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12/07/2019 07:13 CEST | Actualizado 12/07/2019 07:13 CEST

El bipartidismo era mejor

Nunca como ahora la política española fue más interesante y menos operativa a efectos prácticos.

OSCAR DEL POZO via Getty Images
En primer plano, los cuatro expresidentes de España durante la democracia: Rajoy (PP), Zapatero (PSOE), Aznar (PP) y González (PSOE). 

Vivimos en la era de la ansiedad, en la que el diálogo político es vía Whatsapp previamente anunciado en un magacín matutino y comentado en una tertulia nocturna. Nunca la política española fue más interesante y menos operativa a efectos prácticos. El Gobierno griego se forma dos días después de las elecciones y aquí sabemos que hasta septiembre no habrá una posibilidad, mientras las comunidades autónomas parecen el gran bazar de Estambul. Asistimos estupefactos al momento en el que la política se convierte en un simulacro situacionista y nos vemos en la obligación de resistir, porque sin los políticos el escenario se llena de malos y de palabras que dan miedo, como oclocracia.

Creo que ya podemos decir abiertamente que los nuevos partidos han fracasado. Reduciendo groseramente el panorama, en la última década han nacido partidos en las tres tendencias, izquierda, centro y derecha. A la izquierda nació Podemos-Unidas Podemos. Prometió canalizar el descontento en un país sumergido en las profundidades de la estafa llamada crisis y a la vez irrumpió en el entusiasmo de un pueblo que necesitaba creer en otros políticos que desarrollasen estrategias participativas. El grupo fundacional se dedicó a pelear por el poder interno, cultivó elaboradas purgas y se rindió a la exaltación del líder carismático que pide vehementemente sillones. El partido no cumplió lo que prometía.

Ciudadanos nació como la alternativa liberal a un PP que entonces pensábamos que se escoraba a la derecha. Era una bocanada de aire fresco cuyo líder se abrazaba a Pablo Iglesias en Salvados, prometía un nuevo futuro a Cataluña y fijaba su posición de centro moderado y europeísta. Hoy, purgado o huido el grupo fundacional, abrazan al líder carismático, declaran que su socio prioritario es el PP y llegan a acuerdos con Vox, litigan con el colectivo LGTBI y los liberales europeos les dicen que no son lo mismo. El partido no cumplió lo que prometía.

Vox se presentaba como una alternativa xenófoba, nostálgica del franquismo, defensora de la caza y los toros, profundamente homófona, prometiendo desmantelar lo público y no sé cuantas lindezas más alrededor de un grupo carismático en el que uno invadía Gibraltar para clavar la bandera, el otro cabalgaba para reconquistar Al-Andalus y el tercero le decía al Papa que los inmigrantes se los lleve con él al Vaticano. El partido ha cumplido rigurosamente lo que prometía.

Nada me gustaría más que equivocarme, pero España es peor tras funeral del bipartidismo.

Como diría Ortega (y Gasset) “no es esto, no es esto”. Cuando el bipartidismo pareció estallar en pedazos me alegré. El paisaje entonces era aburrido y no había espacio para el entusiasmo. La izquierda dormitaba en torno a una IU en la que el tiempo parecía haberse congelado en 1982. Había alternativas: nacionalistas de derechas, como CIU, o PNV, de izquierdas, como ERC e incluso opciones ultranacionalistas forjadas en el terrorismo, como HB-Bildu o Falange. No era estrictamente bipartidismo pero PP y PSOE se alternaban el poder sin otra opción real. Al llegar los nuevos partidos, muchos pensamos que las dos antiguas formaciones se verían forzadas a cambiar. No lo han hecho; una se ha mantenido en su sitio y otra se ha fragmentado en tres, dejando en una de las patas del banco libertad a la facción extremista de ultraderecha que siempre, bajo los liderazgos de Fraga hasta Rajoy, se contuvo y aceptó una lucha entre un centro moderado, los liberales y la derecha dura. Asignen los nombres que gusten a cada facción. Celebramos el funeral del bipartidismo para encontrarnos con que el país, las comunidades autónomas y los ayuntamientos son ingobernables. El número de consejerías, concejalías e incluso ministerios, puede crecer para cumplir promesas en pactos a veces contra natura en los que la ultraderecha tiene la sartén por el magno mayoritariamente. Tenemos un número mayor de políticos que hace diez años y el mismo número de instituciones. Alguien tendrá que estudiar la incidencia de esto en los presupuestos.

Nada me gustaría más que equivocarme, pero España es peor tras funeral del bipartidismo. Tal vez sea una fase temporal, quizá todo evolucione, los partidos alcancen la madurez necesaria, porque la democracia española ya está madura, porque si en cuarenta y cinco años no ha madurado, es que es tonta.

 

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