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28/04/2020 10:48 CEST | Actualizado 29/04/2020 18:44 CEST

El balcón, ¡uno, grande y libre!

Menos mal que me mudé hace unos meses, porque si no hoy sin balcón, no sería nadie.

Eugenio Merino

Siempre he querido tener un balcón madrileño, ya saben, de esos con ventanas que van del techo al suelo y barandillas de hierro negro que se ensortijan formando barrocos enrejados. De esos con una contraventana de madera de edificio antiguo y casa señorial. Bien, pues como si el universo supiera lo que iba a ocurrir, o quizás lo tuviera planeado para azotarnos en la cara y hacernos reflexionar con esta pandemia sobre nuestra mísera existencia, hace unos meses me mudé de casa y hoy tengo balcones madrileños.

Y en lo único que pienso ahora es en lo afortunada que me siento porque, figúrense pasar este confinamiento sin un balcón madrileño. Hoy sin un balcón no eres nadie, no existes. Es como el apartamento en Sotogrande o tu semana de esquí en Baqueira. Si eres alguien, tienes que estar ahí. En esta sociedad encerrada de la vida hacia fuera, el balcón es la extensión de tu casa, de tu vida y de tu propio oxígeno.

Imagínense no poder salir a aplaudir a las 8 de la tarde cada día, rutinaria y mecánicamente, como el viejo matrimonio que se da las buenas noches sin apenas rozarse con un beso al aire.

Piensen en qué harían todas esas personas faltas de talento que lo usan como un escenario ofreciendo un espectáculo que muchas y muchos nunca pagarían por ver y que se tienen que tragar gratis cada día.

¿Dónde si no podrían acechar atentamente a sus vecinos los balconazis, esas personas frustradas que les hubiera encantado aprobar una oposición a policía municipal, pero se conforman con ser vigilantes en pijama insatisfechos, que aplacan su hambre de gresca, amonestando al vecindario cuando sale a la calle sin aparente justificación?

Les digo de verdad, que menos mal que me mudé hace unos meses, porque si no hoy sin balcón, no sería nadie.

¿O desde dónde se grabarían esas detenciones o carísimas multas (que vuelan luego por las redes) a personas que se les ocurre hacer uso de sus derechos fundamentales en un estado de alarma que dura ya un mes y medio? 

¿Dónde airearían su patriotismo miles de personas?, ¿dónde exhibirían sus banderas de España cada vez que Cataluña protagoniza una salida del tiesto?

Por cierto, una metáfora que viene muy al caso porque: ¿dónde colocarían sus tiestos llenos de flores las señoras alcahuetas a modo de escaparate para dar envidia a sus vecinas?

¿Qué harían los pregoneros y pr de las fiestas y dónde quedaría el caloret faller de una Rita enpazdescanse? ¿En el olvido?

¿Qué harían sin balcones las falleras y reinas de las fiestas de los pueblos que perpetúan esas tradiciones machistas que tanto orgullo hacen sentir a madres y padres de toda España?

¿Dónde soltarían sus mentiras, sus ficciones y promesas, esas que nunca cumple la clase política tras ganar unas elecciones?

¿Qué harían los obispos españoles sin un púlpito en sus iglesias para decir muy alto que hay que cuidar al prójimo y al más débil y a la vez estar en contra del ingreso mínimo vital permanente para las personas más necesitadas?

¿Dónde mostrarían sus trofeos los equipos deportivos tras sus victorias entreteniendo con pan y circo a un pueblo cansado de circo y hambriento de pan y trabajo?

¿Dónde exhibirían sus cuerpos apolíneos al sol los vecinos y vecinas de gimnasio, haciendo de su balcón un mercado de carne al aire libre donde los pollos sudan colgados de un gancho hasta que alguien con mucho estómago se los lleva?

¿Dónde exhibirían sus banderas de España cada vez que Cataluña protagoniza una salida del tiesto?

Y hablando de exhibición de cuerpos, ¿desde dónde veríamos las procesiones, los cristos, las vírgenes bajo palio de la Semana Santa que tanto consuelan, más que remedian, en tiempos de crisis como los que vivimos?

¿Qué haríamos si Cristina Pedroche desnuda, un año más, no tuviera desde dónde explicarnos cómo se comen 12 uvas?

¿Y qué me dicen de los que cuelgan sus bragas y camisetas para que se sequen al sol, en un ataque frontal a la estética que nunca han conocido, saltándose la normativa urbanística?

Y sobre todo me preocupa, ¿desde dónde se tirarían los extranjeros borrachos y drogados de Magaluf para perder la vida en un alarde de bravuconada inconsciente, postmoderna y botarate?

Yo les digo de verdad, que menos mal que me mudé hace unos meses, porque si no hoy sin balcón, no sería nadie. O quizá es peor y soy un poco de todos ellos.