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17/10/2021 09:57 CEST | Actualizado 17/10/2021 09:57 CEST

El botellón de la generación “smartphone”

Hablar de las consecuencias de los botellones sin analizar las causas que los provocan es un debate estéril que no conduce a nada. Tendrá mucho eco en los medios y ninguna solución para evitarlo.

EFE
Botellón.

Existen desde hace muchos años, pero tras la pandemia han revivido con tal intensidad y efectos que vuelven a estar en el ojo mediático como hace 20 años. Ahora observamos que son multitudinarios, que suelen ir acompañados de violencia callejera y van aderezados de hurtos. Lo realmente significativo es la presencia mayoritaria de menores, chicos y chicas con 14 o 15 años que beben alcohol de forma exagerada y compulsiva.

Hace varias décadas que el botellón nació entre los hábitos de los y las jóvenes, siempre consistió en un espacio social al aire libre donde encontrarse y beber alcohol a un precio inferior al que ofrecía el ocio nocturno. En la mayoría de las ocasiones fue la entrada previa a los bares de copas y discotecas en los años 80 y 90. Quienes pertenecemos a la generación del baby-boom lo hemos hecho alguna vez, para mi en particular, era el punto de encuentro para arrancar el finde. Nos juntamos para contarnos la semana, echarnos las primeras risas y planear que iba pasar esa noche.

Con los años fue cambiando, centrándose más en la bebida que en ese espacio social de encuentro, trayendo molestias al vecindario junto a suciedad a los parques y jardines. A primeros de este siglo, y ante su visibilidad en puntos estratégicos de algunas ciudades, los botellones pasaron a estar prohibidos por las decisiones de los gobiernos autonómicos y municipales. En Madrid, Gallardón los prohíbo por ley ante la imagen impactante de los vecinos y vecinas de la Plaza del Dos de Mayo volcando toda la basura producida en la Plaza de la Villa, justo delante del que esperaba fuera su despacho de alcalde.

Tras la pandemia es una nueva generación quien recupera el botellón, y no es una cuestión exclusiva de los efectos y restricciones derivados de la pandemia, es una nueva expresión de otra generación radicalmente distinta. Por lo que deberíamos saber mirar con los ojos de adultos a quienes son hoy menores, y en parte, replican modelos de ocio parecidos, pero con componentes muy distintos a los nuestros.

Estamos ante la primera generación del smartphone, aquella que ha cambiado infinidad de códigos de conductas de los adolescentes y menores. El smartphone es su vía de comunicación, información y relación con el mundo que le rodea. Similar a un adulto, pero sin serlo, su periodo de formación personal se ha adelantado de una forma tan exponencial que los riesgos han alcanzado a los beneficios. Basta leer los informes del Plan Nacional de Drogas y distintas Universidades españolas al respecto. 

Hay varias preguntas previas e imprescindibles que tenemos la obligación de hacernos antes de cuestionar los botellones: ¿Por qué acuden?, ¿qué beben?, ¿de qué hablan? o ¿qué consideran pasárselo bien? Por tanto, en lugar de acusarlos deberíamos entenderlos. Cada generación tiene un modelo de ruptura con la de sus madres y padres, esta última tiene varios motivos para ser rupturistas.

Debemos dejar de atender este problema como si fue tan solo un desorden público, afrontarlo desde la comprensión y la pedagogía. Tampoco reducirlo a que es una cuestión de escasez económica y los precios del ocio nocturno, existe transversalidad social. Dos hechos, a mi juicio, son fundamentales y deberían arrancar el análisis; el consumo de alcohol compulsivamente entre menores y jóvenes ha crecido en los últimos años, ya imitamos a lo que rechazamos cuando vienen británicos o alemanes a España, y la otra, el inicio de consumo de drogas en menores se mantiene estable, la diferencia sustancial es que quien lo hace, lo hace de forma más abrupta y exagerada.

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