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16/03/2021 07:12 CET | Actualizado 16/03/2021 07:12 CET

El caballo de Troya con forma de ataúd vikingo

Los vikingos llegaron hasta Gijón, A Coruña, Lisboa e, incluso, remontando el río Guadalquivir, consiguieron adentrarse en Sevilla.

Lorado
Un grupo de vikingos durante un ataque.

Se conoce como Escandinavia al nombre de la región geográfica de la cual proceden los vikingos, un nombre genérico que engloba a todos los pueblos asentados en Dinamarca, Noruega y Suecia, unidos por una lengua, costumbres y religión comunes.

Este pueblo era especialmente hábil en la construcción de embarcaciones y en la navegación. A lo largo de su dilatada historia hicieron numerosas incursiones de saqueo y pillaje, no sólo en lugares geográficamente próximos sino también en otros más lejanos y exóticos.

Posiblemente cuando uno piensa en ellos vienen a la imaginación escenas de sus razias en las Islas Británicas, en Groenlandia o en Islandia. Pero los vikingos también llegaron hasta Gijón, A Coruña, Lisboa e, incluso, remontando el río Guadalquivir, consiguieron adentrarse en Sevilla.

De todas formas esto no fue nada comparado con la expedición que llevaron a cabo en el año 859. Dos de sus lugartenientes —los hermanos Björn y Hastein Ragnarsson— comandaron una flota de más de 4.000 guerreros, distribuidos en 72 barcos, que consiguió alcanzar la península Itálica.

En su periplo atravesaron el estrecho de Gibraltar, atacaron Orihuela y las islas Baleares, y pasaron los rigores del frío invernal en la zona de Camarga, en el valle del Ródano. Fue allí cuando oyeron hablar de Roma, la capital de la cristiandad, lo cual se les antojó como un botín irresistible.

A falta de un GPS actual estos navegantes confundieron los altos muros, el enorme puerto y los lujosos edificios de mármol de la ciudad italiana de Luni con Roma. Lo que no podían imaginar en aquellos momentos eran los serios aprietos a los que les iban a someter sus habitantes. Luni se convirtió en una ciudad inexpugnable.

Fue entonces cuando los hermanos Ragnarsson idearon una estratagema propia del mismísimo Ulises. Enviaron emisarios a la ciudad diciendo que estaban en una misión comercial y que uno de sus jefes —Hastein— estaba gravemente enfermo y que había solicitado insistentemente ser bautizado. A cambio de ese privilegio los vikingos les repararían con todo tipo de presentes.

El obispo de Luni consintió la apertura de las murallas, permitiendo que un reducido grupo de vikingos penetrase en la urbe. Al día siguiente los vikingos les comunicaron una triste noticia: su jefe —recién bautizado— acababa de fallecer. Eso sí, antes de partir para el más allá había manifestado un último deseo, ser enterrado en tierra sagrada.

Por supuesto, igual que había sucedido con el bautismo, no tendrían ningún problema en abonar la suma que les pidiesen a cambio. Las autoridades eclesiásticas accedieron nuevamente a esta petición y una pequeña comitiva, con el ataúd a hombros, penetró en la iglesia.

En plena ceremonia, y ante el pavor de los allí presentes, Hastein se levantó y repartió entre sus hombres las armas que estaban ocultas dentro del ataúd. Los vikingos pasaron por el filo de la espada a todos los presentes —obispo incluido— y abrieron las puertas de la ciudad para que pudiesen entrar el resto de los guerreros, que ansiosos esperaban al otro lado. La ciudad fue saqueada, las mujeres violadas y la mayoría de los hombres asesinados.

Los supervivientes a la barbarie no tuvieron más remedio que refugiarse en Carrara, de forma que Luni desapareció para siempre de las letras doradas de la historia. No deja de ser curioso que en el año 2017 los vecinos de Ortonovo renombraran su municipio como Luni.

Volviendo a los vikingos. No contentos con aquel saqueo, penetraron en Pisa y se adentraron hasta Fiesole, que fue salvajemente arrasada, desde allí hostigaron las costas sicilianas y norteafricanas, para finalmente emprender el viaje de regreso.

En el estrecho de Gibraltar se encontraron con la armada andalusí, tan solo 20 barcos vikingos consiguieron franquear su paso y alcanzar el Atlántico. Ya había comenzado a caminar el año 862 cuando —en tierras nórdicas— Björn y Hastein disfrutaron del preciado botín italiano.

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