El cielo será un paraíso

El cielo será un paraíso

Zúñiga ha trabajado su estilo volcando en él toda su erudición de estudioso y su lupa inmisericorde de traductor.

Juan Eduardo Zúñiga.EFE

Por entre las perolas de Viridiana deambuló un cocinero búlgaro llamado Chesco, que ha sido lo más cercano a un personaje literario que ha habitado entre nosotros (los del restaurante, quiero decir). Hasta tal punto, que decidí convertirlo en protagonista de un relato que puede que termine algún día, cuando me acostumbre al papelón que he reservado en su asunto para mi alter ego.  

Cierta mañana, en ese tramo impreciso de tiempo en que el servicio aún no ha comenzado y todo el mundo se mueve por todas partes ultimando detalles, se llegó Chesco hasta mi despacho para decirme que preguntaba por mí un señor ”realmente muy mayor″ (cómo no querer a semejante bolsa sin fondo de expresividad) que, al reconocer su acento, se había dirigido a él en búlgaro, ”malo, pero búlgaro″. 

Pudo más la curiosidad que el trajín que me asediaba (de ese tengo a diario de sobra, pero hablantes de búlgaro no me vienen muy a menudo), y salí para enfrentarme a un anciano menudo, erguido, armado con barba de conquistador y gafas de farmaceútico malhumorado (lo siento, pero hay imágenes que no consigo quitarme de encima).

-Perdone que le moleste, señor García. Me llamo Juan Eduardo Zúñiga y solo quería agradecerle lo que ha dicho de mis relatos en los últimos días.

Me permití dos segundos de estupefacción y comencé a blasfemar en cirílico, agradecido a quien fuera que hubiera que agradecerle el haberme puesto delante de aquel nonagenario (en aquel momento), fantasma oculto tras la niebla de sus relatos, arquitecturas intrincadas de pocas páginas y muchas emociones, y a quien solo en los últimos años se le ha dado la relevancia que merece, pareja, en su género, a la de Chejov, Pushkin o Dostoievsky, a los que tanto y con tanta profundidad estudió.

Siempre me ha parecido que la condena al silencio que sufre la narración breve en España no es muestra sino del provincianismo y la estrechez de miras que gastamos por estos lares. Siento envidia de los estadounidenses que aún encuentran, en sus cada vez más famélicos quioscos, revistas como The New Yorker o The Atlantic Monthly, que exhiben con orgullo el estandarte de los cuentos cortos en los que aventurarse.

Frente al logro que supone tramar con pocos mimbres un capazo casi traslúcido que deja apenas escapar sus secretos, quedan rezagados y exhaustos la mayoría de las novelas que me pueblan y los poemas que devoro constantemente.

Sus escritos son informes de lo oculto, de lo inmaterial que se estrella contra la historia.

Y no quiero ser injusto. Sé que los problemas y las estrategias de la novela son muy distintos; que el desarrollo de personajes y la negación del tiempo son fundamentales cuando se escoge el aliento largo.

Pero no puedo resistirme a quien es capaz de encerrar un mundo en un chasquido de dedos.

Entre ellos, pocos como Juan Eduardo Zúniga, a quien no pude convencer para que compartiera mesa con su acompañante y sobremesa conmigo. No pude hablar con él todo lo que quisiera (hay ocasiones en que los sesenta comensales se presentan todos en el mismo instante), porque hubiera necesitado meses para satisfacer mi curiosidad. Hablaba en voz baja, como pidiendo disculpas por beber el vino (que sí aceptó) con tragos tímidos y golosos, aunque yo pensaba que no había un champagne digno de la celebración de aquel encuentro.

-El cuento ha de estar dirigido siempre hacia su final. Una narración larga se puede permitir un climax y un descenso; casi lo exige. Pero el cuento corto es una flecha lanzada que ha de dar en la diana. Una vez se ha fijado esa trayectoria, entonces no queda más que cuidar la concisión y la precisión, y dejar trabajar al silencio.

