apoyo va a ser inquebantable es seguro. Que va a hacer muchas cosas y no se va a quedar mano sobre mano, también. La duda, acaso, es cómo se le va a llamar en los próximos cuatro años. “A mí me encanta decir que soy el marido de Kamala Harris, sin más”, dice. Ella bromea con el juego de iniciales, tan propio de la Casa Blanca, que resultaría en un horroroso SHUS (second husband of the United States), pero en las entrevistas responde sin duda: ni siglas ni cargos. “Honey” es la palabra elegida. 

Sus amigos dicen que le va bien, que le pega. Que ha dejado atrás el traje de abogado agresivo y es dulce como la miel. Por ella. Sólo se sigue transformando, rabioso, cuando juega al golf. A Emhoff le encanta competir. 

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