A día de hoy sigo paladeando su lección, que he intentado aplicar a algunas de las ficciones que me he empeñado en destrozar, aunque sin resultado. Yo no soy él, evidentemente.

Zúñiga ha trabajado su estilo volcando en él toda su erudición de estudioso y su lupa inmisericorde de traductor. Luego ha sabido limpiarlo hasta dejar una prosa rica, llena de connotaciones, frontera con la poesía, pero natural en su ritmo y extrañamente eficaz. Vuela, y mucho, sin que ni una palabra ni un signo de puntuación puedan ser considerados artificiales. Sus escritos son informes de lo oculto, de lo inmaterial que se estrella contra la historia.

Madrid, capital de la gloria, completa la trilogía que dedicó a la Guerra Civil (antes estuvieron Largo noviembre de Madrid y La tierra será un paraíso). En conjunto, más de un centenar de latidos de quienes nacieron, como personajes, con la marca de la víctima y de la derrota. Más de cien rescates de quienes ninguna historia ha recordado, ni siquiera como cifra. En Zúñiga, el futuro es una forma, a veces dolorosa, de la ternura. Nadie como él, quizás Chaves Nogales, ha sabido entrar con tanta profundidad en la tragedia.

Pero su gran salto mortal, el que propició aquel encuentro, lo constituyó el volumen Brillan monedas oxidadas, último que publicó. Quince relatos a partir de la literatura, por los que pasean Kafka, sobrino de un judío afincado en Madrid al que le anuncia su visita, o el poeta portugués Mario de Sá-Carneiro, empujado al suicidio por una desavenencia económica con su amante.

Zúñiga ha trabajado su estilo volcando en él toda su erudición de estudioso y su lupa inmisericorde de traductor.

Aunque aún no me he repuesto del rayo titulado Interminable noche de miedos, en el que los habitantes de una vieja casona en una ciudad castellana tiemblan por la cancioncilla que una mujer entona ante su puerta. Hasta el último momento del cuento no descubre el lector que la aterrorizada familia la forman unos judíos conversos a los que la coplilla que pide asilo puede delatar, en aquel ominoso siglo XVI, si la atienden.

Hoy, lunes 25 de febrero, he descubierto en un rincón del periódico que Juan Eduardo Zúñiga ha muerto a los ciento un años de edad. A pesar de su edad, su cabeza se mantenía despierta y su memoria firme. El año pasado nos entregó su autobiografía, atravesada por el mismo pulso íntimo y sordo de su narrativa.

La narrativa que lo ha convertido en una presencia inevitable en la mesilla a la que echo la mano como un anzuelo cuando quiero olvidarme de mi vida y dedicarme a vivir un poco.

Por suerte, casi siempre pesco, y seguiré pescando, un libro de Zúñiga.

MOSTRAR BIOGRAFíA

He repetido hasta la extremaunción que soy cocinero porque mi primera palabra fue “ajo”. Menos afortunado, un primo mío dijo “teta”, y hoy trabaja en Pascual. En sesenta años al pie del fogón (Viridiana ya ha soplado cuarenta velas) he presenciado los grandes cambios, no siempre a mejor, de la hoy imparable cocina española. Incluso malician que he propiciado alguno. En otros campos, he perpetrado cuatro libros de los que no me arrepiento (el improbable lector lo hará por mí). Fatigué también a los caballos de carreras retransmitiendo éstas durante varios años por el galopante mundo. He desperdigado una reata de artículos de variado pelaje y escasa fortuna. También he prestado mi careto para media docena de cameos, de Berlanga a Almodóvar, hasta que comprendí que mi máxima aspiración como actor podría ser suplantar al hombre invisible. En mi lejano ayer quise ser jockey, pero la impertinente báscula me disuadió. Y por mi parte basta que, como sentenciaba un colega, “es incómodo escribir sobre uno mismo. Mejor sobre la mesa.”